La necesidad de cultivar nuestros dones
Al considerar la necesidad del cultivo consciente de nuestros dones para la predicación, quiero enfocar varios textos muy cruciales de las Epístolas Pastorales. El primero ya se ha leído a esta audiencia. Pablo estaba escribiendo a su hijo espiritual, Timoteo, quien había sido dejado atrás para servir en la obra de la Iglesia allá en la zona de Éfeso. Este era un mandato y admonición muy extraño: “Por lo cual te recuerdo que avives el [fuego del] don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Ti. 1:6 LBLA). Una traducción más literal sería: “Continúa soplando hasta que sea una llama viva el carisma de Dios”.
Ahora bien, sin tratar las cuestiones discutibles con respecto a la naturaleza precisa del don o carisma de Timoteo; o la relación de ese carisma con la imposición de manos del Apóstol (¡y esas cuestiones son ciertamente discutibles!), una cosa está clara: que Timoteo ha de continuar en el cultivo consciente de este don ministerial dado por Dios.
Pablo escribe a Timoteo diciendo que él, Timoteo, ha de estimular hasta ser una llama viva este carisma de Dios. No ha de orar que Dios aumente la llama de este don. No ha de orar que otros lo hagan. Viene a él como un mandato; una responsabilidad que se coloca firmemente sobre los hombros de Timoteo. Si tal responsabilidad es verdadera en cuanto a los dones más extraordinarios que Timoteo posee, y a la luz de la manera tan extraordinaria como esos dones se confirieron, ¡cuánto más es verdadero en el caso de dones ordinarios conferidos de una manera ordinaria!
¿Ves el razonamiento? Si alguien pudiera excusarse diciendo: “Bien, mi don me vino en unas circunstancias muy peculiares, y es, en un sentido, un don extraordinario; por tanto, la dimensión de la capacitación divina, la dimensión de la iniciativa divina en el desarrollo de ese don deben ser supremas, no sea que de alguna manera dé la impresión de que esto es simplemente un don ordinario. Si alguien puede razonar de esa manera, Timoteo podría; pero no después de recibir la segunda carta de Pablo. Su conciencia estaba atada por el deber del cultivo consciente de sus dones divinos para la predicación.
En el capítulo 2 de esta misma carta, tenemos una perspectiva similar: “Recuérda[les] esto, encargándo[les] solemnemente en la presencia de Dios, que no contiendan sobre palabras, [lo cual] para nada aprovecha [y lleva] a los oyentes a la ruina. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, [como] obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:14- 15).
A Timoteo se le recuerda esta responsabilidad de hacer constantemente lo máximo, con el fin de que se convierta en un obrero que no se avergüenza. Debe entregarse al cultivo, así como también al ejercicio, de sus dones de ministerio, para que en la presencia de su Dios no haya ningún motivo de vergüenza cuando maneje esa Palabra que es la esencia misma de su tarea ministerial.
En la primera carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo 4, sinencontramos un acento similar. Entre los muchos deberes que Pablo había colocado sobre Timoteo con respecto a la vida y el gobierno de las iglesias, incluyó: “No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio. Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos” (1 Ti. 4:14-15).
Aquí nuevamente, el Apóstol dice a Timoteo que nunca debe permitirse quedarse pasivo; nunca debe quitar sus manos de los remos y sentir que porque ha logrado algún grado de pericia, algún grado de reputación ganada entre el pueblo de Dios, puede simplemente quedarse pasivo en su nivel actual de pericia ministerial. ¡No!
Él se lo dice, por un lado, negativamente: “No descuides”, dando por supuesta, desde luego, la contrapartida en sentido positivo: dar atención constante a ese don que se te dio mediante profecía. Sé diligente en estas cosas; tan diligente, Timoteo, que tu propio progreso, tanto como hombre como predicador, se manifieste a todos.
Timoteo, cuando vuelva a esa zona para hablarle de ti a las personas, quiero que todos pregunten: “Pablo, ¿cuándo fue la última vez que oíste predicar a Timoteo?”. Mi respuesta será: “Le oí predicar hace ocho meses”. “¿Qué pensaste de él entonces?”. Entonces responderé: “Oh bien, estaba muy orgulloso de mi hijo espiritual; en el sentido correcto, por supuesto. Manejó la Palabra de una manera muy admirable. Trazó un camino derecho en la Palabra de verdad”.
Pablo exhorta a Timoteo a hacer tal progreso que cuando ese pequeño cambio continúe, las personas digan: “¡Ah, Pablo, tú no has oído nada aún! Hay una riqueza; hay un entusiasmo; hay una unción; hay una precisión; hay una agudeza; hay un poder sobre la conciencia ahora, como nunca lo hubo en el ministerio de Timoteo anteriormente”.
Timoteo, deja que tu progreso sea manifiesto a todos. Ahora bien, ¿cómo ha de venir esto? ¿Simplemente con el paso de tiempo? ¡No! Solo en la medida en que Timoteo tenga cuidado de no descuidar el don que se le ha dado; en la medida en que Timoteo tenga cuidado de ser diligente en el cultivo del don que le ha dado Dios.
Ahora bien, sin duda estos textos (y hay otros que pueden utilizarse) establecen el deber del cultivo consciente de nuestros dones ministeriales. Ahora debemos pedir y tener una respuesta bíblica para una pregunta muy sencilla: “¿Por qué es esto necesario?”.
Si el don es un carisma de Dios; si finalmente encuentra su origen en la actividad de Dios, en la soberana voluntad de Dios, en la obra eficaz del Espíritu Santo de Dios, ¿por qué debe estar el receptor tan conscientemente implicado en su desarrollo, en su maduración, en su mejoramiento?
No conozco un texto que responda a esa pregunta, al menos en principio, con más concisión y precisión, que ese texto crucial en lo que concierne a cualquier pregunta de esta naturaleza: Filipenses, capítulo 2, versículos 12-13: “Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para [su] beneplácito”.
Tres principios
Los tres grandes principios en este texto tan contundentemente aplicables al asunto en cuestión son estos:
La obra de Dios y la ocupación nuestra son realidades concurrentes. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor […]”. Esto es, hay una ocupación que trae dentro de su órbita el pleno compromiso de todas nuestras facultades. Ha de haber una ocupación con temor y temblor; esto es, sin tiendo el tremendo peso de las cuestiones espirituales implícitas. En su contexto, por supuesto, Filipenses 2:12 se refiere a la salvación continua general; pero para nuestros propósitos, lo aplicamos al asunto de nutrir nuestros dones. Este, entonces, es el primer y gran principio: la obra de Dios y la ocupación del creyente son realidades concurrentes.
La obra de Dios constituye la base de nuestra ocupación. Cuando el Apóstol manda a los filipenses que se ocupen en su salvación, ofrece su razonamiento en el versículo 13: “Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para [su] beneplácito”. En otras palabras, como Pablo exhorta a los filipenses a ocuparse en su salvación, les anima con la afirmación de que ellos nunca necesitarán temer que su obra supere la de Dios. Él está constantemente obrando en los suyos, el querer y el hacer para su beneplácito.
Nuestra ocupación es la demostración y la manifestación de la obra de Dios. ¿Cómo obra Dios? Bien, considera el texto: “[…] Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer”. Esto expone uno de los defectos mortales de la teoría de la vida cristiana que llaman la “Teoría de Embudo”. Es la idea de que Cristo vive su vida a través de nosotros, cuando simplemente conseguimos rendirnos tan perfectamente que desaparece hasta el menor movimiento de tu dedo meñique, y entonces su vida simplemente fluye a través de nosotros.
Bien, eso suena simplemente maravilloso para alguien que ha anhelado tal vida durante largo tiempo. Pero viola la perspectiva de este pasaje y la enseñanza entera de la Palabra de Dios en lo que concierne a lo que podemos llamar la teología de que Dios obra en nuestra obra. ¡No! ¿Cómo se manifiesta la obra de Dios? Él obra en ti. En las profundidades ocultas de tu personalidad redimida, así obra. Es al nivel de tu elección y tu acción como su obra ad- quiere vida. Él obra en ti, no pasando por alto tu voluntad, ni negando tu acción, sino que obra en ti el querer y el hacer para su beneplácito.
Ahora bien, llevemos esto al terreno del asunto que tenemos delante. ¿Está un predicador, mientras tiene aliento, mientras ocupa este ministerio sagrado, aunque tenga experiencia y haya predicado durante treinta, cuarenta y cincuenta años, bajo una obligación solemne —conscientemente y constantemente— de cultivar sus dones de predicación? Sí, lo está.
Nunca debe sentir que ha llegado a un nivel que le permita quedarse inactivo, y la razón teológica que está detrás de esto es la responsabilidad planteada en un pasaje como Filipenses capítulo 2. La obra de Dios y nuestra ocupación son realidades concurrentes. Su obra constituye la base de nuestra ocupación. Nuestra ocupación es la demostración y la manifestación de su obra.
Por tanto, en predicación, como asimismo en cada otra área de la vida cristiana, es la fusión de la oración y los sufrimientos lo que resulta en progreso. Ni sufrimiento sin oración, ni oración sin sufrimiento; pero la fusión del sufrimiento y la oración obra para el progreso. Esta es la unión de la confianza y el esfuerzo; la ensambladura de la dependencia y la resolución. Aquí tenemos la interacción de lo natural y lo sobrenatural; los principios que operan en la naturaleza y los principios que operan en la gracia.
En el pasado año, he tenido la enorme responsabilidad de tratar de enseñar a los jóvenes algunos principios en cuanto a la predicación. Por primera vez, he tenido que martillear una teología relativamente amplia y completa de la predicación. Bien, uno de los principios que se han destacado una y otra vez es este mismo principio de que la obra de Dios y nuestra ocupación son realidades concurrentes.
Algunas de las grandes razones para la falta de predicación poderosa en nuestro tiempo deber incluir el bajo nivel de espiritualidad manifestado en la falta de oración y en una manipulación altanera y descuidada de la Palabra de Dios, junto con la mera pereza. Pero otra razón es que hay este temor sutil de que hay algo carnal en cuanto a comenzar a cultivar conscientemente nuestros dones de predicación. La Palabra de Dios te manda avivar el fuego del don de Dios que está en ti. Dedícate a estas cosas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos.
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