La prioridad de la oración IV
En el libro de Daniel capítulo nueve, ¿qué hace Daniel cuando llega a entender que los setenta años de exilio profetizados por Jeremías han llegado a su fin? Se entrega a un ministerio de oración e intercesión. En Daniel capítulo nueve, versículo tres leemos: “Volví mi rostro a Dios el Señor para buscarle en oración y súplicas, en ayuno, cilicio y ceniza”.
Y Daniel sigue adelante y ora confesando los pecados y reconociendo que estos merecen, en justicia, la disciplina de Dios que ha venido sobre ellos en forma de exilio. Pero Dios había prometido que los restauraría y el tiempo había llegado para que se cumpliesen las propias palabras y el programa de Dios. Entonces, Daniel expone las promesas de Dios y suplica: “Dios, haz valer tu palabra; no porque seamos un gran pueblo, merecedor de ello, que no lo somos, sino porque Tú eres Dios, fiel a ti mismo y a tus promesas. Por ello, escucha mi oración”.
En Ezequiel, capítulo veintidós y versículo veintitrés, tenemos de nuevo un ejemplo de oración de intercesión por parte del profeta de Dios, Ezequiel: “Y vino a mí la palabra de Señor”.
En Ezequiel veintidós vemos que hay conspiración. Han devorado al pueblo; los sacerdotes han cometido actos violentos; versículo veintisiete: los príncipes son como lobos; versículo veintiocho: los profetas hablan mentiras; el propio pueblo lleva a cabo robos y comete actos de injusticias.
Y Dios dice, en el versículo treinta: “Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé”.
El pueblo de Dios se halla en un estado de confusión moral. Los sacerdotes, los príncipes, los profetas, los líderes son negligentes y fracasan en el liderazgo; y Dios dice: “entre toda esta gente que piden mi ira, yo busco a alguien que interceda, pero no encuentro a nadie. Por tanto, sus obras caerán sobre ellos.
Bueno, esto es algo instructivo para nosotros, porque nos está diciendo dos cosas sobre la oración de intercesión que son muy interesantes. El hombre que quiera ser un intercesor asume un lugar muy peligroso.
Cuando observamos a Abraham, en Génesis dieciocho, acercándose lentamente, cada vez más, a Dios para interceder, llega un momento en el que nos da la sensación de que ese hombre está asumiendo un gran riesgo al acercarse tanto a ese Dios que está a punto de destruir Sodoma. Está a un paso de derramar fuego y azufre sobre Sodoma y vemos cómo Abraham se va acercando más y más a Él para interceder a favor de un pueblo que merece la ira y la perdición. Abraham se encuentra en un lugar muy peligroso. Dios ha venido con su ira. Dios ha venido a destruir y Abraham se ha puesto en medio, entre un pueblo que es merecedor de esa ira y el Dios justo y santo que la va a ejercer. Ese es el lugar del intercesor. Ocurre lo mismo en este ejemplo de Ezequiel, donde Dios dice: “Esta gente merece mi ira. Estoy buscando a alguien que interceda, alguien que se ponga en pie en la brecha entre la ira que, en justicia, debería caer sobre ellos y el corazón de Dios que ansía tener misericordia”.
El intercesor conecta con el corazón de Dios porque, aunque se debe hacer justicia y la ira debe desahogarse, el corazón de Dios es de tal manera que se deleita en la misericordia; cuando Abraham vino e intercedió por una gente que merecía la ira de Dios y le suplicó que tuviera paciencia; le rogó pidiendo misericordia, imploró la salvación de Dios, esto le agradó a Dios. Y miró a Abraham y ¿sabéis cómo le llamó? Le llamó: “mi amigo”.
Este es mi amigo. Este es alguien que entiende la seriedad de mi santidad. Comprende la gravedad del pecado y la justicia de mi ira, pero hay algo en mi amigo Abraham, que llega a mi propio corazón porque se pone a sí mismo en riesgo, y se pone bajo la sombra de la ira inminente, con el fin de implorar la salvación y la liberación de unos pecadores que no se lo merecen. Eso me agrada. Este es mi amigo.
El intercesor se coloca en un lugar muy arriesgado porque está entre aquellos que merecen la ira de Dios y ese Dios que ejerce justamente esa ira. Con todo, suplica y pide algo más profundo y más hondo en el corazón de Dios y es su deseo de tener misericordia, de otorgar su gracia, de dejar que su ira sea propiciada.
Lo segundo que aprendemos acerca de este intercesor es que suplica apoyándose en el propio nombre de Dios. ¿Suplica en beneficio de Dios? No ruega en beneficio de Dios. Suplica a favor de esa gente, pero no lo hace basándose en ellos mismos. Sus ruegos son a favor del pueblo pero basándose en el nombre de Dios, en el carácter de Dios, en las promesas del pacto de Dios.
Podemos venir a nuestro Padre y decirle: “Tú has prometido; Tú has prometido; te has comprometido; tu nombre está en juego. Se trata de tu reputación. Tú lo has prometido”.
Podemos recordar a Dios sus propias palabras, sus promesas. No se trata de que merezcamos algo. Por ello, no debemos apoyarnos en lo que somos ni en lo que merecemos. Si oramos de este modo, tendremos problemas. Si podemos hacerlo es por ser Dios quien es; por su carácter; por sus promesas; porque Él está comprometido con nosotros a través de la persona de su Hijo, quien es nuestro mediador; porque nos ha dado su Espíritu y porque llevamos su nombre entre los hombres.
“Por amor a tu nombre; por amor a tu Palabra; por amor a Cristo míranos con misericordia y magnifica tu gracia. Sabemos que somos pecadores. No merecemos más que tu disciplina, pero glorifica tu gracia porque lo has prometido. Esa es tu intención al salvarnos. Nos has salvado para gloria de tu nombre”.
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