DOLOR POR LA JUSTICIA (Sal. 119:5)
“¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!”
Quizás hayamos deseado algo con tanta intensidad que sentíamos dolor por ello. Recuerdo ese sentimiento cuando era niño, en los días anteriores a la Navidad, a la expectativa de poder recibir algún regalo en particular. La mayoría de las personas no dejan de sentir un fuerte deseo por algunas cosas en concreto, con independencia de su edad. ¿Cuál es su mayor deseo en estos momentos? ¿Qué es lo que desea tan intensamente que podría llegar a decir que siente dolor por tenerlo?
Todos los cristianos verdaderos, en su interior sienten dolor por la justicia, es decir, una conformidad de corazón y de conducta a la ley moral de Dios en las Escrituras. Otra forma de decir esto es que queremos ser como Jesús en todas las formas que podamos y debamos. Otra descripción es que es un deseo de perfecta comunión con Dios, que es amor. Poder amarle de una forma pura, y amar a nuestro vecino sin egoísmo. Cuanto más experimentemos esta transformación moral y espiritual en esta vida, más felices y bendecidos seremos, ahora y para siempre. ¡No es de extrañar que los creyentes sinceros lo deseen ardientemente!
Los verdaderos cristianos sienten dolor por la justicia
UN DESEO CONSUMIDOR
Este versículo no está exento de arrebato emocional. “¡Ojalá!” captura la exclamación apasionada del alma que ansía el objeto de su deseo. Esta evidencia de vida eterna y de un corazón renovado no es simplemente el perdón de los pecados, o la liberación del castigo; es la obediencia a la voluntad revelada de Dios. Un pecador más sensato no quiere ser considerado culpable delante de Dios y tener que ir al infierno; aun así lejos de la gracia regeneradora sigue siendo un pecador perdido. No siente pasión alguna por la verdadera reverencia, por una vida de principios, con un compromiso desde lo profundo del alma, radical y temerario de guardar los mandamientos de Dios. Estas son las marcas de uno que tenga una conciencia culpable y temerosa, en quien el Espíritu Santo ha hecho algo más que condenar y aterrorizar.
Solo los cristianos que han nacido de nuevo genuinamente pueden sentir dolor por la justicia; solo ellos reciben la bendición de Cristo. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mat. 5:6). El hambre y la sed se encuentran entre los deseos más fuertes que una persona puede experimentar. Durante largos sitios contra las ciudades amuralladas de Israel, cuando la gente de dentro estaban atormentadas por los dolores del hambre, incluso las mujeres delicadas y jóvenes llegaban a comerse sus propios bebés (Dt. 28:52-57; cf. 2 R. 6:28-29). Nosotros, ricos americanos, nunca hemos experimentado un deseo tan extremo en lo físico, pero no hay ninguna excusa para ser un total extraño a este respecto en lo espiritual, porque hemos sufrido de una falta comparable y sostenida de justicia.
Este anhelo por la justicia es una marca y, a la vez, un deber de todos los creyentes verdaderos. Estamos moralmente sujetos a desear el crecimiento espiritual por medio de la Palabra, de la misma manera que el bebé recién nacido quiere leche; pero ese deseo solo funciona en aquellos que ya han probado la gracia del Señor (1 P. 2:2-3). Los creyentes corrientes y los hipócritas no pueden tener relación con esto de una forma real en el plano emocional. No tienen apetito espiritual.
UNA CONFESIÓN HUMILDE
Esta breve declaración es una confesión tácita de que el proceder del salmista no estaba dirigido a cumplir los estatutos de Dios, al menos en algún sentido. Está claro que, a su vez, es una confesión dolorosa; pero su consciencia ha recibido luz y se siente obligada a hacerla.
No hay nadie más impío que aquel que tiene una alta estima de su propia excelencia moral. Así eran los escribas y fariseos del tiempo de Jesús y Él nunca reprendió a los borrachos o a las rameras de una forma tan severa como lo hizo con estos hipócritas satisfechos con su propia justicia.
Una tendencia de doctrina bien intencionada aunque seriamente incorrecta, llamada perfeccionismo cristiano, se ha introducido en el evangelicalismo. Está apoyada por el famoso John Wesley y es característica de muchos metodistas primitivos. Fomenta la noción de que un cristiano puede conseguir en esta vida, mediante intentos y propósitos, conseguir una gran consistencia en su obediencia a las leyes morales de Dios, hasta tal punto que se llega a decir que ha sido “perfeccionado en amor”. No sabemos si con esto pretendían una condición absoluta de perfección y sin pecado; pero desde luego sí lo consideraban un estado de madurez estable que identificaba a esos cristianos como viviendo en otro plano distinto al de un creyente corriente. Vemos la misma herejía básica hoy en día, con el concepto de “cristianos carnales” que son salvos y “cristianos espirituales” que sobresalen por encima de ellos.
Un problema obvio de esta teoría es que aquél que cree en ella y siente que ha alcanzado ese sublime ideal, ya no puede simpatizar con la confesión dolorosa y humilde del salmista en este versículo. En esencia, no se diferencia del lamento de Pablo en Romanos 7:14-24, que culmina en su sorprendente y patética exclamación, “¡Miserable de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pablo no solo dice esto como cristiano verdadero, sino como siervo de Cristo maduro, piadoso, celoso y comprometido. Él que era uno de los que mejor ejemplo daba a sus hermanos, aún así expresa su pobre autoevaluación acerca de su coherencia a la hora de cumplir la ley de Dios.
UNA FERVOROSA SÚPLICA
Sencillamente, este deseo piadoso se formula en primera persona y va dirigido a Dios mismo. El salmista vislumbra una situación más deseable y apela a Dios para que por Su gracia y poder lo haga realidad. En vez de mirar hacia adentro como si fuera autosuficiente, mira fuera de sí mismo, al mismo Señor que dio la ley justa, para que le proporcione aquello que la ley demanda.
El evangelio verdadero y bíblico es el único que concibe las cosas de esta manera. San Agustín captó la lógica celestial en una declaración inolvidable que ha emocionado a sus lectores a lo largo de los siglos, pero que ha causado gran consternación a sus oponentes teológicos. “Da lo que mandas, y manda lo que quieras” (Confesiones X.29). San Agustín sabía que la vida santificada que agradaba a Dios era algo imposible para el hombre natural, y que solo una milagrosa transformación del corazón, por gracia, llevada a cabo por Dios produciría la verdadera justicia encarnada en Su perfecta ley. Esa justicia es el don de Dios; por consiguiente, aquellos que sentimos dolor por no poder alcanzarla, nos entregamos a implorársela a Dios, en oración petitoria. La falta de oración a este respecto es la prueba indiscutible de que no sentimos ese deseo, e indica hipocresía si coexiste con una profesión de fe.
UN RUEGO DESESPERADO
Es difícil conocer exactamente el matiz exacto del primer verbo hebreo (dirigido [AV], establecido [AVS], preparado [léxico]), pero todo equivale esencialmente a lo mismo. El salmista ora por una reforma personal según las normas de las Escrituras. Él sabe que tanto el deseo de hacer lo correcto como el poder para llevar a cabo el santo propósito son dones de Dios. Jeremías oró “Conviérteme y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios” (Jer. 31:18). Pablo confesó el mismo entendimiento: “Por si quizás Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo en que están cautivos a voluntad de él.” (2 Ti. 2:24-26). En el caso de los creyentes, “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. (Fil. 2:13). Además, perseverar en un caminar santo depende completamente de la gracia de Dios que nos sostiene (2 Ti. 1:12; cf. Judas 24).
Amigos, ¿han tenido esta experiencia de sentir dolor por la justicia? No les estoy preguntando si su deseo ha sido tan intenso como el del salmista que estaba lleno del Espíritu mientras escribía las Escrituras inspiradas, o como el Apóstol Pablo mientras incendiaba el mundo con la llama de la verdad del evangelio. Lo que les pregunto es si han conocido siquiera un poquito de esa ambición sincera de experimentar esa transformación moral para la gloria de Dios y la alabanza de Jesucristo. Si es así, tienen ustedes una garantía bíblica que le asegura la salvación. Si no es así, tengan por seguro que están perdidos; son unos extraños al nuevo nacimiento.
Incluso las personas que han sido fundamentalmente cambiadas y orientadas hacia la justicia necesitan ser exhortados para tener deseos más grandes. Puede estar lamentándose en su corazón “¡Pero mi deseo es tan ligero!” Si esto le desagrada ¡alégrese! Luego deje que su ligero deseo aumente en intensidad hasta alcanzar un deseo que le consuma, y deje que le impulse a hacer esta humilde confesión; deje que esta confesión se convierta en fervientes peticiones al Dios que es capaz de causar su crecimiento genuino en santidad. A medida que haga estas peticiones tenga la confianza de que Dios se deleita en oírlas y contestarlas. Deje que su esperanza de ser oído intensifique sus oraciones hasta llegar a convertirse en el ruego desesperado de que Dios le rehaga de nuevo. Suplíquele que le convierta en lo que Él pretendió que usted fuese desde el principio — incluso una persona creada a Su imagen, que refleje Su propia santidad gloriosa y Su justicia, deleitándose en comunión con Él, que es la fuente de todo lo que es bueno y hermoso.
En otras palabras, tome la simple declaración del salmista y hágala suya, expresándosela a Dios desde el corazón con toda sinceridad. “¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos! ¡Señor, no te dejaremos ir hasta que nos bendigas! Amen.
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