El fruto de sus manos
El respeto y la mujer cristiana
Nancy Wilson
Capitulo 1. La orientación de la mujer al matrimonio
También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad.(2 Ti. 3:1-6)
Mujeres crédulas
Las mujeres occidentales actuales son verdaderamente crédulas. Se han dejado seducir por las mentiras propagadas por el mundo moderno y han sucumbido en muchas maneras a la mentalidad humanista. ¿Quiénes son los engañadores? Son gentes amadoras de sí mismas, amadoras del dinero, amadoras de los deleites. La mujer moderna ha sido engañada, como lo fue Eva, y ha sido apartada por sus propias concupiscencias del ámbito que Dios le había otorgado y de las responsabilidades que Dios le había confiado. Cargada de pecados —de descontento y envidia—, se le ha prometido libertad y felicidad si simplemente abandona su esfera —el hogar— y si descuida sus responsabilidades: su marido y sus hijos.
¿Cuáles son algunas de las mentiras que le han dicho? Que la fecundidad es mala; que los hijos arruinan el presupuesto y la figura. Que el matrimonio es una sociedad de iguales; que la sujeción es para las imbéciles. Que ser ama de casa es para cabezas de chorlito que no sirven para el mundo de los negocios. Las mujeres no están destinadas a un propósito singular, sino que deberían y pueden competir con los hombres a cualquier nivel. Lo más importante es tener una sana propia imagen y satisfacer las más hondas necesidades. Si tu marido no las está satisfaciendo, búscate otro. La vieja feminidad está pasada de moda. La nueva feminidad dicta que las mujeres han de presentarse capaces, confiadas y, a toda costa, jóvenes y sexys.
¿Cómo se desliza esta clase de mentalidad en nuestros hogares? Los medios de comunicación nos adoctrinan a diario. Los noticieros reprueban las perspectivas bíblicas acerca de las esposas y de la maternidad. El cine y los programas populares de televisión llaman a las mujeres a batallar contra los hombres en general y contra sus maridos en particular. Exaltan a la «mujer moderna» y relegan o ridiculizan a la madre que se queda en casa. Una amiga mía estaba estudiando un curso de filología inglesa en una universidad estatal y le dijeron, uno de los primeros días de clase, que en los trabajos de los estudiantes no se toleraría ningún lenguaje sexista. ¿Cuál era la definición de lenguaje sexista que daba este profesor? Madre. Se dijo a la clase que no podían usar el término madre en sus escritos, sino el término políticamente correcto progenitor. En otras palabras, no podían escribir «La madre hizo las galletas», sino que debía ser: «El progenitor hizo las galletas». La agenda feminista domina
totalmente las escuelas gubernamentales desde párvulos hasta la universidad.
Es fácil identificar a la mujer de carácter débil que se ha dejado extraviar por esta condenable enseñanza. Ha sacrificado a sus hijos y su matrimonio, su llamamiento y responsabilidades, en aras de sus propios deseos desordenados. La han engañado y está engañando a otros. En su frenética búsqueda de éxito y aprobación de parte del mundo ha perdido aquello mismo que quería alcanzar: una paz y satisfacción llenas de bendición. Después de haber llegado a culminar su carrera, después de haber llenado su guardarropa, cuando ya es miembro del balneario y tiene un segundo automóvil y sus vacaciones, sigue sintiendo un vacío miserable. Todas las novelas románticas en su estantería no lo pueden llenar. ¿A dónde buscar? ¡Presto! Inmediatamente tenemos un inmenso mercado para más engaño por vía de lo último en la psicocharlatanería del bienestar. El siguiente paso son los seminarios y libros y costosos fines de semana de consejería. En ellos ella puede hablar de sus necesidades y frustraciones. En el os ella podrá aprender cómo hacer frente a la falta de realización. En ellos ella podrá aprender cómo volver a relacionarse con su marido y con sus hijos. O quizá la animarán a que se divorcie y a que encuentre a alguien que pueda satisfacer sus necesidades. La mujer moderna es el epítome de la mujer crédula. Es cautiva de toda clase de engaños modernos, siempre aprendiendo, pero nunca llegando al conocimiento de la verdad. Esta es la mujer de la década de los noventa.
¿Cómo puede enfrentarse a toda esta propaganda la mujer cristiana dedicada a servir a Dios en el hogar? La respuesta es bien simple, pero no necesariamente fácil. En primer lugar, debemos repudiar la agenda mundana para las mujeres y tratar de comprender el plan de la Palabra para la mujer. En ello tenemos a la vez una protección y una solución. Debemos decidir ser obedientes a la Palabra de Dios sea lo que sea que indique, sin contemporizar. Esto es lo que significa por ser una mujer de la Palabra. Tenemos que descubrir qué enseña la Biblia acerca del matrimonio, de los niños, de los hombres y mujeres y de sus papeles, y luego debemos ser obedientes sin equívocos, sin importar lo que cueste. ¿Es esto cristianismo radical? No, es cristianismo básico.
Un hogar con una perspectiva
¿Te has parado alguna vez a pensar cómo consideras a tu marido, y cómo este punto de vista le afecta a él y a ti misma?
Ahora bien, ¿a qué me refiero exactamente aquí por considerar? Considerar implica una perspectiva. Quizá la perspectiva que tenéis desde vuestra ventana es un gris aparcamiento, o quizá la encantadora vista de los montes o de un jardín. A veces las personas que gozan de una hermosa vista la aceptan como algo normal: no la aprecian como es debido. En lugar de admirarla, se concentran en todas las malas hierbas que arrancar y arbustos que podar. Del mismo modo, algunos con vistas lóbregas levantan los ojos al hermoso cielo arriba, y encuentran que, después de todo, pueden estar agradecidos por lo que pueden ver.
De modo que, ¿cuál es tu perspectiva cuando contemplas a tu marido? Cuando piensas en él, cuando hablas con él, cuando oras por él, ¿cuál es tu perspectiva? ¿Es una perspectiva bíblica? ¿O es una perspectiva humanista, infectada con las perspectivas mundanas acerca del matrimonio, de la gestión y el gobierno de la casa? ¿Y cuál es, de todos modos, la perspectiva bíblica acerca de los maridos?
En el Cantar de los Cantares tenemos una encantadora perspectiva del amado: «Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes» (2:3). Cuando piensas en tu marido, ¿es él un manzano entre los árboles silvestres? ¿O acaso ves un árbol en medio de la arboleda, empequeñecido por otros imponentes árboles de mayor altura? Quizá necesites ajustar tu perspectiva.
En primer lugar, debes considerar a tu marido como tu cabeza. Su autoridad como tu cabeza está establecida en la Palabra de Dios. «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo» (Ef. 5:22-24).
Querría poner el acento en las dos siguientes palabras en el anterior pasaje: propios y todo. Debes considerar a tu propio marido como tu cabeza. Los hombres no son cabezas de mujeres, pero los maridos son cabeza de sus propias mujeres. Una mujer no debe sujetarse a otros hombres, sino a su propia cabeza. Una mujer no debe considerar a ningún otro hombre como cabeza, sino sólo a su propio marido. Esto es importante. Mi marido es mi cabeza. Yo debe acudir a mi propia cabeza, sujetarme a mi propia cabeza en todas las cosas. ¡No debo correr a la cabeza de alguna otra mujer para pedir consejo y ayuda antes de ir primero a la mía!
Una vez estábamos conversando mi marido y yo con otra pareja, y la mujer hizo una pregunta a mi marido que parecía bien inocente. Pero pude observar, por la expresión del marido, que ella ya se lo había preguntado a él. Ella debió quedar insatisfecha por su respuesta, o no hubiera estado buscando una segunda opinión. ¿Qué habría pasado si mi marido hubiera dado una respuesta contraria a la que le había dado su cabeza? Esto la habría puesto en la situación de someterse a mi cabeza y no a la suya. Le comenté luego que ella había deshonrado a su cabeza al preguntar a mi marido lo que ya había preguntado al suyo. En lugar de esto, ella debiera haber preguntado a su marido si le parecía bien buscar una segunda opinión sobre aquella cuestión. En este caso, no habría generado un problema potencial de enfrentar a su marido contra el mío y de aparentemente estar más de acuerdo con el mío.
La cabeza es dada a la mujer para protección, seguridad y abrigo. No debemos correr de la seguridad de nuestra propia cabeza a lo que pueda parecernos un mejor refugio. Ésta es una peligrosa tentación, y las mujeres sucumben a ella de muchas maneras diferentes. Aveces caen leyendo libros cristianos o escuchando a maestros cristianos. Dirás tú: «¡Pero esto no puede ser malo! Pues sí, lo es si comienzan a considerar a algún otro como su cabeza. Las mujeres son fácilmente engañadas. ¡Qué gran protección es tener una cabeza a la que sujetarse, en lugar de ser arrastradas por nuestras propias emociones, antojos y temores! Una mujer debe cultivar un concepto muy elevado de su cabeza: tanto de la posición que Dios le ha dado sobre ella como de la autoridad que le ha dado a él. Cuando las mujeres adoptan este elevado concepto, la sujeción se ve bajo una luz completamente diferente. Sujetarse a alguien a quien Dios ha puesto sobre una con autoridad amante es un alivio, no una carga.
La segunda palabra es todo. Mmmmmm. ¿Qué significa todo, exactamente? Quizá podemos salir de este trance examinando la palabra en su original griego…
Cuando comenzamos a ver que los mandamientos de Dios resultan en nuestro bien, que Él, en Su divina sabiduría, ha provisto un perfecto plan para el matrimonio, entonces se apaciguarán nuestros temores acerca de sujetarnos. Tenemos que ver la sujeción a nuestra propia cabeza como un medio ordenado por Dios para nuestra protección y felicidad.
Naturalmente, alguien pensará inmediatamente acerca de casos extremos donde la sujeción se haría imposible. No estoy hablando de sujeción a tu marido si te manda que infrinjas los mandamientos expresos de Dios. Me estoy refiriendo a la sujeción cotidiana. La sujeción se refiere al acto de ceder o de renunciar, de deferir o de dar paso. Es algo positivo, no negativo. Debemos ser obedientes a nuestros propios maridos, como se manda en Tito 2:5. Esto significa en todo. Sí, en lo que respecta a la casa, las finanzas, la disciplina, la educación y la instrucción de los niños, etcétera. ¿Qué piensa tu cabeza acerca de estas cosas? ¿Cómo quiere él afrontar las situaciones que surjan? ¿Quiere él que preguntes a tus padres, a tus suegros, amigos o ancianos de la iglesia, antes que le preguntes a él?
Necesitamos cultivar un alto concepto de nuestros maridos y un alto concepto de las tareas que Dios les ha encomendado. Comienza a contemplar a tu marido como un manzano entre los árboles silvestres. Él es especial, y Dios ha preparado una tarea especial para él. Tú tienes el privilegio de ser la ayuda idónea que Dios le ha dado. Ten un alto concepto de este llamamiento y una perspectiva bíblica de tus responsabilidades asociadas con este llamamiento. Tu perspectiva mejorará según vayas aplicando la enseñanza de Dios. Tu marido apreciará tu obediencia y se sentirá libre de ajustarse a todo lo que Dios le ha llamado a ser. Descubrirás que vives en un hogar con una maravillosa perspectiva.
El verdadero ministerio
La posesión de este concepto bíblico de la cabeza es una protección en muchas áreas, incluyendo algunas en las que las mujeres puedan pensar que no necesitan protección. Consideremos el papel que las mujeres mayores tienen en el ministerio. La Escritura alienta a las mujeres ancianas a enseñar a las jóvenes a que amen a sus maridos y a sus hijos (Tit. 2:3-4). ¿Qué significa esto en el siglo veinte, con los medios modernos de comunicación y de transporte? ¿Hay límites al ministerio que una mujer pueda ejercer hacia otras mujeres? ¿Cuáles son los peligros y las bendiciones que comporta enseñar a otras mujeres?
En primer lugar, observemos que la naturaleza de la enseñanza en el pasaje de Tito está muy centrada en el hogar. Esto no es algo estrecho; da a la mujer una amplia gama de temario a tratar. Enseñar a las mujeres a dedicarse a sus maridos y a sus hijos tiene que incluir muchos temas, desde aspectos de santidad personal a métodos educativos. Prácticamente cada aspecto de la fe que se enseña en las Escrituras puede ser útil para la esposa y la madre. Cualquier estudio centrado en la Biblia se podría emplear como un verdadero útil, porque una buena mujer cristiana será una buena esposa y una buena madre.
Pero, ¿qué otros principios hay establecidos para las mujeres cristianas que puedan incidir en esta cuestión de las mujeres en el ministerio? En la actualidad tenemos mujeres en el mundo cristiano que escriben libros, dirigen revistas femeninas, viajan en giras de conferencias, dirigen programas de radio o televisión, celebran seminarios, etc. Si la enseñanza misma es bíblica y cristocéntrica, ¿se debe suponer automáticamente que el ministerio es bíblico y cristocéntrico?
La primera pregunta que se debe hacer es: «¿Quién es el marido de esta mujer?» Luego hay muchas preguntas secundarias. ¿Está ella cumpliendo su ministerio para con él? ¿Es él la prioridad de ella? ¿Le está ayudando? ¿Está su casa en orden? ¿Le está guiando él en este ministerio? Su identidad como mujer cristiana, ¿está centrada, bajo Cristo, alrededor de su relación con su marido? Desde luego, si una mujer es viuda o soltera, puede tener un ministerio lleno de fruto. Pero seguirá necesitando protección y responsabilidad de alguna clase, que debería darse a través de la iglesia.
Pero si la respuesta a cualquiera de las anteriores preguntas es «no», entonces su ministerio es probablemente independiente de su marido, muy como una profesión separada. Sin embargo, por cuanto es un ministerio «cristiano», de algún modo se considera como un ministerio válido. En contraste con esto, debido a que la Escritura enseña que el marido es la cabeza de su mujer, una mujer cristiana en el ministerio debería ser contemplada como bajo su marido visiblemente como cabeza. En otras palabras, el ministerio de la mujer debería estar visiblemente relacionado con él. Esto puede ser de verdadera ayuda para él, porque la enseñanza que ella da puede ser un complemento del trabajo que él hace. Él puede protegerla de involucrarse excesivamente en el ministerio fuera del hogar; él puede ver objetivamente si ella está manteniendo sus prioridades debidamente; él sabe cómo ella está espiritualmente y si está dotada para enseñar. Él la puede proteger de muchas tentaciones y puede guiarla en su ministerio a otras mujeres. Esta protección es una bendición. Cuando la gente escucha o lee su enseñanza, dicha enseñanza está orgánicamente relacionada con la cabeza que Dios ha puesto sobre ella. Esto es evidentemente difícil si su marido está siempre al otro lado del país, o si su nombre meramente aparece en el libro con los demás «créditos» en letra pequeña. Por esta razón pocas veces viajo para hablar en conferencias femeninas, sino que más bien enseño allí donde mi marido está hablando. Esto no sólo nos mantiene juntos, trabajando en equipo, sino que él está así disponible para seguir guiándome y protegiéndome en ambientes de ministerio. Mi papel de enseñanza es un apoyo y complemento al suyo, no al revés. De esta forma mi ministerio está visiblemente relacionado con el de mi marido y no se contempla como un trabajo separado.
La Escritura enseña que una esposa está especialmente creada por Dios para ser de ayuda a su marido: «La mujer virtuosa es corona de su marido» (Pr. 12:4). Cuando una mujer en el ministerio consigue éxitos con independencia de su marido, este éxito irá acompañado de muchas tentaciones. Se sentirá tentada a poner su «ministerio» por delante de su primer llamamiento como esposa y madre. Se sentirá tentada a encontrar más satisfacción y placer en su «ministerio» que en su llamamiento a ser esposa. Luego viene la tentación de aceptar más y más compromisos para hablar, a gustar de la independencia económica, a trabajar más duro fuera del hogar, a acostumbrarse al éxito aparte de su marido, y a hacerse más independiente de él.
En algunos casos, la actividad del marido se considera inferior, al no ser tan lucrativa, de modo que el marido deja su trabajo para gestionar el «ministerio» de su esposa. Esto es totalmente al revés de lo que debiera ser. ¿Cómo podemos esperar que Dios bendiga un ministerio que es en esencia dirigido por las esposas y apoyado por los maridos? Esto es especialmente trágico cuando la carrera de la esposa es cristiana de nombre y está enseñando acerca de ser una esposa «centrada en el hogar».
Las mujeres han sido a menudo vulnerables al engaño, y con frecuencia al autoengaño. La mujer que sacrifica su propio hogar, a la vez que enseña a otras mujeres a ser esposas respetuosas y sumisas, ha sido engañada y está engañando a otras. Esto se hace finalmente evidente cuando leemos acerca de su divorcio. Ha derribado su casa con sus propias manos (Pr. 14:1). Para cuando llega a darse cuenta del lazo en que ha caído, a menudo es demasiado tarde. Abandonar y volver a su hogar sería un escándalo público; confesar su pecado públicamente sería humillante; pedir ayuda sería admitir debilidad; suspender el ministerio significaría dejar sin trabajo a otras mujeres (u hombres) que están colaborando con el ministerio. Se da cuenta de que el coste es demasiado grande, de modo que sigue viviendo una mentira.
La Iglesia necesita hoy una enseñanza piadosa para las mujeres más jóvenes. Esta enseñanza la tienen que dar mujeres mayores piadosas. Pero las ancianas piadosas han de estar sujetas a la Escritura y sujetas a sus maridos primero. Luego, en un contexto de honra a sus maridos, quedan protegidas de los riesgos y tentaciones del «ministerio».
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