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Preparados Para Predicar

Capítulo 1: Los dones del predicador

Albert N. Martin




“Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, según la promesa de vida en Cristo Jesús, a Timoteo, amado hijo: Gracia, misericordia [y] paz de Dios Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor. Doy gracias a Dios, a quien sirvo con limpia conciencia como lo hicieron mis antepasados, de que sin cesar, noche y día, me acuerdo de ti en mis oraciones, deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de alegría. Porque tengo presente la fe sincera [que hay] en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y [en] tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Por lo cual te recuerdo que avives el [fuego del] don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y [según la] gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual fui constituido predicador, apóstol y maestro. Por lo cual también sufro estas cosas, pero no me avergüenzo; porque yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día. Retén la norma de las palabras sanas que has oído de mí, en la fe y el amor en Cristo Jesús. Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el tesoro que [te] ha sido encomendado” (2 Ti. 1:1-14).

     El asunto que tenemos ante nosotros es el de los dones del predicador. Ahora bien, obviamente, esto es un asunto muy extenso y amplio, y así, lo que quiero hacer al comienzo es distinguir los límites precisos de nuestro interés.

     Para nuestros propósitos, supongo dos cosas: Primero, que los dones para predicar y ministrar ya están presentes. En segundo lugar, que los dones se han desarrollado suficientemente como para garantizar su reconocimiento por parte del pueblo de Dios y de la Iglesia de Dios, de modo que el hombre que posee esos dones probados está, en el lenguaje del apóstol Pablo, trabajando en la Palabra y en la doctrina.

     Nuestro interés, por tanto, tiene que ver con la educación y el cultivo de esos dones de predicación que ya están siendo empleados en la obra del ministerio.

     Quiero decir otra cosa a manera de introducción. No creo que las Escrituras enseñen que la única tarea de un pastor sea la predicación, o que la predicación sea el único don dado por Dios que necesita cultivarse. No es infrecuente para mí pasar, en una semana concreta, diez, doce o a veces muchas más horas que eso en el pastoreo personal, pastoral e individual. (Me gusta mucho más ese término que el término aconsejar, por causa de la orientación y las connotaciones humanistas que han rodeado el concepto entero de aconsejar).

     Ciertamente no creo que la Biblia enseñe que la tarea del predicador se termina, ni está remotamente completa, cuando ha predicado, o aun predicado bien. Al tratar, pues, este tema —“Los dones del predicador”— y en particular, la maduración de esos dones, quiero que se entienda que estoy refiriéndome únicamente a la enseñanza pública, al ministerio de la predicación, porque es tan vital y fundamental en cuanto a todo lo demás. Pero esto ciertamente no es el todo y la sustancia de los dones del pastor que deben estar presentes y que, necesariamente, han de ser cultivados.

     Ante todo, consideraremos juntos la necesidad del cultivo consciente de nuestros dones para la predicación; luego, en segundo lugar, las motivaciones apropiadas para el cultivo consciente de nuestros dones para la predicación; y en tercer lugar, algunas directrices prácticas para el cultivo consciente de nuestros dones para la predicación.

La necesidad

     Al considerar la necesidad del cultivo consciente de nuestros dones para la predicación, quiero enfocar varios textos muy cruciales de las Epístolas Pastorales. El primero ya se ha leído a esta audiencia. Pablo estaba escribiendo a su hijo espiritual, Timoteo, quien había sido dejado atrás para servir en la obra de la Iglesia allá en la zona de Éfeso. Este era un mandato y admonición muy extraño: “Por lo cual te recuerdo que avives el [fuego del] don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Ti. 1:6 LBLA). Una traducción más literal sería: “Continúa soplando hasta que sea una llama viva el carisma de Dios”. Ahora bien, sin tratar las cuestiones discutibles con respecto a la naturaleza precisa del don o carisma de Timoteo; o la relación de ese carisma con la imposición de manos del Apóstol (¡y esas cuestiones son ciertamente discutibles!), una cosa está clara: que Timoteo ha de continuar en el cultivo consciente de este don ministerial dado por Dios. Pablo escribe a Timoteo dicciendo que él, Timoteo, ha de estimular hasta ser una llama viva este carisma de Dios. No ha de orar que Dios aumente la llama de este don. No ha de orar que otros lo hagan. Viene a él como un mandato; una responsabilidad que se coloca firmemente sobre los hombros de Timoteo. Si tal responsabilidad es verdadera en cuanto a los dones más extraordinarios que Timoteo posee, y a la luz de la manera tan extraordinaria como esos dones se confirieron, ¡cuánto más es verdadero en el caso de dones ordinarios conferidos de una manera ordinaria! ¿Ves el razonamiento? Si alguien pudiera excusarse diciendo: “Bien, mi don me vino en unas circunstancias muy peculiares, y es, en un sentido, un don extraordinario; por tanto, la dimensión de la capacitación divina, la dimensión de la iniciativa divina en el desarrollo de ese don deben ser supremas, no sea que de alguna manera dé la impresión de que esto es simplemente un don ordinario. Si alguien puede razonar de esa manera, Timoteo podría; pero no después de recibir la seguunda carta de Pablo. Su conciencia estaba atada por el deber del cultivo consciente de sus dones divinos para la predicación.

     En el capítulo 2 de esta misma carta, tenemos una perspectiva similar: “Recuérda[les] esto, encargándo[les] solemnemente en la presencia de Dios, que no contiendan sobre palabras, [lo cual] para nada aprovecha [y lleva] a los oyentes a la ruina. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, [como] obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:14- 15). A Timoteo se le recuerda esta responsabilidad de hacer constantemente lo máximo, con el fin de que se convierta en un obrero que no se avergüenza. Debe entregarse al cultivo, así como también al ejercicio, de sus dones de ministerio, para que en la presencia de su Dios no haya ningún motivo de vergüenza cuando maneje esa Palabra que es la esencia misma de su tarea ministerial.

     En la primera carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo 4, sinencontramos un acento similar. Entre los muchos deberes que Pablo había colocado sobre Timoteo con respecto a la vida y el gobierno de las iglesias, incluyó: “No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio. Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos” (1 Ti. 4:14-15).

     Aquí nuevamente, el Apóstol dice a Timoteo que nunca debe permitirse quedarse pasivo; nunca debe quitar sus manos de los remos y sentir que porque ha logrado algún grado de pericia, algún grado de reputación ganada entre el pueblo de Dios, puede simplemente quedarse pasivo en su nivel actual de pericia ministerial. ¡No! Él se lo dice, por un lado, negativamente: “No descuides”, dando por supuesta, desde luego, la contrapartida en sentido positivo: dar atención constante a ese don que se te dio mediante profecía. Sé diligente en estas cosas; tan diligente, Timoteo, que tu propio progreso, tanto como hombre como predicador, se manifieste a todos. Timoteo, cuando vuelva a esa zona para hablarle de ti a las personas, quiero que todos pregunten: “Pablo, ¿cuándo fue la última vez que oíste predicar a Timoteo?”. Mi respuesta será: “Le oí predicar hace ocho meses”. “¿Qué pensaste de él entonces?”. Entonces responderé: “Oh bien, estaba muy orgulloso de mi hijo espiritual; en el sentido correcto, por supuesto. Manejó la Palabra de una manera muy admirable. Trazó un camino derecho en la Palabra de verdad”.

     Pablo exhorta a Timoteo a hacer tal progreso que cuando ese pequeño cambio continúe, las personas digan: “¡Ah, Pablo, tú no has oído nada aún! Hay una riqueza; hay un entusiasmo; hay una unción; hay una precisión; hay una agudeza; hay un poder sobre la conciencia ahora, como nunca lo hubo en el ministerio de Timoteo anteriormente”.

     Timoteo, deja que tu progreso sea manifiesto a todos. Ahora bien, ¿cómo ha de venir esto? ¿Simplemente con el paso de tiempo? ¡No! Solo en la medida en que Timoteo tenga cuidado de no descuidar el don que se le ha dado; en la medida en que Timoteo tenga cuidado de ser diligente en el cultivo del don que le ha dado Dios.

     Ahora bien, sin duda estos textos (y hay otros que pueden utilizarse) establecen el deber del cultivo consciente de nuestros dones ministeriales. Ahora debemos pedir y tener una respuesta bíblica para una pregunta muy sencilla: “¿Por qué es esto necesario?”. Si el don es un carisma de Dios; si finalmente encuentra su origen en la actividad de Dios, en la soberana voluntad de Dios, en la obra eficaz del Espíritu Santo de Dios, ¿por qué debe estar el receptor tan conscientemente implicado en su desarrollo, en su maduración, en su mejoramiento? No conozco un texto que responda a esa pregunta, al menos en principio, con más concisión y precisión, que ese texto crucial en lo que concierne a cualquier pregunta de esta naturaleza: Filipenses, capítulo 2, versículos 12-13: “Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para [su] beneplácito”.

Tres principios

     Los tres grandes principios en este texto tan contundentemente aplicables al asunto en cuestión son estos:
     La obra de Dios y la ocupación nuestra son realidades concurrentes. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor […]”. Esto es, hay una ocupación que trae dentro de su órbita el pleno compromiso de todas nuestras facultades. Ha de haber una ocupación con temor y temblor; esto es, sin tiendo el tremendo peso de las cuestiones espirituales implícitas. En su contexto, por supuesto, Filipenses 2:12 se refiere a la salvación continua general; pero para nuestros propósitos, lo aplicamos al asunto de nutrir nuestros dones. Este, entonces, es el primer y gran principio: la obra de Dios y la ocupación del creyente son realidades concurrentes.

     La obra de Dios constituye la base de nuestra ocupación. Cuando el Apóstol manda a los filipenses que se ocupen en su salvación, ofrece su razonamiento en el versículo 13: “Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para [su] beneplácito”. En otras palabras, como Pablo exhorta a los filipenses a ocuparse en su salvación, les anima con la afirmación de que ellos nunca necesitarán temer que su obra supere la de Dios. Él está constantemente obrando en los suyos, el querer y el hacer para su beneplácito.

     Nuestra ocupación es la demostración y la manifestación de la obra de Dios. ¿Cómo obra Dios? Bien, considera el texto: “[…] Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer”. Esto expone uno de los defectos mortales de la teoría de la vida cristiana que llaman la “Teoría de Embudo”. Es la idea de que Cristo vive su vida a través de nosotros, cuando simplemente conseguimos rendirnos tan perfectamente que desaparece hasta el menor movimiento de tu dedo meñique, y entonces su vida simplemente fluye a través de nosotros. Bien, eso suena simplemente maravilloso para alguien que ha anhelado tal vida durante largo tiempo. Pero viola la perspectiva de este pasaje y la enseñanza entera de la Palabra de Dios en lo que concierne a lo que podemos llamar la teología de que Dios obra en nuestra obra. ¡No! ¿Cómo se manifiesta la obra de Dios? Él obra en ti. En las profundidades ocultas de tu personalidad redimida, así obra. Es al nivel de tu elección y tu acción como su obra ad- quiere vida. Él obra en ti, no pasando por alto tu voluntad, ni negando tu acción, sino que obra en ti el querer y el hacer para su beneplácito.

     Ahora bien, llevemos esto al terreno del asunto que tenemos delante. ¿Está un predicador, mientras tiene aliento, mientras ocupa este ministerio sagrado, aunque tenga experiencia y haya predicado durante treinta, cuarenta y cincuenta años, bajo una obligación solemne —conscientemente y constantemente— de cultivar sus dones de predicación? Sí, lo está. Nunca debe sentir que ha llegado a un nivel que le permita quedarse inactivo, y la razón teológica que está detrás de esto es la responsabilidad planteada en un pasaje como Filipenses capítulo 2. La obra de Dios y nuestra ocupación son realidades concurrentes. Su obra constituye la base de nuestra ocupación. Nuestra ocupación es la demostración y la manifestación de su obra. Por tanto, en predicación, como asimismo en cada otra área de la vida cristiana, es la fusión de la oración y los sufrimientos lo que resulta en progreso. Ni sufrimiento sin oración, ni oración sin sufrimiento; pero la fusión del sufrimiento y la oración obra para el progreso. Esta es la unión de la confianza y el esfuerzo; la ensambladura de la dependencia y la resolución. Aquí tenemos la interacción de lo natural y lo sobrenatural; los principios que operan en la naturaleza y los principios que operan en la gracia.

     En el pasado año, he tenido la enorme responsabilidad de tratar de enseñar a los jóvenes algunos principios en cuanto a la predicación. Por primera vez, he tenido que martillear una teología relativamente amplia y completa de la predicación. Bien, uno de los principios que se han destacado una y otra vez es este mismo principio de que la obra de Dios y nuestra ocupación son realidades concurrentes. Algunas de las grandes razones para la falta de predicación poderosa en nuestro tiempo deber incluir el bajo nivel de espiritualidad manifestado en la falta de oración y en una manipulación altanera y descuidada de la Palabra de Dios, junto con la mera pereza. Pero otra razón es que hay este temor sutil de que hay algo carnal en cuanto a comenzar a cultivar conscientemente nuestros dones de predicación. La Palabra de Dios te manda avivar el fuego del don de Dios que está en ti. Dedícate a estas cosas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos.

Prioridades

     Ahora, a modo de aplicación, permítaseme decir que sin la convicción de que es nuestro deber consciente y constantemente cultivar nuestros dones de predicación, simplemente no desarrollaremos las disciplinas y el programa específico necesarios para aumentar nuestra capacidad para predicar. Alexander, en sus Thoughts on Preaching (Pensamientos sobre la predicación) dijo algo que me impactó como si me hubieran golpeado con una tonelada de ladrillos la primera vez que lo leí; y cada vez que lo releo, me impacta nuevamente con igual peso. En uno de sus párrafos homiléticos en que escribía a los jóvenes en especial, dijo:

     Para ser un buen predicador, un hombre no debe ser nada más. Los ejercicios diarios de Demóstenes y Cicerón pueden darnos un indicio de la devoción que se necesita. La analogía de todas las demás artes y ciencias pueden instruir. Hay entre nosotros predicadores que pueden considerarse buenos y, en cierto sentido, grandes, que gastan su principal fortaleza durante la semana en otros intereses. Escriben ensayos, sistemas y comentarios. Puede observarse en cuanto a todos ellos que, por útiles que puedan ser, estos no son los hombres que conmueven, y caldean, y derriten y moldean a las masas1.

     ¿Ves el contraste? Lo que escriben es bueno. Lo que dicen en sus ministerios públicos es bueno. Pero no son los hombres que conmueven y derriten a las masas.

     Ciertamente, pienso, para ser un gran predicador, un hombre debe estar dispuesto a renunciar a esa reputación que proviene de la erudición y la literatura. El canal debe estrecharse, para que la corriente pueda fluir en un cauce rápido, y caiga con poderosa impresión […] Grande es la diferencia, aunque poco comprendida, entre la disertación teológica y el sermón, sobre el mismo asunto. La materia prima cae pesadamente sobre el oído popular. Solo los últimos resultados exquisitos de la acción mental son apropiados para el discurso público.

     Luego continúa ampliando eso, y culmina su insistencia con esta declaración:

     Para ser poderoso en el discurso desde el púlpito, el predicador debe estar lleno hasta rebosar de su tema, afectado en su medida por cada verdad que trata, y consciente, durante toda su preparación y todos sus discursos, de las mentes que tiene que alcanzar2.

     Ahora bien, ciertamente nadie puede acusar a Alexander de ser antiintelectual. Obviamente, tenía bastante dominio de las lenguas bíblicas. Tenía un trasfondo de formación clásica y todo lo demás; y, sin embargo, escribía a los hombres diciendo: “Debes decidir que si vas a predicar bien, debes estar dispuesto a hacer menos de las muchas cosas que tu plena capacidad te permitiría hacer”.

     Hermano, confío en que estos principios de la Escritura te perconvenzan de que es tu deber como siervo de Cristo entregarte al cultivo consciente de tus dones de predicación.

Las motivaciones

     ¿Qué motivaciones deben regirnos en este cultivo de nuestros dones de predicación? De todas las motivaciones apropiadas para el cultivo consciente de nuestros dones de predicación, permítaseme indicar tres.

     Ante todo y por encima de todo, la aprobación de Dios mismo. De todas las cosas que Pablo podía haber dicho a Timoteo por las que motivarle a la diligencia ministerial, nota la motivación que sostiene por encima de todas las demás en 2 Timoteo 2:15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, [como] obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión [o corta con trazo recto] la palabra de verdad”. En otras palabras, Timoteo, has de hacer lo máximo para llegar a ser un trabajador capacitado, pero en todo ese empeño, Timoteo, recuerda que eres finalmente responsable ante el Dios que ha colocado su mano sobre ti, te ha dotado con una cierta medida de don y te ha puesto en la obra del ministerio; de modo que en todo este cultivo constante de tu don, sea tu motivación suprema la de presentarte a Dios mismo aprobado. Timoteo, cuando hayas hecho cualquier ejercicio sermonario concreto, cualquier sobrecejo o sonrisa que pueda haber en el rostro de cualquier persona que te haya oído predicar, sea tu meta y pasión constante saber que el Dios que te ha comisionado sonríe

     Es obvio que esa perspectiva era muy real para el Apóstol mismo, porque podía decir en 2 Corintios 2:17: “Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios [y] delante de Dios hablamos en Cristo”. Ese concepto pavoroso del ministro hablando conscientemente delante de Dios es una nota recurrente en los escritos del Apóstol. Anteriormente en este mismo capítulo, dijo: “Fragante aroma de Cristo somos para Dios” (v. 15). El contexto está en la obra del ministerio.

     Al predicar, predicamos en la presencia de Dios y así, en esta cuestión del cultivo consciente de nuestros dones ministeriales, particularmente nuestros dones de predicación, nuestra motivación máxima debe ser el de la aprobación de nuestro Dios. Hermano, si Él ha colocado su mano sobre nosotros, si Él nos ha dotado de ciertos dones y capacidades, Él espera que empleemos esos dones a fin de producir la máxima medida de utilidad.

El siervo fiel

     Sin duda, si las parábolas de las minas y los talentos nos enseñan alguna cosa, nos enseñan que Dios espera que administremos bien lo que nos ha sido encomendado. No es suficiente que negociemos con la energía suficiente para proporcionar una ganancia que satisfaga al grueso de nuestra congregación; o aun para llegar al extremo de proporcionar una ganancia que nos dé algún grado de eminencia en medio de nuestros compañeros ministeriales. La gran pregunta es esta: ha representado cualquier ejercicio sermonario la devoción absoluta de mi mente y corazón, de manera que el omnipotente Dios se siente complacido cuando he entregado mi sermón? Si Él no sonríe, ¿de qué valor son las sonrisas de nuestra congregación o de nuestros compañeros? Asu propio señor dará cuenta el siervo. Cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios.

Salvar a los hombres

     Luego hay una segunda dimensión de motivación que debe estar obrando constantemente en nosotros al buscar perfeccionar nuestros dones: la salvación y edificación de los hombres. ¿Recuerdas ese capítulo clásico que trata de la actitud de Pablo en cuanto a la utilización de su libertad cristiana (1 Co. 9)? Habiendo establecido claramente los principios, la teología, de la libertad en el capítulo anterior, el Apóstol continúa mostrando cómo, por motivos más elevados, él y sus compañeros frecuentemente renunciaron al ejercicio de su libertad. No renuncian a su esencia. Eso sería anticristiano; pero sí a su ejercicio. Dice en esas palabras bien conocidas de 1 Corintios 9:22-23: “A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles; a todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos. Y todo lo hago por amor del evangelio, para ser partícipe de él”. Sin duda, nadie que esté familiarizado, aun de manera superficial, con los escritos de Pablo, atribuiría a Pablo la teología que dice que la determinación definitiva de la salvación de los hombres reside en el poder de un mero mortal. Nadie escribe con mayor claridad, o más insistentemente, en lo que concierne a la verdad de que esa salvación es toda de Dios y toda de gracia, que el Apóstol. Sin embargo, no es demasiado quisquilloso para utilizar este lenguaje: “A todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos”. Tan convencido estaba el apóstol Pablo de la relación directa entre el fin ordenado y unos medios adecuados que está decidido a renunciar a libertades de todo tipo, porque le consume la pasión de ser instrumento en la salvación de los hombres.

     Si puedes decir honradamente con el apóstol Pablo: “Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para [su] salvación” (Ro. 10:1), entonces serás capaz de decir con él: A todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos”.

¿Qué tipo de predicación?

     Ahora bien, ¿cómo afecta esto a la cuestión de la predicación? Simplemente, de esta manera. No es poca cosa captar el interés de la mente inconversa. No es poca cosa simplemente ganar la atención de los inconversos. Es más difícil asaltar la conciencia y conmover los sentimientos; y sin embargo, ningún inconverso se salva jamás hasta que, ante todo, presta atención a la Palabra de Dios. Si no consigues su atención, nunca vas a penetrar en su corazón. Si no apuñalas su conciencia, nunca vas a quebrantar su corazón. Todo este trabajo de aprender cómo captar la atención de los hombres; cómo enganchar los oídos de los hombres, por así decirlo, de modo que podamos clavar dardos en sus conciencias y que podamos, bajo Dios, ver sus corazones aplastados: esto es una cuestión que está abierta a la investigación. Es un abuso de la doctrina de la soberanía divina decir simplemente: “Cuando a Dios le plazca concederme la atención de los hombres, concederme sus conciencias y quebrantar sus corazones, Él lo hará en su propio tiempo y a su propia manera”.

     Cuando leemos la historia de la predicación, la historia de los avivamientos y la historia de las grandes épocas en la Iglesia, con pocas excepciones encontramos denominadores comunes que aparecen una y otra vez con respecto a las preguntas: “¿A quiénes utilizó Dios en la obra de conversión en tiempos de bondadosas visitas divinas? ¿Qué tipo de predicación cautiva los oídos, penetra en la conciencia y quebranta el corazón?”

     Hay un tipo de predicación que Dios reconoce en la salvación de los hombres. Con el mismo grado que sentimos pasión por ser utilizados en la salvación de los hombres, trabajaremos en el cultivo de nuestros dones de predicación. Esto es verdadero también con respecto a la edificación del pueblo de Dios. Pablo pudo decir en aquella exposición clásica en 1Corintios 14:26: Que todo se haga para edificación”. Recuerda que el contexto de estas palabras es la regulación del ejercicio de ciertos dones que pueden haber sido el desarrollo de una medida inusitada de unción espiritual. Sin embargo, puesto que no eran inteligibles, no podían traer ninguna edificación. Debemos estudiar qué es lo que trae, bajo la bendición de Dios, la mayor medida de edificación. ¡Nuestro gran interés no debe ser simplemente hacer nuestro trabajo, recibir nuestra recompensa y tener un mínimo de aprobación por parte de nuestra congregación! Si anhelamos ver nuestra congregación floreciendo en la gracia, siempre estudiaremoos cómo traer la Palabra a nuestra congregación de una manera que la edifique más y más en Jesucristo. Si no estamos simplemente enamorados de nociones e ideas bíblicas y teológicas como un fin en sí mismas, y fascinados por el sonido de nuestra propia voz al convertir esas nociones en símbolos verbales, entonces no podemos evitar ser instrumentos de gracia y bendición en grado máximo.

     Si Dios está utilizando tu nivel actual de predicación para conceder unas pocas conversiones, de modo que ves, más o menos, media docena de personas convertidas en un año, ¿no anhelas que te utilice como instrumento para traer docenas al Reino de Dios? La línea básica de nuestro consenso teológico, en una conferencia como esta, es que, en última instancia, la salvación es la obra de Dios. Creemos eso. Nos aferramos a eso, espero, con todo nuestro corazón. Pero, hermanos, no debemos pasar por alto el hecho de que una de las razones por que el Espíritu de Dios puede estar reteniendo tal bendición es que estaría premiando nuestra pereza.

Nuestras conciencias

     La tercera motivación que constantemente debe empujarnos al cultivo consciente de nuestros dones es no solamente la aprobación de Dios, la salvación y edificación de nuestra congregación, sino también la paz de nuestras propias conciencias.

     En esto, el apóstol Pablo es nuevamente nuestro instructor. En el capítulo 24 del libro de Hechos, Pablo, ofreciendo una de sus muchas defensas, dice: “Teniendo [la misma] esperanza en Dios que éstos también abrigan, de que ciertamente habrá una resurrección tanto de los justos como de los impíos. Por esto [a la luz de ese gran juicio; a la luz de ese día cuando todos los hombres quedarán desnudos], yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres” (vv. 15-16).

     La realidad de un juicio futuro tuvo una tremenda influencia ética y práctica sobre el Apóstol. Estaba ocupado en el constante ejercicio espiritual de mantener una conciencia sana y sensible; que fuera irreprensible para con Dios y los hombres.

     Toda esta doctrina de la conciencia necesita urgentemente ser expuesta en relación con la obra del ministerio y la vida cristiana. El apóstol Pablo le da un lugar central en las Epístolas Pastorales. En 1 Timoteo dice que el primer paso en la apostasía de aquellos que menciona se encuentra en el terreno de la conciencia: “Guardando la fe y una buena conciencia, que algunos han rechazado y naufragaron en lo que toca a la fe. Entre los cuales están Himeneo y Alejandro, a quienes he entregado a Satanás, para que aprendan a no blasfemar” (1 Ti. 1:19-20). Ellos no desecharon la fe, esto es, el cuerpo de verdad ortodoxa, hasta que comenzaron a tolerar una conciencia que estaba intranquila en presencia de la verdad. Muchos predicadores comienzan a bajar por el camino de la apostasía no coqueteando con la herejía, sino coqueteando con un área de controversia moral y ética con Dios.

     Aparte de la presencia de Cristo, no hay mejor compañero del ministro que una conciencia buena. Tener el Señor a tu lado y una conciencia en paz dentro de tu pecho: esos son los dos mejores compañeros del predicador.

     Ahora bien, con respecto a esta cuestión de ser motivados a cultivar constante y conscientemente nuestros dones de predicación: sin duda, hermanos, esta cuestión de una conciencia en paz debe constituir una parte no pequeña de nuestra motivación. ¿Por qué estamos libres de los medios normales de proveer para nuestra familia? ¿Por qué el tesorero de la iglesia nos entrega un cheque cada semana, o cada dos semanas o cada mes? ¿Cuál es el razonamiento bíblico para no trabajar en el taller, en la oficina o dondequiera que sea? ¿No se encuentra en el lenguaje de Hechos 6 y 1 Timoteo 5: que podamos entregarnos a la oración y al ministerio de la Palabra; que podamos trabajar en la doctrina y Palabra? Hermanos, ¿cómo podemos mantener una buena conciencia? ¿Cómo podemos sentarnos y mirar a nuestra congregación dar el fruto de su sudor como un acto de amor en sacrificio a Dios en medio de un culto de adoración al traer sus diezmos y ofrendas?; ¿cómo podemos recibir una porción de esa ofrenda sagrada con una buena conciencia si no estamos trabajando constantemente para ser mejores predicadores; buscando trabajar en la Palabra y en la doctrina con una mayor y mejor eficacia y utilidad?

     Pongo ante ti estas tres motivaciones muy poderosas para perseguir este deber de un cultivo constante y consciente de nuestros dones ministeriales.

Directrices prácticas

     Habiendo tratado el deber de las motivaciones, ahora, en tercer lugar, quisiera poner ante ti algunas directrices prácticas para el cultivo de nuestros dones de predicación.

     Ante todo, debe haber una constante alimentación de las fuentes de nuestra entera humanidad redimida. El programa diario del predicador implica tales cuestiones como su mayordomía como un hombre ante Dios, su esposa, su familia y su propio bienestar físico. No quiero exponer este asunto en demasiado detalle en este momento; basta decir por ahora que, tan ciertamente como que es el hombre entero quien predica, es el hombre entero quien debe nutrirse, si nuestra predicación ha de mejorar.

     Se me ha recordado muy enérgicamente que es el hombre entero quien predica. Tratar de predicar sin el pie ha sido como tratar de predicar sin una parte de la lengua, o de las manos. Varias veces he tenido que resistir la tentación de levantarme totalmente de esta silla, ¡porque es el hombre entero quien predica!3.

     Bien, si el hombre entero predica, el progreso en su predicación será un progreso que encuentra su clave en la educación del hombre entero. Por eso Pablo puede decir en 1 Timoteo 4:16: “Ten cuidado [o presta mucha atención] de ti mismo”. No dijo simplemente de tu mente; de tu alma; de tu espíritu. Dice “de ti mismo”. Ahí es donde da a Timoteo una pequeña prescripción médica ad hoc después. Dice: “Usa un poco de vino por causa de tu estómago”. ¿Por qué? Porque un hombre con un problema crónico en el estómago se va a encontrar apagado y letárgico en su predicación. Pablo no estaba desviándose simplemente de la carga general de la maduración de Timoteo, y tratando de justificar algo diferente a la posición de un abstemio, cuando dijo: “Usa un poco de vino por causa de tu estómago y tus frecuentes enfermedades” (1 Ti. 5:23). Pablo hace una declaración positiva cuando dice: “El ejercicio físico aprovecha poco” (1 Ti. 4:8). Frecuentemente, tomamos este texto para rechazar el ejercicio físico, pero es una declaración positiva tal como está. Es solamente comparativo en términos de la siguiente declaración: “Pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y [también] para la futura”.

     Bien, ¿por qué incluir todo eso en medio de un libro cargado de directrices prácticas para el predicador, tanto con respecto a su tarea como al desarrollo propio de esa tarea? Este es el principio: Timoteo debe aprender a alimentar las fuentes de su entera humanidad redimida si ha de crecer en eficacia ministerial. No puede haber mayor equivocación que aislar la predicación de la totalidad de lo que somos como hombres redimidos.

     Una y otra vez, los predicadores, particularmente los jóvenes predicadores, jóvenes piadosos y sensibles, me llaman diciendo:
     —Pastor Martin, no sé qué hacer.
     —Bien, ¿cuál es tu problema?
     —Estoy tan apagado y seco. Mis devociones han perdido vida. Me distraigo en la oración. Oro unos pocos minutos y mi mente se desvía. No tengo energía en la oración. Estoy apagado; mi predicación carece de urgencia…

     Y así continúan. Bueno, ¡uno pensaría que, de seguro, estarían simplemente a tres pasos de volverle la espalda al Señor y dejar el ministerio! Generalmente, tengo dos preguntas habituales que les hago si los conozco bien. La pregunta número uno es:
     —¿Tienes un período regular de ejercicio físico enérgico?
     —Oh, no, no tengo tiempo.

     Yo les digo:
     —Oh, ya veo.
En segundo lugar, pregunto:
     —¿Tienes regularmente algún tiempo social planificado con tu esposa?
     —Bueno, mire, estoy tan ocupado que…
Y así continúan hablando. Entonces respondo:
     —Bien. Mira un cosa. Yo no vine ofreciéndote prescripciones. Tú fuiste quien me llamaste. ¿Es así, hermano? Correcto. Ahora te voy a dar un pequeño consejo. Aquí está la prescripción: Siéntate y prepara tu programa diario. Y en términos de tu propio metabolismo y tu interés propio, incluye una hora al menos, tres a cuatro días a la semana, de algún tipo de ejercicio que desvíe totalmente tu mente; que te haga sudar; que haga que tu cuerpo —que se sienta ante el escritorio hora tras hora— sude copiosamente. Y todo el efecto emocional y fisiológico será asombroso. Ahora bien, quiero que hagas esto por lo menos tres meses. Y quiero que apartes al menos medio día en que pases tiempo con tu esposa. Anótalo en tu programa. No me importa lo que hagas, ¡eso es asunto tuyo! Simplemente pasa tiempo con tu esposa. Ahora bien, si tu problema no se ha solucionado en tres meses, simplemente llámame de nuevo.

     ¿Sabes cuántas veces recibí la segunda llamada? ¡Nunca! Generalmente, después de un mes aproximadamente, dice:
     —Oh hermano, gracias. Debo confesar que el consejo me pareció muy carnal cuando me lo dio, pero funciona. Es una delicia orar nuevamente. ¡Es una delicia volver a estudiar la Palabra nuevamente! El problema era que un alma sincera trataba de conducirse como si fuera un espíritu incorpóreo. ¡No somos espíritus incorpóreos! Gracias Dios por los espíritus incorpóreos que ministran como siervos ministradores a los herederos de la salvación, pero escatú no eres uno de ellos, ¡ni yo tampoco!

     Hermano, si queremos aumentar la eficacia de la predicación, debe haber una constante alimentación de las fuentes de nuestra entera humanidad redimida: lo intelectual, lo físico, lo emocional, lo social; todas esas cosas. Asombra cómo se pueden rastrear estas cosas en todas las Epístolas. Las podemos encontrar ocultas, a veces, en los lugares más insospechados. Me gusta este en que Pablo dice: “Dios, que consuela a los deprimidos” (2 Cor. 7:6). ¿Has intentado predicar cuando estás deprimido y tu espíritu se siente como el plomo? ¡Es imposible o casi imposible! Dios, que consuela a los deprimidos, nos ha consolado. ¿Cómo? ¿Recordándonos una gran promesa del pacto? ¡No! ¿Enviándonos una visita angélica? ¡No! Pablo dijo: “Dios […] nos consoló con la llegada de Tito”. Un día llamaron a la puerta. Tito cruzó la puerta, y las necesidades sociales de Pablo fueron cubiertas, y su espíritu estuvo boyante de nuevo. Y un espíritu boyante se vuelve un espíritu contagioso en la predicación. ¿No es verdad? Estos principios, digo, están en muchos lugares en la Palabra de Dios. La primera directriz práctica, pues, para el cultivo de nuestros dones de predicación es que esta constante alimentación de las fuentes de nuestra humanidad entera es esencial.

Modelos de predicación

     En segundo lugar, debe haber una exposición constante a modelos buenos. No me refiero a modelos de moda.

     En gran medida, la predicación es un arte imitativo. El apóstol Pablo reconoció esto. Pablo puede decir a Timoteo: “Retén la norma de las palabras sanas que has oído de mí” (2 Ti. 1:13). ¿Qué es esa morphe, esa norma de palabras sanas? ¿Qué es esa tradición apostólica? Pablo dice: “[Es lo] que has oído de mí”. Le podía decir a Timoteo que este había conocido totalmente el modo de vida de Pablo así como también su doctrina y todas estas otras cosas: “Pero tú has seguido mi enseñanza, conducta, propósito, fe, paciencia, amor, perseverancia” (2 Ti. 3:10). Entonces, nuevamente, en 1 Timoteo, capítulo 4, versículo 6, leemos: “Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido”. Se ha dicho demasiado poco sobre este hecho: que la predicación es, en su conjunto, un arte imitativo. Debido a que han abusado de él personas que se vuelven imitadoras, hay una reacción contra este principio.

Los modelos bíblicos

     ¿Dónde están los buenos modelos a los que deberíamos acercarnos y de los que deberíamos aprender? Permítaseme sugerir, ante todo, a los predicadores bíblicos mismos. Debemos leer a los profetas y a los apóstoles y a nuestro Señor no solamente para saber lo que dijeron para nuestra propia edificación; no solamente como base para la instrucción de nuestras congregaciones, sino también para saber cómo hablaron.

     Una de las cosas que ha sido una fuente constante de desafío para mí es reconocer no solamente la tremenda amplitud de estilo de predicación en la Palabra de Dios, y la legitimidad de cada uno de esos estilos, sino también la eficacia de esos estilos. Si no has hecho nunca esto, lee todos los profetas, no tanto para analizar lo que dijeron en el marco redentor e histórico; lo que dijeron en términos de su aplicación legítima a la Iglesia hoy; sino simplemente para analizar a los profetas como predicadores. Sin duda, si se nos dice que los tomemos como ejemplos de sufrimiento en sus vidas cristianas, hemos de tomarlos como ejemplos de predicadores también. Asimismo con los apóstoles, tanto en sus pocos y escatúsamente constatados sermones en el libro de los Hechos, como en sus epístolas: muchas de las cuales tienen el sabor de lo que llamamos predicación pastoral. Deber haber esta exposición a modelos buenos, especialmente, por supuesto, al de nuestro Señor mismo: quien habló como nadie jamás habló; a quien las personas corrientes oían con gusto. Ciertamente hay elementos en la predicación de nuestro Señor que nunca obtendrían para un hombre la reputación de ser elegante en la predicación clásica (o cualquier terminología semejante). ¿Y qué importa? Si, al seguir el modelo de nuestro Señor como predicador, podemos tener unos cuantos niños que se sienten sobre nuestras rodillas, embelesados con las palabras que salen de nuestra boca, ¿no es eso suficiente recompensa?

Otros modelos

     Debemos exponernos constantemente a una segunda clase de buenos modelos; hombres cuya predicación dejó huella en su propia generación, y cuyos sermones o biografías están a nuestra disposición en la actualidad.

     No se conoce a todo predicador bueno. Habrá algunas grandes sorpresas en el Último Día. Y no todo gran predicador, a quien se le conoce haber dejado huella como predicador, ha dejado algo escrito que refleje de alguna manera lo que era como predicador. Esta es una de las observaciones que hace J.C. Ryle una y otra vez. Si no lo tienes, te apremiaría a conseguir el libro Evangelical Leaders of the Eighteenth Century (Líderes evangélicos del siglo XVIII, del obispo Ryle, recientemente reimpreso por The Banner of Truth. Yo lo he leído todo de nuevo con gran provecho.

     Cuando leemos extractos de los pocos sermones que quedan de Whitefield y algunos de estos otros hombres, podemos preguntar: “¿Cómo es posible que 10 000 personas estuvieran pendientes de cada palabra?”. Bien, hay simplemente tanto en el acto de predicar que no se puede embalsamar en la tinta de la imprenta. En un sentido muy real, un discurso escrito solo tiene una dimensión. Una cinta es bidimensional. Pero la predicación tiene unas siete dimensiones, por haber tantos elementos implícitos en el predicador viviente que se comunica con oyentes vivientes que no se pueden capturar. Sea lo que sea, lee los sermones de aquellos que fueron conocidos como hombres que sabían cómo ganar la atención de los hombres; que supieron cómo atacar las conciencias de los hombres, y a quien Dios utilizó para quebrantar los corazones de los hombres. Yo prefiero, por supuesto, a hombres tales como Spurgeon, Baxter, Elías, Edwards y Owen.

     Estoy cansado de que se caricaturice a Owen como un gran elefante que destroza lo que encuentra a su paso en el bosque. Owen es un predicador. Lee su sermón sobre el Salmo 130. Eso te bendecirá tanto que aunque no tengas el más mínimo nerviosismo, al menos te agitarás cuando lo leas. Es una de las predicaciones evangélicas más agradables, libres, sin trabas y sinceras que se pueda encontrar en la literatura inglesa. Debemos leer tal predicación y analizarla. ¿Qué estaba Owen haciendo aquí? ¿Por qué lo hacía? ¡No era tonto!

Otros ejemplos

     Un querido amigo mío, cuando comenzó a predicar, no se le podía censurar con respecto a su contenido. Pero servía lo que se puede llamar un pegote amorfo de materia bíblica sólida. Era sano en términos de su exegesis. No había un gramo de herejía en ello, pero era pesado y pedante y sin estructura. Un buen hombre sabio, pues, se sentó con él y dijo: “Mire, vamos a trabajar en su predicación. Le diré lo que puevamos a hacer. Spurgeon, cualquiera que sea lo que digamos a favor o en contra de él, sabía predicar. Cualquier hombre que pueda llevar a cabo una campaña evangelística durante treinta años sabe algo sobre la predicación. Ahora pues, lo que vamos a hacer es tomar un sermón de Spurgeon cada semana y leerlo entero. Luego vamos a sentarnos juntos, y vamos a analizar qué era lo que Spurgeon hacía, y lo que usted no está haciendo. Hicieron, pues, esto. Lo primero que dijo fue que Spurgeon tenía apartados. Se sabía dónde estaba, adónde iba; y cuando llegaba a un punto, se sabía cómo llegó allí y dónde había estado. Dijo: “Ahora bien, usted no tiene apartados en su sermón. No sabe dónde está, adónde va ni si va a llegar allí. Por tanto, vamos a comenzar estructurando los sermones. ¿Qué otra cosa hizo Spurgeon? Bien, no le importaba hablar a los niños. No le importaba utilizar lo que algunos dirían ser ilustraciones casi tontas y terrenales, analogías y metáforas. Comience haciendo eso”.

     Este buen sabio, trabajando con este predicador para Dios, acercándole a un buen modelo, fue un instrumento para ayudarle a llegar a ser un predicador capaz. Caminaría 30 km cualquier día de la semana para oírle predicar, simplemente desde el punto de vista de oír una buena predicación en que la Palabra de Dios se sirve de tal suerte que se pega al oído.

     Lee al obispo Ryle como ejemplo: no tanto como predicador exegético sino en términos de estructura, de capacidad para llegar a la conciencia, la capacidad de tomar grandes temas y hacer que haga mella y se grabe. Lee los sermones de M’Cheyne. Hay muchos a nuestra disposición, hermano. Léelos con este fin en mente, que queremos aprender lo que es desarrollar esa capacidad de ganar la atención y conmover los corazones. Luego, por supuesto, oye a cualquier hombre de nuestro propio tiempo que hable bien y con autoridad, aunque no sea reformado. Escucha a los hombres que predican y ganan y mantienen la atención de los hombres. Predicar es un arte imitativo. Te insto a observar buenos modelos.

Críticos competentes

     La tercera sugerencia que haría es esta. No solamente la constante alimentación de las fuentes de tu humanidad redimida y observación constante de buenos modelos, sino que ahora esta sugerencia va a separar a los hombres de los muchachos: debe haber la aportación constante de críticos competentes. Aquí el libro de Proverbios debe ser nuestro compañero: en la multitud de consejeros hay seguridad. Las reprensiones de la instrucción son camino de vida.

     Dios tiene algunas cosas fuertes que decir sobre el hombre que está tan engreído con el sentimiento de su propia importancia que no se le puede reprender. Dios lo describe con una palabra muy sencilla. Lo llama necio. Estoy asombrado de cuántos necios ministeriales hay que no reciben con agrado la crítica constructiva que les ayude a hacerles mejores predicadores. Busca rodearte a ti mismo de este aporte a diversos niveles.

     Por ejemplo: con respecto al contenido teológico de tu predicación, toma nota de los hombres con más discernimiento en tu congregación. Tanto si son oficiales como si no, pídeles lo siguiente: “Si, en mi predicación semana tras semana, notaras imprecisión teológica; donde no tengo el material tan ordenado como debo; donde lo que digo en los primeros diez minutos del sermón, lo deshago en los últimos diez minutos; por favor, ven a mí. Quiero ser preciso. La predicación popular que es teológicamente precisa no solamente es hermosa, sino que también tienen un peso tremendo en cuanto a estabilizar firmemente a una congregación del pue blo de Dios, de manera que tenga discernimiento y sea capaz de detectar el error.

     Luego busca a aquellos que sean muy útiles en cuanto a los detalles mecánicos. Puede que tengas a un laico capacitado que no tenga mucho de teólogo, y que nunca tendrá mucho de teólogo, pero que es un buen gramático. Uno de nuestros ancianos es tanto un buen teólogo como un buen gramático. Cuando hay una equivocación gramatical que es obviamente parte de un modelo creciente, habrá una preciosa nota en el correo que comienza diciendo: “Querido Hermano”. Luego simplemente me lo expresa con mucha simpatía. Recibo esto de buen grado. Le apremio a hacerlo. Puede que recuerdes aquella querida alma que le entregaba a Spurgeon una nota de papel cuando había tenido un lapsus verbal.

     Otra área, hermano, es lo que llamaría nuestra “Actitud Pastoral”. En otras palabras, hay queridos santos que perciben cuándo predicas con esa mezcla de elementos de sentimiento, amor pastoral, ternura e intimidad. Ellos también perciben cuándo entran otros elementos, tales como una reprensión que hace helar sus propios espíritus. Ellos te aman. Aman tu doctrina; pero también aman la transpiración del espíritu de un pastor, y disciernen claramente cuándo les llega otra cosa. Averigua quiénes son esas personas, y rodéate de su crítica. Asimismo busca esos viejos santos que son sabios en su experiencia. Yo los llamo mis “críticos experimentales”. Son aquellos que han sido disciplinados en el fuego, y que han sido purificados por el trato constante de Dios. Entonces, por supuesto, busca, dondequiera que sea posible, tener a tus coancianos como una constante caja de resonancia. Siento que hay pocos cumplidos mejores para un ministro que el ser no constantemente, pero sí frecuentemente, confrontado con críticas bondadosas, corteses y constructivas. Es un cumplido maravilloso, porque si alguien viene a ti, y de una manera bondadosa y cortés, hace una crítica constructiva, está diciendo:
     (a) Creo que eres un hombre cristiano que quiere mejorar.
     (b) Creo que eres un hombre humilde que no es demasiado orgulloso para escuchar una crítica.
     (c) Creo que eres un hombre que, con todo tu corazón, quieres agradar a tu Señor, y si puedes mejorar, vas a agradarle más.

     Ese es un hermoso cumplido. Y sin embargo, hermano, estoy asombrado. No hablo por ignorancia, o en un vacío, sino en el contexto de docenas y docenas de conferencias de ministros a lo largo de los años y centenares de entrevistas personales. Muchos ministros se han aislado de este tipo de crítica, y lo prefieren así. ¡Eso no es sino orgullo infernal! “¡Soy el Reverendo!”. ¿Y a quien le interesa que seas el Reverendo, si no estás edificando a tu congregación por causa de un pomposo distanciamiento; por causa de una rigidez académica; por causa de una actitud pedante. Conseguir que llegues desde tu primer punto a tu último punto es como seis elefantes que caminan por arenas movedizas, y es un ejercicio de diligencia espartana permanecer despierto durante uno de tus sermones. Es tiempo de que tengas a unas pocas personas que vengan y te lo digan. (No sé lo que te diría si estuviera de pie; da gracias, pues, que estoy sentando).

     Permíteme decir esta última palabra. Es muy necesario. Si hemos de mejorar en nuestros dones de predicación, debe haber una constante interacción con los maestros del asunto de la predicación. 1 Corintios 12 indica que hay una diversidad, no solamente de dones, sino de administración; y en la historia de la Iglesia, Dios ha dado una capacidad especial a algunos hombres, no solamente en el acto de la predicación, sino en la habilidad para analizar la actividad de la predicación. Ellos son dones de Dios para nosotros. No escuches a los teóricos no probados. Pocas cosas me enojan más que ver un libro sobre la predicación escrito por un hombre sin experiencia en la predicación. Tal hombre nunca ha predicado, bajo Dios, hasta dar existencia a una iglesia sólida, una iglesia floreciente; y, sin embargo, tiene la osadía de decirle al mundo cómo predicar. ¡No te daría ni un centavo por la sobrecubierta de su libro!

     Estudia a los hombres que fueron conocidos como predicadores; los hombres a quienes Dios permitió vivir lo suficiente como para detenerse y analizar el arte santo de la predicación. Tú y yo debemos estar interactuando con ellos continuamente. ¿A quiénes me estoy refiriendo? A hombres como Spurgeon, cuyos Discursos a mis estudiantes deben ser leídos constantemente. Estoy muy emocionado porque Sacred Rethoric (Retórica sagrada) de Dabney va a aparecer con un nuevo ropaje, titulado R.L. Dabney on Preaching (R.L. Dabney sobre la predicación). Hermano, no puedo decir demasiado sobre ese libro. Te ayudará inmensamente en la cuestión de tu predicación. Hay otro que espero podamos conseguir reimpreso. Un amigo mío lo compró recientemente por 26,50 dólares. Es el libro de Gardner Spring Power in the Pulpit (Poder en el púlpito). Luego siempre respaldaré The Christian Ministry (El ministerio cristiano) de Bridges y Thoughts on Preaching (Pensamientos sobre la predicación) de Alexander. No desprecies el formato desorganizado del libro de Alexander. Por supuesto, existe On the Preparation and Delivery of Sermons (Sobre la preparación y predicación de sermones) de Broadus, Homiletics and Pastoral Theology (Homilética y teología pastoral) de Shedd y La predicación y los predicadores de Lloyd-Jones. Luego está el excelente librito de James Stewart Heralds of God (Heraldos de Dios). Algunas de las conferencias de Yale sobre la predicación son útiles. Me asombra qué pocos predicadores interactúan constantemente con los maestros del arte de la predicación. ¡Es la única profesión, como tal, donde sé que esto no se hace! Recientemente, un cirujano, a quien conocí en otro país el año pasado, estaba en los Estados Unidos. Pasó algún tiempo con nosotros. Hizo todo el trayecto a la ciudad de Nueva York, e iba a muchos países en el mundo a hacer una cosa. Ha conocido, por correspondencia personal, a todos los maestros en los campos quirúrgicos en que practica. Les ha escrito pidiendo pasar una semana con ellos, yendo del quirófano a la cama, de manera que tenga esta interacción cercana e íntima con los maestros de su campo. Si este principio es aplicable a la salvación de los cuerpos de los hombres, cuánto más debería ser aplicable a la salvación de las almas de los hombres.

     Bien hermano, confío que estas cosas nos resultarán de ayuda y provecho al buscar cultivar y avivar el don de Dios que está en nosotros. Amén.

  1. Alexander, J.W.: Thoughts on Preaching, p. 10 (B. of T.).
  2. Ibíd., p. 11 (B. of T.).
  3. Unos pocos días antes de dictar esta conferencia, el Pastor Martin sufrió un percance en el pie que requirió que predicara desde una silla. (N. E.).
 
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