¿Con quién me casaré?
Andrew Swanson
Prefacio
Esta es una de las preguntas más importantes en la que
nunca habrás pensado. El hecho de que hayas tomado
este folleto y comenzado a leerlo indicaría, como mínimo,
que es una pregunta que te interesa. El primer propósito
de estas páginas es llamar tu atención a la enseñanza
bíblica sobre este asunto. Luego quiero ayudar a
los cristianos a ver por qué es muy importante que utilicen
esta enseñanza como guía principal para elegir a su
cónyuge. En el momento actual se está haciendo un gran
daño a la Iglesia porque hay muchos cristianos que o
bien son ignorantes de esta enseñanza o intencionadamente
la descuidan. Esta ignorancia o negligencia no
está restringida a ninguna nacionalidad o cultura en particular.
Tristemente, se encuentra en todas las sociedades
y culturas. Es verdad, sin embargo, que algunas culturas
tienen más tendencia que otras a aumentar la tentación
de descuidar esta enseñanza. Por ejemplo, en todas
aquellas culturas en que los matrimonios de conveniencia
son la norma, se ejercerá una gran presión sobre los
cristianos para no hacer caso de esta enseñanza. Esto
aumenta aún más cuando se vincula la presión religiosa
de una religión no cristiana. Cuando, por ejemplo, la
religión nacional es principalmente musulmana (aun si
es en un Estado secular), será muy difícil para un cónyuge
del Islam encontrar un cónyuge cristiano de entre su
propio pueblo. Aunque encuentra un cónyuge cristiano
idóneo, habrá presión por parte de la familia contra este
tipo de matrimonio.
El escritor de este folleto es consciente de las presiones
y dificultades peculiares a las que muchos creyentes
jóvenes se enfrentan cuando les toca decidir con quién
se casarán. Siento gran pesar por el dilema que enfrenta
a muchos cónyuges de religiones no cristianas cuando
tratan de encontrar una esposa o esposo idóneo. Pero la
única respuesta satisfactoria a este dilema está firmemente
basada en la enseñanza de la Escritura. Todo
intento de comprometer las demandas del discipulado
cristiano está abocado a tener consecuencias tristes. Por
otra parte, ningún esfuerzo que se haga para ser fiel a
Cristo representa un costo demasiado alto que pagar
para la bendición que se promete. No tengo ninguna respuesta
fácil a los problemas que enfrentan muchos de los
que lean estas páginas, pero escribo con la convicción de
que “yo honraré a los que me honran” (1 S. 2:30).
Veamos ahora qué enseñan las Escrituras sobre este
importante asunto.
EL PUNTO DE PARTIDA
En los capítulos 6 y 7 de 1 Corintios, el apóstol Pablo
recuerda dos veces a los corintios una enseñanza cristiana
muy básica. En el capítulo 6 versículo 20 y capítulo
7 versículo 23, se nos dice: “Por precio habéis sido comprados”.
Esto es algo verdadero no simplemente para los
corintios del tiempo de Pablo, sino para cada creyente en
cada época. Es una de las enseñanzas más básicas de la
vida cristiana. Cada creyente es la posesión adquirida
por Dios. “No fuisteis redimidos”, como Pedro nos dice,
“con cosas perecederas [como] oro o plata, sino con sangre preciosa, [la sangre] de Cristo, como de un cordero
sin tacha y sin mancha” (1 P. 1:18,19). Si eres cristiano,
no tienes el indiscutible derecho de hacer lo que quieras.
Como Pablo escribió a los corintios: “No sois vuestros”
(1 Co. 6:19). Tu cuerpo pertenece a Dios: es el templo
del Espíritu Santo. Esto significa que no puedes tratar a
tu cuerpo como quieras. No debes pensar en tu cuerpo
como algo tuyo para hacer con él lo que te agrade. ¡No!
Has de glorificar “a Dios con [tu] cuerpo” (1 Co. 6:20).
En el matrimonio entras en la unión más profunda posible
con otra persona. Esto significa que un cristiano
debe siempre preguntarse: “¿Es esta persona con la que
me quiero casar una persona con la que Dios me permite
casarme?” Porque perteneces a Dios, no eres libre
para escoger.
Al final de 1 Corintios 7, Pablo nos dice el requisito
principal que es esencial para un cónyuge idóneo. Pablo
habla de una viuda que desea casarse nuevamente, pero
lo que dice se aplica igualmente a cualquier cristiano
que se quiera casar. Esto es lo que dice Pablo: “Si su
esposo muere, ella es libre para casarse con quien quiera,
pero debe pertenecer al Señor”. Esta es la regla más
básica para el matrimonio cristiano. No es lo único que
importa, pero es lo primero. Para expresarlo fuerte y claramente,
la primera pregunta posible que uno debe
hacerse en lo que concierne a un posible cónyuge es:
“¿Pertenece él o ella a Cristo? Si la respuesta a esa pregunta
es: “Sí”, entonces pueden considerarse otras preguntas.
Si la respuesta es: “No”, entonces no hay necesidad
de hacer más preguntas. Es como si Dios hablara
desde el Cielo y dijera: “Esta no es la persona con quien
quiero que te cases”.
Tristemente, estamos viviendo en unos tiempos cuando
muchos, cristianos incluidos, ponen objeciones a una
guía tan clara y directa como esa. Hay cristianos hoy que
son exactamente como algunos de los líderes de Israel
en tiempos de Jeremías. En un tiempo de calamidad
nacional, vinieron a Jeremías e hicieron esta petición:
“Ruega al SEÑOR tu Dios por nosotros […] para que el
SEÑOR tu Dios nos indique el camino por donde debemos
ir y lo que debemos hacer” Jer. 42:2-3). Esto era
algo muy bueno, y fueron aún más lejos. Le dijeron a
Jeremías: “Que el SEÑOR sea un testigo veraz y fiel
contra nosotros si no obramos conforme a toda palabra
que el SEÑOR tu Dios te mande para nosotros. Sea
buena o mala, escucharemos la voz del SEÑOR nuestro
Dios a quien te enviamos, para que nos vaya bien cuando
escuchemos la voz del SEÑOR nuestro Dios” (Jer.
42:5-6). Esta es exactamente la actitud que los cristianos
deberían tener en lo que concierne a la Palabra de Dios.
Los cristianos deberían estar tan comprometidos con la
Palabra de Dios como para que pudieran decir honestamente:
“Sea buena o mala, escucharemos la voz del
SEÑOR nuestro Dios”. La tragedia de los líderes de los
tiempos de Jeremías era su insinceridad. Cuando
Jeremías vino con la Palabra del Señor, dijeron: “Es
mentira lo que dices. El SEÑOR nuestro Dios no te ha
enviado a decir...” (Jer. 43:2).
Algunos cristianos de hoy actúan casi exactamente de
la misma manera. Dicen querer hacer la voluntad del
Señor, pero cuando se les muestra y ven que eso no es lo
que deben hacer, encuentran una justificación para
rechazarla. Simplemente no hacen caso de la Palabra de
Dios. Algunos pueden tratar de argumentar que la Palabra de Dios no es clara, o que, porque algunos cristianos
dan una “interpretación” diferente, no podemos
estar seguros de cuál es la voluntad de Dios. Otros estarán
de acuerdo en que la Palabra de Dios enseña que no
deberían hacer lo que van a hacer; pero, dicen, Dios
comprenderá sus dificultades para guardar su Palabra.
Aún peor, hay algunos que afirmarán que han orado a
Dios sobre el asunto y que Él les ha dado una certeza de
que son un caso excepcional y que será correcto para
ellos hacer lo que otros cristianos no deben hacer.
Ahora bien, todos sabemos que hay algunos problemas
éticos respecto a los cuales puede ser muy difícil
estar seguro. Sabemos que los cristianos pueden estudiar
sinceramente la Palabra de Dios y alcanzar conclusiones
diferentes sobre estas cuestiones. El punto que consideramos
no pertenece a esa categoría. Este es un asunto
sobre el que la Palabra de Dios habla muy claramente.
Hay una regla verdaderamente básica para orientar a
cada cristiano en la elección de un cónyuge. Es una regla
que da a la mayoría de los cristianos (pero no a todos)
mucha libertad, pero, a la vez prohíbe claramente considerar
una cierta clase de personas como cónyuges idóneos.
Esta es la norma de Dios: cualquier cristiano es libre
para casarse con quien desee, pero la persona debe pertenecer
al Señor. Hay una notable similitud entre esta
regla y el único mandamiento que Dios dio al hombre
antes de pecar. Dios dijo a Adán: “De todo árbol del
huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento
del bien y del mal no comerás” (Gn. 2:16-17). Este mandato
original da, por una parte, mucho donde escoger y,
por otra parte, selecciona un árbol, y sólo un árbol prohibido
cuyo fruto Adán no debía de comer. Del mismo modo, la norma de Dios para el matrimonio cristiano da
a muchos creyentes una gran elección de cónyuges
potenciales, mientras que prohíbe inequívocamente cierta
clase de personas claramente definida como cónyuges
no idóneos para un cristiano.
Podría argumentarse que esta regla, en la práctica,
dejará a algunos cristianos prácticamente sin elección de
cónyuge. Por ejemplo, en países donde predomina el
Islam o alguna otra religión no cristiana, a los cónyuges
cristianos no se les deja prácticamente ninguna opción.
Su elección podría ser casarse con un incrédulo o permanecer
sin casarse. Evidentemente, sentimos la más
profunda comprensión hacia un cónyuge cristiano que
se enfrenta al hecho de querer casarse y, sin embargo, no
tiene un cónyuge idóneo con quien hacerlo. Es la norma
de Dios el casarse en el Señor, y esto sólo se puede quebrantar
a costa de las más graves consecuencias. Este
principio liga la conciencia de cada cristiano incluyendo
a los cristianos que sólo parecen tener la elección de
casarse con un no cristiano o no casarse.
Indudablemente la tentación de quebrantar el principio
es grande, pero lo mejor para el creyente es decidir en su
corazón el resistir esta tentación.
Antes de condenar al autor como cruel e insensible,
permítaseme recordar que no fui yo quien hizo la norma.
Es en la norma de Dios en lo que estamos pensando y,
antes de comenzar a discutir por qué Dios debería hacer
excepciones, hay un aspecto de esta regla que muchas
personas nunca consideran. Se supone que en algunas
situaciones el resultado será que los creyentes simplemente
no podrán casarse. La lógica de esta suposición es
muy simple:
- El creyente no debe casarse con un incrédulo.
- No hay creyentes con quienes casarse.
- Por tanto, el creyente no se puede casar.
La lógica puede ser sana y, en algunos casos, válida,
pero es una lógica que pasa por alto un punto muy
importante. Pasa por alto el hecho de que Dios estableció
esta norma no para impedir que los creyentes se
casen, sino para evitar que se casen con la persona equivocada.
Cuando las circunstancias parecen sugerir que algunos
creyentes no podrán casarse porque no encuentran
cónyuges cristianos, no hay necesidad de que estos creyentes
saquen la conclusión de que su única esperanza
en cuanto al matrimonio está en desobedecer a Dios y
casarse con un incrédulo. Tal pensamiento es simplemente
la conclusión a la que se llega cuando un creyente
escucha al “padre de mentira”. Está olvidando que el
cristiano tiene un Padre celestial que realmente sabe qué
es lo mejor para sus hijos. Cada hijo de Dios necesita
aprender a doblegarse en humilde sumisión a la voluntad
perfecta y buena de su Padre. Tenemos un Dios que
está mucho más que preocupado por nuestras necesidades
materiales de “¿qué comeremos? o ¿qué beberemos?
o ¿con qué nos vestiremos?” (cf. Mateo 6:31). Cuando
Jesús nos asegura “que vuestro Padre celestial sabe que
necesitáis todas estas cosas”, podemos estar seguros de
que sabe exactamente qué es lo que realmente necesita
cada uno de sus hijos solteros.
Cada hijo de Dios tiene al gran Padre celestial que se deleita aún más que cualquier padre terrenal en dar buenas
dádivas a sus hijos (cf. Lucas 11:13). Si nuestro
Padre se deleita en darnos su Espíritu Santo, ¿por qué
deberíamos dudar de su disposición y capacidad para
darnos otras buenas dádivas? Proverbios nos dice: “El
que halla esposa halla algo bueno y alcanza el favor del
SEÑOR”. También, nos dice: “Casa y riqueza son
herencia de los padres, pero la mujer prudente [viene]
del SEÑOR” (Pr. 18:22; 19:14). El Dios que dijo: “no es
bueno que el hombre esté solo”, fue el Dios que proporcionó
a Adán “una ayuda idónea” (Gn. 2:18). Este Dios
es el Padre celestial de cada creyente. Y se puede confiar
en Él para proporcionar todo lo que su sabiduría ve que
es bueno para sus hijos. Esto no da la base para entender
que el creyente espere pasivamente a que Dios le traiga
un cónyuge como hizo con Adán. Proverbios implica
actividad por parte del creyente. Es el creyente quien
encuentra, pero es el Señor quien da. Está fuera de la
esfera de este folleto hacer sugerencias con respecto a la
actividad del creyente para encontrar un cónyuge, pero
luego ofreceré algunas directrices en este tratado. El
único punto que necesita recalcarse aquí es que el creyente
puede confiar en Dios para que El le proporcione
y le guíe hacia el cónyuge idóneo si esto es lo mejor para
cada uno.
Esto es un desarrollo práctico de la fe de un creyente.
Dios está interesado en cada aspecto de la vida de sus
hijos y quiere que sus hijos confíen en Él. Cuando el creyente
tiene una necesidad material, ¿podría cruzar por su
mente el que quizá Dios comprendería que robase para
cubrir su necesidad? ¡No! Él creyente sentiría que éste
es un llamado a esperar más fervientemente en Dios para cubrir su necesidad, o para aprender a contentarse. El
creyente sabe que Dios conoce y cuida de sus necesidades
materiales. El creyente sabe que no hay manera de
justificar el robo a fin de proveer para su necesidad. De
la misma manera tampoco el creyente puede justificar el
casarse con un incrédulo. Dios espera que confiemos en
su capacidad para proveer un cónyuge idóneo, o bien
para bendecir al creyente que permanece soltero. Para
fomentar nuestra obediencia, Dios nos da una gran
variedad de razones por las que nunca deberíamos caer
en la tentación de casarnos con un incrédulo o alguien de
otra fe. Vamos a considerar ahora algunas de estas razones.
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