Los desafíos que afrontamos: Una nueva generación de ministros del evangelio miran al futuro
18 de mayo del 2012“He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).
Al escribir a Timoteo, el apóstol Pablo pudo mirar atrás, contemplar su ministerio y declararse satisfecho de haber terminado su carrera. Sería el primero en insistir que todo su ministerio había sido la evidencia de la gracia y la misericordia de Dios, pero estaba seguro de que, por gracia, había acabado la carrera.
Su declaración de finalización debe ser la meta de todo ministro del evangelio. Nuestro llamado no estará completo hasta que, como Pablo, podamos saber que hemos acabado nuestra carrera. Para la mayoría de nosotros, esta sigue estando delante de nosotros y esto confiere un carácter aún más urgente a nuestra meta.
Cuando se me pregunta sobre mi esperanza para el futuro de la iglesia, señalo inmediatamente el grupo de jóvenes ministros que entran y se preparan ahora para el ministerio. Uno de los grandes desarrollos de nuestro tiempo, contrarios a la intuición, es el surgimiento de una generación de jóvenes ministros comprometidos con la fe «que de una vez para siempre fue entregada a los santos», y que están ansiosos por correr la carrera para la gloria de Cristo.
El asunto de la confianza
En medio de los restos del posmodernismo (un movimiento que básicamente llegó al final de su camino) surge la gran ambivalencia sobre la naturaleza de la verdad. La gran transformación intelectual de las décadas recientes produjo una generación nada hostil a todas las afirmaciones de la verdad y altamente selectiva en cuanto a los tipos de verdad que está dispuesta a recibir.
El clima intelectual de hoy acepta la verdad como tal en un cierto sentido objetivo tan solo cuando trata las afirmaciones de la verdad que procede de disciplinas como las matemáticas o la ciencia. Aceptan la verdad objetiva en lo que respecta a la gravedad o la fisiología, pero no en lo referente a la moralidad o al significado.
Uno de los resultados de esto es que, con frecuencia, lo que decimos se percibe con menos significado del que pretendemos. Cuando presentamos el evangelio, no resulta difícil escucharlo como si fuera un asunto de nuestra propia realidad personal; es decir, como algo que, al fin y al cabo, no afirma nada sobre los demás. En otros casos, esta generación se enfrentará a una abierta negación de que se pueda conocer verdad alguna, excepto por medio de la ciencia empírica u otras fuentes similares de conocimiento.
Además de esto, nuestras afirmaciones de verdad son declaraciones de una verdad revelada. La mente moderna se asombra hasta la incredulidad cuando dejamos claro que proclamamos un conocimiento que nos ha sido revelado por escrito mediante una revelación sobrenatural.
En otras palabras, esta generación se enfrentará al continuo desafío de aclarar que el evangelio nos meramente interesante, o meramente significativo, sino verdadero.
El evangelio y la misión de la iglesia
Los evangélicos más jóvenes están ahora sumidos en una gran conversación sobre la naturaleza de la misión de la iglesia en el mundo. En lo esencial me parece un desarrollo muy positivo. Sin embargo, si no estamos dispuestos a debatir esto juntos, consideraremos que se trata de una división dentro de las filas de los pastores más jóvenes del evangelio.
Parte de la confusión tiene que ver con el lenguaje. Algunos hablan de la iglesia tan solo como expresión congregacional, mientras que otros se refieren de forma más general a los fieles cristianos.
La iglesia tiene encomendada una misión fundamental: el evangelio y hacer discípulos de todas las naciones. Pero es necesario enseñarles todo lo que Cristo ordena y esto requiere la demostración del evangelio en actos de justicia y rectitud que revelan la presencia del reino de Cristo.
Al menos algunos evangélicos más jóvenes manifiestan la tentación de redefinir la misión de la iglesia de manera que ya no se centre en el evangelismo y la conversión, que conducen al discipulado y la fidelidad. Por otra parte, otros parecen insistir en que el evangelio carece de claras implicaciones del reino.
Afortunadamente, la mayoría de los de esta generación están interesados en hallar fidelidad en todo lo que Cristo ha ordenado. Esta generación necesita invertir con mayor profundidad en conversaciones sobre este desafío, y evitar argumentos simplistas y reduccionistas por no hablar de las distorsiones de los argumentos en juego.
La necesidad de tener la información correcta desde el principio
Algunas cuestiones surgen una y otra vez, sin escatimar a una sola generación. Los continuos debates sobre la evolución y Génesis son la evidencia de este patrón, con una veintena de generaciones obligadas a tratar con el asunto de los orígenes.
Los debates actuales entre los evangélicos han alcanzado un punto vital: la intersección de Génesis y el evangelio. Debemos afirmar que el evangelio requiere una clara afirmación de la historicidad de Adán y Eva y de la realidad histórica de la Caída. La metanarrativa bíblica de la Creación, la Caída, la Redención y la Nueva Creación requiere la realidad histórica de la obra de Dios en cada movimiento de la historia.
El apóstol Pablo convierte la historicidad de Adán —y su posición de cabeza federal— en el punto central de nuestra comprensión del evangelio. Quienes insisten en que los evangélicos deben adecuar el evangelio al dogma evolucionista prevalente están reclamando en realidad su negación. Si partimos de una historia incorrecta del evangelio, al final tendremos lo que Pablo condenó como otro evangelio.
La autoridad vinculante de la sexualidad bíblica
Quizás las cuestiones más caldeadas de nuestro tiempo son las que están relacionadas con la transformación radical de la ética sexual humana y el comportamiento que marca la era moderna. El ritmo acelerado de la transformación moral en el terreno de la ética sexual no tiene precedente, con la autonomía personal desplegada para subvertir la moralidad recibida.
Esto plantea un conjunto de desafíos terriblemente complicado. Mucha gente acepta plenamente que son ellos quienes tienen el único derecho a definirse a sí mismos en base a su género, su identidad sexual y su conducta sexual. Muchos americanos, atrapados en las revoluciones culturales de nuestro tiempo, interpretan que cualquier rechazo por aprobar la identidad sexual que han elegido o su conducta es una opresión, intolerancia u odio.
La principal preocupación de la iglesia, como la de la Biblia, no es la conducta sexual humana, sino procurar la gloria de Dios en todas las cosas y dar testimonio del poder salvífico del evangelio de Cristo. Pero la Palabra de Dios deja claro que su gloria está inherentemente relacionada con nuestra conducta sexual y con nuestra identidad delante del Creador. Además, el evangelio requiere un claro entendimiento de la pecaminosidad humana, que incluye de un modo muy específico, los pecados sexuales.
Una cosa es clara: la iglesia tiene que aprender cómo hablar con sinceridad y valor sobre la moralidad sexual, pero también con la verdadera humildad del evangelio. En otras palabras, debemos dejar claro que no somos gente moralmente superior que habla a otros de moral inferior, sino aquellos que han sido redimidos por la gracia de Dios que señalan a otros su gracia para con nosotros en Cristo.
La exclusividad del evangelio
En este siglo, pocos son los que se ofenden por la afirmación de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. El problema surge cuando se cita la última parte de estas palabras de Jesús: «Nadie viene al Padre sino por mí» (Juan. 14:6). La tentación de evitar la ofensa de la particularidad y la exclusividad del evangelio es poderosa. Dado el odio dirigido hacia cualquier afirmación de verdad exclusiva —por no hablar de esta en concreto— muchos se ven tentados a abrazar una cierta forma de universalismo o inclusivismo.
Pero el problema es claro: el Nuevo Testamento excluye cualquier interpretación inclusivista o universalista del evangelio de Cristo. Sencillamente no se nos deja ninguna opción sino la plena fuerza de las afirmaciones de Cristo. Si no somos fieles a la hora de definir el evangelio, evitaremos ofender a la genta al precio de inducirles a error, un fallo que tiene consecuencias eternas.
Por supuesto que esta generación de ministros del evangelio se enfrentará a desafíos aun por conocer. Pero, al mismo tiempo, es inconcebible que estos retos actuales lleguen a ser menos insistentes a corto plazo. El camino que queda por delante requerirá fidelidad al evangelio a cada paso.
Esto ha sido así en cada generación de ministros del evangelio. La verdadera pregunta es esta: ¿Acabará esta generación la carrera? Por la gracia de Dios y para su gloria confío en que así sea.
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