Crecimiento cristiano saludable
Sinclair B. Ferguson
¿CRECER HACIA QUÉ?
Un cristiano es alguien que ha comenzado una vida nueva en Cristo. Pero al igual que la vida física, la vida espiritual debe desarrollarse también de una manera saludable. El cristiano es como un nuevo bebé que necesita crecer (1 Pedro 2:2).
A fin de ser los bebés saludables y normales que crecen hasta ser adultos, hemos necesitado alimento y nutrición, amor y cuidado, ejercicio para desarrollar nuestros músculos y un ambiente en que nos fortaleciéramos contra la enfermedad. La mayoría de nosotros, gracias a Dios, recibimos una buena porción de estas cosas; aquellos que carecen de ellas frecuentemente luchan durante la totalidad de sus vidas adultas por tratar de compensar privaciones en los días de su infancia. Lo mismo es frecuentemente cierto en cuanto a los cristianos; a menos que nuestra infancia y desarrollo temprano fueran saludables, nuestra edad adulta espiritual bien puede carecer de una madurez cristiana saludable. Consiguientemente, nuestro crecimiento cristiano puede detenerse y nuestras vidas carecer de equilibrio.
Este tratado explica brevemente cómo “Dios da el crecimiento” (1 Corintios 3:7). Pero antes de pensar en algunas de las formas en que crecemos espiritualmente, debemos hacer una pregunta más básica: ¿Hacia dónde crecemos? ¿Cuál es el resultado final? ¿Qué propósito tiene mi vida? Esas preguntas recibieron su más elocuente respuesta hace varios siglos en las famosas palabras del Catecismo Menor: “El fin principal de hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”.
¿Cómo glorificamos a Dios? La respuesta breve de la Biblia es: creciendo más y más en la semejanza con Jesucristo.
Cuando aún era un niño pequeño, uno de nuestros hijos requirió un tratamiento dental especializado: el especialista insistió en sacarle cuatro dientes. Lo que nos alarmó fue que los dientes estaban en perfectas condiciones. ¡Pocos temores se pueden comparar con temer a un odontólogo loco! Pero, aparentemente, hacía falta más espacio en la boca de nuestro hijo para los dientes que aún habían de salir. Cuando mi esposa comentó con nuestro dentista de familia su preocupación de que el rostro de nuestro hijo parecía quedar encogido y deformado con cuatro dientes menos, éste la tranquilizó diciendo: “Es correcto; nuestros rostros se forman al crecer”.
Esto es exactamente lo que nos sucede espiritualmente, como cristianos. Hemos de llegar a ser como Cristo; cuando las personas que encontramos nos llegan a conocer, deberían ser capaces de ver un cierto parecido familiar entre nuestras vidas y la de Cristo. Pero al crecer adquirimos ese parecido familiar. Así Pablo explica que hemos de ser edificados y crecer hasta que lleguemos a ser maduros, “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13), de modo que “crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo” (Efesios 4:15). El propósito de Dios es que seamos “hechos conforme a la semejanza de su Hijo” (Romanos 8:29).
La madurez cristiana es “semejanza con Cristo”. El desarrollo cristiano consiste en que “nuestros rostros se forman al crecer”. Al mirar el rostro de Cristo, lo reflejamos en nosotros, y somos transformados en su semejanza (2 Corintios 3:18).
¿Pero cómo sucede esto?
En la vida física, el crecimiento depende de la nutrición, el ejercicio y un ambiente en que podamos desarrollarnos. Exactamente lo mismo es cierto en la vida cristiana si hemos de experimentar (¡y disfrutar!) una madurez espiritual saludable.
LA NUTRICIÓN
“Somos lo que comemos”, dice el filósofo humanista que nos ve simplemente como un espécimen biológico. Al igual que con todas las herejías, hay un ápice de verdad en su declaración. Esa es la razón por que las palabras mismas “somos lo que comemos” suenan como una nota de advertencia por parte del dietista que reconoce los peligros de salud de una dieta desequilibrada. Somos lo que comemos; así también dice Jesús:
Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo de Hombre [Jesús] os dará […] Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre [..] Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre (Juan 6:27,35,51).
El crecimiento cristiano verdadero, por tanto, depende de “alimentarse de” Cristo.
Simón Pedro aprendió esta lección bien. Nos apremia a aplicarla: “Desead como niños recién nacidos la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis probado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:2,3).
¿Qué es esta “leche pura”? El contexto de las palabras de Pedro nos saca de dudas. Habla de la “verdad” y la “palabra” de Dios (1 Pedro 1:22,23,24). La “leche” que necesitamos es la enseñanza de la Palabra de Dios, la Biblia. Y hemos de “desearla”.
¿Recuerdas tu primer bebé cuando éste se despertó, llorando de hambre? Nada de lo que hicieras podía satisfacer al bebé excepto el alimento que necesitaba. ¡Esa es la imagen que Pedro tiene en mente! Sé como ese bebé en la forma en que deseas la enseñanza de la Palabra de Dios, dice él. Judas repite sus pensamientos: “Pero vosotros, amados, edificándoos en vuestra santísima fe […]” (Judas v. 20). ¿Pero cómo podemos hacer esto? La Escritura nos da la respuesta:
Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra (2 Timoteo. 3:16,17).
Los cristianos somos “equipados” para el servicio por la enseñanza de la Escritura. El vocabulario de Pablo aquí comparte una raíz común con el verbo que los Evangelios utilizan para describir a los primeros discípulos “remendando” sus redes: limpiándolas, reparándolas y plegándolas en preparación para la siguiente noche de pesca (Mateo 4:21; Marcos 1:19). Este es un cuadro perfecto del efecto de la Escritura. Nos prepara de cuatro maneras para ser útiles a Cristo:
1. La enseñanza
Por naturaleza, nuestras mentes están entenebrecidas y engañadas por el pecado (Romanos 1:21,25). Pero ahora que somos cristianos, debemos aprender a pensar adecuadamente y a seguir los patrones de pensamiento del Dios que nos hizo a su imagen (General 1:27). Puesto que sólo aquellos que conocen a su Dios pueden mostrarse fuertes (Daniel 11:32), necesitamos saber acerca de Dios, su carácter y su voluntad, de nosotros mismos y nuestro pecado, de Cristo y su gracia, de la vida de fe y el mundo venidero. Gracias a Dios, Él ha revelado todo lo que necesitamos saber: ¡en la Escritura! ¡No es sorprendente que Pedro nos diga que deseemos su enseñanza y devoremos su contenido! No hay sustituto para su enseñanza, y no tenemos excusa para no estudiarla.
2. La reprensión
La enseñanza de la Escritura se dirige a nuestras mentes, pero no se detiene ahí. Habla a la conciencia. Nos muestra dónde nos hemos equivocado.
Nadie disfruta con ser interrogado, o con ser acusado de tener algo malo en su vida. Pero al crecer como cristianos, experimentamos el doloroso reconocimiento de que tenemos una capacidad casi ilimitada para el autoengaño. Lentamente aprendemos que necesitamos ser detenidos por Dios en nuestras sendas. Él utiliza la Escritura para hacer esto. Al leerla, experimentamos lo mismo que David cuando Dios le habló mediante el profeta Natán. Al principio, parecemos ser meramente oidores, espectadores de la enseñanza de la Escritura sobre los pecados y los fracasos de aquellos que aparecen en sus páginas. Entonces oímos una voz poderosa, y sentimos que el dedo acusador del Espíritu nos señala y nos dice: “¡Te estoy hablando a ti!” (cf. 2 Samuel 12:7). Dios nos detiene en nuestras sendas y nos hace dar la vuelta.
La experiencia es dolorosa; pero es también saludable. No podemos alcanzar nuestro destino si viajamos en la dirección equivocada. Por esa razón, sería necio no utilizar esa Palabra que es “lámpara […] a mis pies […] y luz para mi camino” (Salmo 119:105).
3. La corrección
La palabra “corregir” puede dar una impresión más bien desagradable. Pero el verbo que utiliza Pablo significa “restaurar”. Contiene la raíz griega de la que proviene nuestra palabra ortodoncia (corrección de irregularidades en los dientes). Es un término de sanidad, no de tormento. Pablo dice que el mensaje bíblico tiene poder para sanar y restaurar nuestras vidas torcidas y rotas. Esta es una parte integral del crecimiento cristiano. Es también uno de los grandes ánimos de la comunión cristiana el ver las vidas de las personas transformadas, limpiadas y fortalecidas por la Palabra de Dios.
4. La instrucción en justicia
La Palabra de Dios no es solamente un jardín de infancia donde recibimos la leche, es también el gimnasio de una escuela donde nos fortalecemos para la vida. Estudiarla, entenderla, confiar en ella y obedecerla tonifica los músculos espirituales y acelera las respuestas de la gracia en nuestras vidas. Nos hace cada vez más sensibles a los propósitos del Señor porque hemos llegado a pensar, actuar y aun sentir de una manera bíblica.
Este es uno de los elementos esenciales para una vida que se somete bajo la mano orientadora de Dios, tal y como John Newton —el traficante de esclavos que llegó a ser escritor de himnos— sabía tan bien. Él hace la pregunta que en algún momento confronta a cada cristiano: “¿Cómo puede, pues, esperarse la voluntad del Señor?”, y contesta:
En general, Dios orienta y dirige a su pueblo proporcionándole, en respuesta a la oración, la luz de su Espíritu Santo, que lo capacita para comprender y amar las Escrituras. La palabra de Dios no se ha de utilizar como una lotería; ni tiene el propósito de instruirnos mediante jirones y trozos que, ajenos a sus lugares apropiados, no tienen ningún significado definido; sino que es el de proporcionarnos, simplemente con principios, comprensiones correctas para guiar nuestros juicios y sentimientos, y de esta manera influir en nuestra conducta y dirigirla (1).
La Escritura contiene así todo lo que necesitamos saber a fin de vivir una vida cristiana fructífera, alegre y útil; todo el equipo esencial está aquí, en sus páginas. Está claro, por tanto, lo que deberíamos hacer con nuestras Biblias. Su contenido es la leche pura espiritual y deberíamos desearla. Si descuidamos la lectura y la exposición de la Escritura, no debe sorprendernos si comenzamos a sufrir un retraso en el crecimiento. La infancia es atractiva en los infantes; pero la regresión infantil en los adultos es una enfermedad de la que necesitamos curarnos. Así ocurre con la desnutrición.
¿Tienes hambre de tu Biblia? Todo cristiano verdaderamente importante ha tenido esa hambre.
EL EJERCICIO
El ejercicio fortalece el corazón; sin él, nos criaríamos débiles y flojos. Lo mismo es cierto de nuestros espíritus. Una vez oí decir a la principal bailarina de una de las grandes compañías rusas de ballet: “Si dejo de entrenar por un día, yo sé la diferencia; si lo dejo por dos días, la compañía sabe la diferencia; y si lo dejara por varios días, el auditorio notaría la diferencia”. Simplemente, no podemos estar en la mejor forma sin entrenar: la sensibilidad, la velocidad, la gracia, la sincronización; todas desaparecen. No debemos pensar que los espíritus saludables necesitan estar menos afinados que nuestros cuerpos.
Los cristianos más antiguos solían hablar de “ejercicios espirituales”; era una expresión muy apropiada.
¿Pero en qué consisten nuestros ejercicios espirituales?
1. La adoración
La actividad singular más importante de tu vida es adorar a Dios. Fuiste hecho para esto: para ofrecer tu vida entera, en todas sus partes, como un himno de alabanza al Señor. Cuando el salmista dice: “Bendice, alma mía, al SEÑOR; y bendiga todo mi ser su santo nombre” (Salmo 103:1), habla como un atleta espiritual en forma; su vida entera está dirigida sin reservas al Señor en alabanza; una devoción de todo corazón a Dios es su característica más obvia.
Esto, por supuesto, significa que le doy toda mi vida a Dios, ofrecida como una melodía de alabanza a Él (Romanos 12:1,2). También significa que habrá momentos especiales cuando concentraré todas mis facultades en Dios, alabándole en el canto e invocándole en la oración. Esta es la razón por la que ha instituido un día entre siete para el descanso de nuestras actividades ordinarias (Génesis 2:2,3; Éxodo 20:8-11; Isaías 58:13,14). En ese día podemos congregarnos para alabarle con otros de la familia de la fe, ser animados y aprender mutuamente (Colosenses 3:16).
Es en este contexto donde el cristiano que crece aprende a valorar la exposición bíblica que está en el centro de la adoración evangélica. Al contrario que las ideas miopes modernas sobre la predicación (“si no puede decirse en diez minutos, no merece la pena decirse”), descubrimos, al escuchar una predicación bíblica y verdadera, que Cristo se dirige a nosotros personalmente mediante su palabra; nosotros respondemos en la adoración y tenemos comunión con Él (véase Juan 10:3,4,14). En tales ocasiones, treinta minutos de exposición bíblica pueden parecer demasiado breves: ¡una buena razón para asegurarnos de pertenecer a una congregación cristiana donde se comparte esta visión y experiencia de la predicación! Si la predicación que oímos no maneja la Escritura de la manera que Dios quiere (véase 2 Timoteo. 3:16-4:2), es poco probable que crezcamos en madurez bajo su influencia.
2. El conocimiento
Ser cristiano significa poseer vida eterna (1 Juan 5:11), y esto, a su vez, implica el conocimiento de Dios y de Jesucristo (Juan 17:3). Porque este conocimiento es personal en la naturaleza, es esencial que crezcamos “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Pablo creyó que el crecimiento en el conocimiento era esencial, y lo hizo una carga central en sus oraciones por sus compañeros cristianos:
Pidiendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé Espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Efesios 1:17-19, énfasis añadido. Cf. Filipenses 1:19; Colosenses 1:9).
¿Cómo tiene lugar este crecimiento en el conocimiento? Por nuestro entendimiento y creciente experiencia de lo que se enseña en la Escritura. Debemos hacer del estudio, el conocimiento y la comprensión de la Escritura una parte central de nuestra disciplina personal.
¿Hay alguna forma en que podamos hacer esto, además y por encima de pertenecer a una iglesia donde se enseñan las Escrituras? Solo por el estudio; adquiriendo un mejor conocimiento de nuestras Biblias, y llegando así a comprender el carácter de Dios, su mente y sus caminos más plenamente. Si nos tomamos en serio el crecer como cristianos, no nos contentaremos con un conocimiento fortuito y casual de la Biblia. La estudiaremos de una manera disciplinada.
Aquí tenemos un consejo sencillo, aunque lleva toda una vida seguirlo: Lee ampliamente y lee profundamente.
Lee ampliamente. Quizá no conozcas la Biblia muy bien. Busca conocerla leyendo grandes secciones de ella. Lee un libro de Antiguo Testamento de una sentada. Ve a la cama temprano y lee todo el Génesis. Toma un bocadillo para el almuerzo, encuentra un rincón tranquilo y lee por completo al menos una de las cartas de Pablo en cada hora de la comida durante dos semanas. Repasa las otras cartas en las dos semanas siguientes. Lee uno de los Evangelios cada tarde de domingo durante un mes. Lee Hechos y Apocalipsis en sábados consecutivos. Hazlo con un amigo si eso te ayuda, leyendo por turnos en voz alta mientras cada uno sigue el texto. ¡Dentro de un mes, habrás leído el Nuevo Testamento entero! No es difícil realizar un plan similar para el Antiguo Testamento. Simplemente toma un poco de esfuerzo y autodisciplina. Te asombrarás de cuánto aprendes leyendo ampliamente.
Lee profundamente. De niño siempre me impresionaba la forma en que las personas mayores (de la generación de mi abuela) eran capaces de succionar caramelos de menta durante lo que parecían interminables horas, mientras que yo mascaba y tragaba los míos en cuestión de minutos. ¡La capacidad de succión prolongada era obviamente una señal de gran madurez! Mascar, triturar y tragar eran más importantes para mí que paladear el sabor y disfrutarlo. Los cristianos que crecen deben aprender igualmente a “succionar” la Escritura, mediante la mediación y el estudio paciente.
Toda la Escritura es “dada por el aliento de Dios” (2 Timoteo 3:16 margen), pero obviamente algunas de sus partes nos llevan más inmediatamente al corazón de la revelación y, por tanto, deben dominarse primero. Puede serte útil, por ejemplo, dedicar algún tiempo cada día durante un período de meses a un estudio, sección por sección, de tales libros como Génesis y Éxodo, Marcos y Juan, Salmos y Proverbios, Hechos y Romanos Puesto que te beneficiará mucho tener algunos maestros, invierte en uno, o quizá dos comentarios realmente buenos y fiables sobre cada libro (2). No lo lamentarás nunca.
Hay también muchos libros escritos por otros cristianos que encontrarás útiles; después de todo, hemos de comprender la maravilla del amor De Cristo “con todos los santos”, y edificarnos mediante los dones y el entendimiento de los demás (Efesios 3:18; 4:15,16). Aquí hay una gran tentación a estar a la moda, leyendo las obras más recientes que llegan a las librerías, conociendo la última desviación o sensación en el mundo cristiano. Sé precavido. Es mucho más importante, y te hará mucho más bien, leer un número menor de libros cristianos que han sido muy usados y cuyo valor ha sido probado, que desarrollar el espíritu ateniense que es atraído por cualquier cosa siempre que sea nueva (cf. Hechos 17:21) (3).
Tú eres un discípulo de Jesucristo. “Discípulo” viene de la palabra latina discipulus, un alumno. Tú estás en la escuela de Cristo. ¡Estudia bien!
3. Testimonio y servicio
Como seres humanos caídos, tenemos un instinto egoísta de conservación. Pero Jesús dice que este es el camino a la muerte, no a la vida: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí, la salvará” (Lucas 9:24). Ganamos (y crecemos) en la vida cristiana entregando nuestras vidas a Cristo y a los demás. Eso, como descubrió Pablo, puede ser doloroso (“en nosotros obra la muerte”, dijo él) y, sin embargo, enormemente fructífero (“pero en vosotros, la vida”, agregó, 2 Corintios 4:12).
Esto está en el corazón de nuestro testimonio cristiano. Podemos sentirnos tímidos en cuanto a testificar a otros acerca de Cristo; como Timoteo, podemos ser excepcionalmente tímidos y necesitar la exhortación de Pablo a no avergonzarte “del testimonio de nuestro Señor […] sino participa conmigo [dice Pablo] en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios” (2 Timoteo 1:8). Pero cuando damos testimonio de Cristo, descubrimos que, en vez de encogernos (como quizá temíamos), crecemos. Nuestro entendimiento del Evangelio se fortalece frecuentemente por haber tratado de explicarlo a otro; nuestro regocijo y certeza aumentan por haber asumido más plenamente la obediencia a Cristo. (No puedo olvidar fácilmente cómo, cuando era un joven adolescente, ¡fui dando saltos por la calle con gozo tras haber hablado por primera vez de Cristo como mi recién encontrado Salvador!). Aun si nuestro testimonio se desdeña, Cristo ha prometido que seremos bendecidos (cf. Lucas 10:5,6).
Pero nuestro testimonio de Cristo no está restringido a las palabras que hablamos; implica todo lo que somos y hacemos, particularmente la manera como servimos a los demás. Aquí tocamos la esencia de la transformación que Cristo trae a nuestras vidas. Él mismo vino como un siervo (Mateo 20:28; Filipenses 2:6,7). Al igual que Pablo, somos sus esclavos (Romanos 1:1) y, por tanto, por amor de Él, debemos llegar a ser los siervos de aquellos que conocemos y con los que nos relacionamos. Debemos aprender a decir, con Pablo: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y [porque Cristo es nuestro Señor, nos vemos] a nosotros mismos como siervos vuestros por amor de Jesús” (2 Corintios 4:5). El argumento de Pablo es que crecer como cristianos significa llegar a ser como Cristo; y eso significa servir a los demás de tal manera que seamos capaces de ver que pertenecemos a Él y estamos motivados para servirles porque confiamos en Él y le amamos. Si no servimos a los demás, no podemos crecer más en la semejanza de Cristo; y si no crecemos más en la semejanza de Cristo… es que no estamos creciendo.
¿Qué implica servir? Significa aprender a orar por los demás, dedicar tiempo a ellos y para ellos, utilizar nuestros talentos y organizar nuestras recursos financieros de tal manera que también sean ofrecidos como tributo a Cristo. Vivir así significa ser felizmente liberado de la obsesión con el yo que tiene nuestra generación y descubrir que el servicio de Cristo es perfecta libertad. Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:35).
¿Estás haciendo suficiente ejercicio de este tipo?
EL AMBIENTE
Un hogar afectuoso, bien organizado y amantemente disciplinado proporciona el mejor comienzo posible a una vida. Tener unos padres que nos eduquen y hermanos y hermanas con quienes compartimos nuestras experiencias de crecimiento es uno de los mayores tesoros de la vida.
1. La familia de la fe
No nos debería sorprender entonces que la Iglesia (que es el ambiente en que crecemos como hijos espirituales) se vea en el Nuevo Testamento como una familia. Jesús mismo pensó en ella de esta manera, refiriéndose a los discípulos que hacían la voluntad de Dios como su “hermano y hermana y madre”, esto es, como su propia familia (Marcos 3:35). La Iglesia es la “la familia de la fe” (Gálatas 6:10; Efesios 2:19), la familia de Dios. Aquí la regla de oro es la del amor mutuo (cf. Juan 15:12,17; Romanos 13:8; Efesios 5:2; 1 Tesalonicenses 4:9; 1 Pedro 1:22; 1 Juan 3:11-23; 4:7-12).
¿Pero qué sucede en este ambiente de amor? ¿Cómo nos afecta y fomenta el crecimiento espiritual de la vida en la familia de Dios? Por un lado, los otros nos ministran mediante los dones que Cristo les ha dado. Hay muchos dones espirituales diferentes en la Iglesia mediante los que recibimos enseñanza, ánimo y guía sabia (Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:4-7; Efesios 4:11 y ss.; 1 Pedro 4:7-11); pero todos tienen un propósito en mente: edificarnos (Efesios 4:16). Si no pensamos que necesitamos a otros (¡a algunos en particular!), hemos llegado a llenarnos de orgullo y comenzado a despreciar la sabiduría de Cristo; más que crecer, nos estamos encogiendo.
En la Iglesia también encontramos modelos que podemos seguir en nuestro propio desarrollo cristiano, y que son miembros de la familia de Dios en cuyas virtu-des y experiencias observamos el proceder de Dios con sus hijos. Pablo parece haber sentido la importancia de esto en la vida de su joven amigo Timoteo. Le escribe para animarlo a continuar perseverando en su vida y servicio cristianos
Pero tú has seguido mi enseñanza, conducta, propósito, fe, paciencia, amor, perseverancia, persecuciones, sufrimientos como los que me acaecieron en Antioquía, en Iconio y en Listra. ¡Qué persecuciones sufrí […]! Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quienes las has aprendido […] (2 Timoteo 3:10-14, énfasis añadido).
Timoteo, a su vez, había de ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza […] Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos” (1 Timoteo 4:12-16). ¿Ves el modelo? Pablo había llegado a ser un modelo para Timoteo, no solamente en el contenido de su enseñanza, sino en su estilo de vida; en particular, en sus sufrimientos y en las formas en que el poder salvífico y preservador del Señor quedaba ilustrado en su vida. Timoteo, a su vez, había de ser un modelo a otros cristianos. Así, en la Iglesia, la familia de la fe, miramos a otros creyentes y oramos: “Señor, obra esas mismas virtudes en mi vida”, o: “Señor, tú les has sostenido maravillosamente en circunstancias difíciles, y tú eres capaz de hacer lo mismo por mí”.
2. Emblemas de la gracia
A la congregación de la Iglesia, el Señor Jesucristo ha dado dos “medios de gracia” adicionales, vehículos por los que Él bendice su pueblo. El primero de estos es el bautismo; el segundo es la Cena del Señor.
El Bautismo
En el bautismo cristiano, la señal del agua se utiliza para simbolizar la purificación del pecado que es nuestra mediante la unión y la comunión con Jesucristo. Fue inaugurado por Jesús mismo antes de su ascensión, y claramente se proponía que se administre dondequiera que el Evangelio se predique (véase Mateo 28:1820).
Puesto que el bautismo nos marca como cristianos, este tiene un significado amplio, y nos indica dos verdades concretas:
(a)
Somos bautizamos hacia (no meramente en) el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando la fe comprende el significado del bautismo, nos damos cuenta de que se nos ha dado el mayor de todos los privilegios: la comunión con Dios. Somos suyos, y Él es nuestro: ¡para siempre! Su gracia no nos limpia del pecado simplemente como un fin en sí mismo, sino que nos hace aptos para su compañía a lo largo de la totalidad de nuestras vidas. El bautismo nos anuncia el gran y abrumador privilegio de la comunión con el Dios trino que guarda el pacto. Y porque el bautismo simboliza esto, nos llama al estilo de vida nuevo marcado por la fe y el arrepentimiento progresivos.
(b)
Somos bautizamos hacia Cristo Jesús. Como Pablo indica en Romanos 6:1-14, al comprender que esto es lo que se simboliza en el bautismo, somos llamados a reconocer que hemos sido unidos a Cristo en su muerte al pecado y en su resurrección a la vida nueva. No somos más lo que solíamos ser, puesto que “nuestro viejo hombre fue crucificado con Él [Cristo] para que […] ya no seamos esclavos del pecado” (Romanos 6:6).
El bautismo es una señal. Entendemos sus implicaciones solamente al comprender lo que significa y lo hacemos nuestro por la fe. Martín Lutero solía hacer esto cuando tenía dificultades en su vida cristiana. “Soy un hombre bautizado”, se decía a sí mismo, “en Cristo he entrado a una nueva creación; la vieja ha desaparecido, ha venido la nueva. ¡Por la gracia de Dios viviré así!”.
La Cena del Señor
La segunda señal es la Cena del Señor, que, como el bautismo, fue instituida directamente por Jesús.
En la Cena del Señor, se nos da pan partido y también vino. Simbolizan el cuerpo partido y la sangre derramada de la muerte de Cristo en sacrificio expiatorio por nosotros.
A diferencia del bautismo (que nos es hecho a nosotros), en la Cena participamos activamente. Tomamos y comemos el pan; recibimos y bebemos el vino. No contribuimos con nada, pero activamente recibimos todo de Cristo. Ciertamente, por medio de estas señales, Cristo manifiesta su amor por nosotros, y nosotros respondemos con fe, amor y gratitud. Tenemos comunión con Él.
Bien puede ser que ésta sea la idea cuando Jesús llama a la iglesia de Laodicea al arrepentimiento con esta bondadosa promesa: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20, énfasis añadido).
De esta manera, al igual que en el bautismo nuestra fe se dirige a nuestra nueva vida e identidad mediante la unión con Cristo, así en la mesa del Señor nuestra fe en Cristo se centra en el maravilloso privilegio de tener comunión mediante la comunión con Cristo.
Los cristianos estamos frecuentemente presentes en cultos en los que se administran el bautismo y la Cena del Señor. ¿Pero cómo promueve esto el crecimiento cristiano saludable? Del mismo modo que oír la exposición de las Escrituras; pues estas señales son palabras visuales mediante las cuales Cristo nos hace volvernos a Él mismo y nos llama a vivir en su presencia para su gloria. En la fe, entonces, miramos por encima de las señales al Salvador y somos llamados por su gracia y nos consagramos de nuevo a vivir para su honra.
3. El mundo exterior
El ambiente en que crecemos, sin embargo, no es sola-mente la unidad familiar; es también el mundo exterior. Aquí el crecimiento se produce por medio de las acciones providenciales de Dios. Jesús, la Vid Verdadera plantada por Dios, insiste en que todo sarmiento suyo que da fruto será podado por el Padre a fin de que dé aún más fruto (Juan 15:2). La Escritura habla de que Dios hace que todas las cosas cooperen “para el bien” de aquellos que le aman (Romanos 8:28). ¿Pero qué es este “bien”? Consiste en creyentes conformados (transformados y rehechos) a la imagen de Cristo.(Romanos 8:29). Así, todas las experiencias de la vida tienen el propósito, bajo la mano soberana de Dios, de ayudarnos a crecer hacia la gran meta de la vida cristiana: la semejanza con Cristo.
Obviamente, Pablo tenía pruebas y dificultades, dolor y sufrimiento particularmente (aunque no de forma exclusiva) en mente. ¿Cómo utiliza Dios estas cosas con el fin de capacitarnos para crecer?
(a) Dios nos prueba, de modo que podamos aprender la fiabilidad de su gracia en nuestras vidas. Pensemos en la ocasión cuando los discípulos obedecieron el mandato de Jesús de navegar en el mar de Galilea (Marcos 4:35-41). Algunos de sus discípulos (Pedro y Andrés, Santiago y Juan) conocían aquel mar como la palma de su mano. Posiblemente percibieron que venía una tor-menta. Las personas que suelen navegar frecuentemente “huelen” tales cosas. Sin embargo, quizá contra su juicio personal, obedecieron a Jesús, y se encontraron en una tormenta. La obediencia los condujo al peligro. (Este incidente nos enseña que no debemos pensar que la obediencia conduce a una vida más fácil, ni deberíamos suponer que cuando las cosas se desintegran sea siempre una señal de una desobediencia específica: ¡el proceder de Dios para con nosotros en la vida cristiana es generalmente mucho más intrincado y complejo que eso!).
¿Pero por qué les condujo Jesús, de forma aparentemente deliberada, a una crisis así? Para mostrar a aquellos hombres (que bien pueden haber supuesto que ya estaban maduros en su fe) su profunda debilidad espiritual (Marcos 4:40), y también para demostrarles que podían confiar en Él como Salvador en cada situación. En la tormenta les mostró su gloria, y su fe se fortaleció. Algún tiempo después, exactamente como su Maestro, Simón Pedro también fue capaz de caer dormido, plácidamente, aun cuando se encontraba en la gran crisis de su vida (véase Hechos 12:1-6). Así nos aconseja Santiago:
Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia ha de tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada (Santiago 1:2-4).
La prueba es, por tanto, esencial para el crecimiento.
(b) Dios nos purifica. Pintorescamente, pero con precisión, escribió el pastor del siglo XVII, John Flavel:
Las aflicciones tienen el mismo uso y finalidad para nuestras almas que el tiempo helado sobre las ropas que se cuelgan y blanquean: altera el tono del color y las hace blancas” (4).
Esto también lo vio y enseñó Simón Pedro: la prueba que experimenta la fe la purifica, así como también la fortalece (1 Pedro 1:5,6). Esa es una de las grandes lecciones del Salmo 119:
Antes que fuera afligido, yo me descarrié, mas ahora guardo tu palabra […] Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos […] Yo sé, SEÑOR, que sus juicios son justos, y que en tu fidelidad me has afligido. (Salmo 119:67,71,75)
La medicina puede parecer severa; pero la enfermedad está profundamente arraigada. El crecimiento en la gracia es imposible a menos que se frene el avance de la enfermedad y se destruya su influencia. Cuando sientes que Dios parece tratarte ásperamente, recuerda lo que Él está haciendo. “Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Al presente, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:10,11). Producir una semejanza con Cristo en ti no viene sin costo: para Dios o para ti.
(c) Dios nos equipa para el servicio mediante las acciones providenciales que rodean nuestras vidas. José, tan egocéntrico en su vida juvenil, finalmente llegó a ver esto después de años de acciones disciplinarias de la providencia divina, y dijo a los hermanos que lo habían vendido a la esclavitud: “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente” (Génesis 50:20).
Pablo, similarmente, habló de cómo sus propias experiencias del sufrimiento y el consuelo que recibió le capacitaron para ministrar, a su vez, a otros que sufrían:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo (2 Corintios 1:3-5).
Estos son principios permanentes de crecimiento para el servicio cristiano. Cuanto más pronto los aprendamos, más estable será probablemente nuestro crecimiento.
CÓMO SUPERAR LOS OBSTÁCULOS
El crecimiento cristiano no es de ninguna manera un gráfico recto. Al igual que los niños, puede haber momentos cuando parezcamos crecer dramáticamente; en otros momentos, el crecimiento pueden tener lugar desapercibidamente, aunque de forma constante. Pero en ningún momento el crecimiento tiene lugar sin que se presenten obstáculos. La Biblia ve la vida cristiana como una contienda espiritual, y nos ofrece un triple análisis de la oposición a que se enfrenta el cristiano: viene del mundo, la carne y el diablo. Como en toda contienda, los dos elementos esenciales en la victoria son conocer al enemigo y conocer sus recursos.
- EL MUNDO, en este sentido, significa el mundo de hombres y cosas en su antagonismo contra Dios (cf. 1 Juan 2:16). Tiene poder para oscurecer nuestra visión de Cristo y para amortiguar nuestros espíritus. Esto fue lo que le sucedió a Demas. Tras haber sido considerado como “colaborador” del apóstol Pablo (Filemón v. 24), se enamoró de este mundo (2 Timoteo 4: 10). Quizá lo que Jesús llamaba “las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas” ahogó el hálito de su espíritu (Mateo 13:22). Olvidó la advertencia de Pablo contra permitir que el mundo nos estruje en su molde (Romanos 12:2, cf. la traducción de J.B. Phillips).
Si el mundo no es desarraigado de nuestros corazones, los devorará. Hay que quitar las malas hierbas para que la buena semilla de la gracia crezca. ¿Pero qué herbicida podemos utilizar contra el espíritu del mundo? Aquí hay una triple y potente fórmula tomada de la Biblia:
- Reconoce que el amor del mundo es el enemigo del amor del Padre (1 Juan 2:15). No puedes tener ambos.
Debes escoger uno sólo. Haz la elección correcta.
- Recuerda que fue el mundo el que crucificó a Cristo y que fue necesario el sacrificio de la Cruz para librarte de él (Gálatas 6:14). ¿Cómo puedes negociar con el espíritu que tramó el asesinato de tu Salvador?
- Reflexiona en el hecho de que el mundo, en este sentido, es transitorio y efímero (1 Juan 2:17); no es una inversión sólida. Dedícate, en vez, a hacerte “tesoro en el cielo” (Mateo. 6:19-21) y, con John Newton, aprende por experiencia que…
Tesoros duraderos y sólidos goces nadie sino los hijos de Sion conocen.
Remacha estas perspectivas en tu mente; deja que el Espíritu las escriba indeleblemente sobre tu corazón, y encontrarás que el mundo es impotente, en última instancia, para impedir tu crecimiento en la gracia.
- LA CARNE, en el Nuevo Testamento, se refiere a veces a “carne, sangre y huesos”. Pero frecuentemente en los escritos de Pablo, denota nuestra naturaleza caída y nuestras tendencias pecaminosas. Si bien los cristianos ya no estamos “en la carne”, esto es, no más dominados y gobernados por estas propensiones pecadoras, no estamos aún liberados de su presencia e influencia. Por tanto, como un antiguo santo alemán lo expresó: “Puesto que aún tenemos materiales combustibles en nosotros, debemos apagar el fuego”. Los cristianos no pueden crecer en la gracia si regularmente alimentan el fuego de sus deseos pecaminosos.
¿Cómo hemos de vencer estas tendencias pecaminosas que retardan el crecimiento espiritual? Pablo viene nuevamente en nuestra ayuda dedicando una sección entera de su carta a los Colosenses a este asunto (Colosenses 3:1-17). Sus puntos principales son:
- Sé sincero en cuanto a la presencia y la naturaleza del pecado que continúa en tu vida. Pablo lo era. En Colosenses 3:5-9 reconoce que las semillas de la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos, la avaricia, la ira, el enojo, la malicia, la maledicencia, el lenguaje soez y la mentira pueden permanecer en los verdaderos cristianos e infestar sus vidas.
- Ve el pecado que continúa habitando en ti no a la luz de tu perspectiva, sino a la luz del juicio de Dios. Todos y cada uno de los pecados merecen su ira (v. 6).
- Recuerda quién eres como cristiano. Has sido crucificado, sepultado y resucitado con Cristo (Colosenses 3:1-3). Consiguientemente, ya no estás más bajo el reinado y el gobierno del pecado (Romanos 6:14,18). Ahora debes poner tu mente en Cristo y su reinado en tu vida, y expresar tu nueva identidad en Cristo mediante una vida de santidad (véase Colosenses 3:14,9,10).
- Rechaza el pecado. No tengas tratos con él; por el contrario, dale muerte (Colosenses 3:5).
- Llena tu vida de virtudes como las de Cristo. (“Revestios de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”, Colosenses 3:12). De esta manera dejarás cada vez menos espacio para las acciones pecaminosas (vv. 12-17).
Criar flores en tu jardín requiere una acción deliberada y un cuidado constante. Por contraste, los malas hierbas crecen de forma natural, y hay que quitarlas sistemáticamente. En la vida del espíritu, debes ocuparte también de quitar constantemente las malas hierbas si has de dar fruto de crecimiento en madurez cristiana.
EL DIABLO anda como león rugiente, dice Pedro, deseoso de devorar y destruir la fe de los cristianos. Él no va a marcharse simplemente porque hemos venido a Cristo; por el contrario, sus ataques serán mucho más feroces (1 Pedro 5:9). Él busca impedir nuestro crecimiento y engañarnos. Hará todo lo que esté en su poder para persuadirnos a apartarnos de Cristo. Tratará de inducir pensamientos nada amistosos acerca de Dios en nuestras mentes, como hizo con Eva en el huerto del Edén: “¿Te puso Dios en este magnífico huerto y te dijo que no podías comer de ningún fruto en él?” (cf. Génesis 3:1). De hecho, Dios dio libertad a Eva para comer de todos los árboles, con una única excepción; pero la semilla del pensamiento [“¡Qué Dios tan cínico y miserable es!”] había sido plantada en su mente. Satanás la engañó, como ella admitió después (Génesis 3:13).
¿Cómo podemos resistir al diablo? Tomando y poniéndonos la armadura que Dios nos ha proporcionado: su gracia, su Palabra, su Evangelio, su justicia (véase Efesios 6:10-20). Poniéndonosla —como hizo Cristo cuando Satanás le atacó y procuró engañarle— seremos capaces de permanecer en el día malo, al igual que confió en la Palabra de Dios como la espada del Espíritu, y venció a Satanás (véase Mateo. 4:4,7,10). Como ocurrió con Cristo, nuestra defensa principal consiste en guardarnos en el amor de Dios (Judas v. 21), confiando en su palabra y obedeciéndola. Podemos tener total confianza en esta armadura; ya nuestro Señor mismo se la ha puesto y la ha probado con éxito (cf. Isaías 59:16-18).
Pablo se dio cuenta de que es maravilloso que los cristianos seamos capaces de permanecer firmes. Nosotros, en cambio, con frecuencia consideramos el permanecer firmes simplemente como algo trivial. Eso es una señal de nuestra ingenuidad, no de nuestra madurez; un indicio de que hemos experimentado muy poco el fragor de la batalla. Ser capaces de permanecer firmes es una importante señal de crecimiento. Pregúntale a la mayoría de las madres; pueden recordar el primer día que su niño se puso de pie. Marcó un hito. Significó que había tenido lugar un crecimiento verdadero, que se había alcanzado una medida de estabilidad. Inauguró una etapa enteramente nueva en la vida. Así es en el mundo del espíritu. Ser capaz de resistir la tentación muestra que los obstáculos y enemigos del crecimiento espiritual han sido resistidos y superados.
Por desgracia, aun en la época del Nuevo Testamento, algunos cristianos no pudieron superar la oposición; continuaron siendo niños espirituales cuando debían haber llegado a ser adultos (cf. 1 Corintios 3:1,2; Hebreos 5:11-14).
Piensa en ese cuadro por un momento. La etapa de la infancia es deliciosa; los bebés nos hacen sonreír; pero es una tragedia si no se desarrollan ni crecen física y mentalmente. Es una señal de debilidad y de enfermedad.
¿Te das cuenta de lo que quiero decir? No podemos permanecer inmóviles como cristianos, pues no crecer es realmente retroceder; no desarrollarnos es señal de una grave enfermedad. Con mayor motivo, debemos tomar en serio la exhortación bíblica: “Por tanto […] avancemos hacia la madurez […] Y esto haremos, si Dios lo permite” (Hebreos 6:1-3).
UN CHEQUEO ESPIRITUAL
¿Eres un cristiano saludable y que está creciendo? Antes de que un médico diagnostique tu estado físico, te hará probablemente una serie de preguntas y algunas pruebas sencillas (pulso, tensión sanguínea, ojos, oídos, garganta). El “chequeo espiritual” en las páginas siguientes puede ayudarte a verificar tu salud espiritual e indicar algunas de las áreas de tu vida cristiana que requieren atención y remedio inmediatos o a más largo plazo.
- Metas espirituales. ¿He entendido realmente que la semejanza con Cristo es la meta del crecimiento cristiano y que Dios está decidido a producirlo en mí?
¿Es esa mi meta también?
- Nutrición. Estoy siendo nutrido con una dieta saludable de enseñanza bíblica? ¿Quiero oír la enseñanza de las Escrituras y obedecerlas? ¿Estoy deseoso de estudiarlas por mí mismo? ¿He dado unos pasos tan sensatos para asegurar mi nutrición espiritual como lo he hecho para asegurar mi nutrición física?
- Vivir de cada palabra de la boca De Dios. ¿Leo la Biblia regularmente y, a la luz de 2 Timoteo 3:16,17, no solamente recibo su enseñanza como Palabra de Dios, sino que también recuerdo cuál es su propósito? ¿Me hago las siguientes preguntas?:
- Enseñanza: ¿Qué enseña este pasaje (versículo, capítulo, libro) sobre Dios y su carácter, el hombre y su pecado, Cristo y su obra, el ministerio del Espíritu, la vida cristiana, los propósitos de Dios, la comunión de la Iglesia, la necesidad del mundo?
- Reprensión: ¿Está mostrándome Dios algún pecado específico en mi vida que debo confesar y del que me debo arrepentir?
- Corrección: ¿Cómo me ayuda este pasaje a someterme a lo que Dios quiere que yo sea?
- Instrucción: ¿Qué aprendo aquí sobre mis responsabilidades y los recursos que Dios me da para cumplir con ellas?
- Ejercicio. ¿Estoy cada vez más dedicado a la adoración de Dios? ¿Aumenta mi regocijo en la alabanza pública? ¿En privado también?
- Servicio. ¿He hecho una evaluación fiable de los dones que Cristo me ha dado para llevar sus bendiciones a otros? ¿Sé cuáles son y dónde y cómo utilizarlos? ¿Estoy fortaleciéndolos a fin de servir mejor a otros? ¿O los veo como medios para mi propio progreso en la Iglesia? ¿Están mi tiempo, talentos, posesiones y recursos financieros todos a su servicio?
- Testimonio. ¿Brilla mi vida como luz para el mundo? ¿Es mi vida como sal preservadora en mi hogar y familia, donde trabajo y estudio, donde vivo y juego?
¿Oro por nuevas oportunidades para testificar de Cristo y las aprovecho?
- Compañerismo. ¿Me he comprometido con una iglesia y me he adaptado a ella? ¿Soy consciente de cosas en mi personalidad y en mi vida propia que pueden dificultar que otros cristianos adoren y sirvan a mi lado? ¿Estoy buscando la gracia de Dios para afrontar estas cosas? ¿Estoy dominado por el orgullo? ¿O por una timidez que realmente disfraza una profunda desgana para admitir mis necesidades? ¿Considero a mis compañeros cristianos más importantes que yo? ¿Estoy activamente ocupado en servirles? ¿Aprecio los dones de otros y doy gracias a Dios por su gracia en sus vidas? ¿Me permite mi orgullo que sólo ciertos cristianos me ayuden o sean instrumentos de la bendición de Dios para mí?
- Providencia. ¿Cómo me enfrento a las pruebas y dificultades? ¿Confío en Dios para hacer que todo coopere para mi bien en el cumplimiento de su propio propósito? ¿Crezco bajo presión porque confío en Cristo y sé que su propósito es transformarme y bendecirme? ¿O me derrumbo en mi auto confianza? ¿Aprendo mediante las acciones sombrías de la providencia, o simplemente me siento aliviado cuando han pasado?
- Desarrollo del carácter. ¿Estoy llegando a ser, por la gracia de Dios, una persona más pura, más amable? ¿Me describiría Jesús como “bienaventurado”? (véase Mateo 5:11,12)?
- Obediencia. ¿Amo los mandamientos de Dios y tengo una actitud decidida para oponerme a cualquier cosa que impida la obra de Dios en mi vida?
Si no tengo muchas posesiones materiales, ¿estoy siendo liberado de la codicia, la envidia y la avaricia por tener más? Si vivo en la opulencia, ¿domino o estoy dominado por mis posesiones y mi dinero? ¿Son de Cristo? ¿Encuentro prácticamente imposible vivir sin ciertas posesiones?
- Actitud hacia el pecado. ¿Estoy buscando a diario dar muerte al pecado que permanece en mi corazón y en mi vida? ¿Busco vestirme de las virtudes de Jesucristo?
- Contienda espiritual. ¿Creo en la actividad de Satanás sin estar obsesionado por su poder? ¿Sé cuáles son generalmente sus tácticas en mi vida, y los recursos bíblicos que me ayudan para permanecer firme cuando me ataca? ¿Estoy en guardia contra él?
- Crecimiento cristiano. ¿Estoy realmente creciendo como cristiano? ¿En la comunión de la Iglesia? ¿En mi vida familiar? ¿En mis actividades diarias? ¿En privado?
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© The Banner of Truth Trust 1991 Publicado por primera vez en inglés en 1991 por The Banner of Truth Trust con el título:
Healthy Christian Growth
Primera edición en español: 2004 © Publicaciones Aquila (RBCNB), 2004 para la versión española
Las citas bíblicas están tomadas de la BIBLIA DE LAS AMÉRICAS. Copyright © 1986, 1995, 1997 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso
ISBN: 1-932481-03-6 Depósito legal: B - 1.367 - 2.004 Impreso en España en los talleres de la M.C.E. Horeb, E.R. nº 265 S.G.– Polígono Industrial da Can Trias, calles 5 y 8 – VILADECAVALLS (Barcelona) España
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