La vida de Charles Spurgeon estuvo tan llena de gracia, de dones
y de trabajo, y hay tanto escrito por él y sobre él, que debemos dejar a un
lado muchas cosas que son de interés y utilidad a la hora de examinar su
vida y su ministerio.
Nació en Kelvedon, una aldea en el condado de Essex, al oeste de
Inglaterra, el día 19 de junio de 1834. Durante los primeros años de su vida
vivió con sus abuelos en una ciudad llamada Stambourne, regresando al hogar
de sus padres cuando tenía unos cinco años de edad (su abuelo, James, era un
ministro congregacional [independiente] del evangelio, al igual que lo era
el padre de Charles: John). Aun en su juventud, su sinceridad, valentía e
inteligencia se hicieron patentes con rapidez. Desde los primeros años de su
vida, el joven Charles saqueaba los estantes de su abuelo en busca de
tesoros puritanos, aunque al principio solamente fuese para mirar los
dibujos, por ejemplo, en El Progreso del Peregrino de Bunyan y en El libro
de los mártires de Foxe. De todos modos, aprendió a leer y practicó ese arte
desde temprana edad. A medida que fueron pasando los años, sus estudios
siguieron revelando un intelecto precoz y una lengua aguda.
A la edad de quince años entró en una escuela en Newmarket como
alumno y también como maestro de muchachos más jóvenes. Uno de sus propios
maestros de teología era el cocinero en el hogar donde él se hospedaba,
quien amaba y vivía un vigoroso calvinismo, y ayudó al joven con muchas
preguntas difíciles de fe y de práctica. Él era espiritualmente sensible,
pero aún no estaba convertido, aunque durante muchos años había estado vivo
a la realidad de su pecado, y dolorosamente convencido de su maldad. Al
comienzo del año siguiente, tras haber regresado a su casa por Navidad, se
dirigía a la iglesia un domingo cuando Dios envió una tormenta de nieve que
finalmente le llevó a entrar en una capilla metodista. Lo que sucedió es que
el ministro regular de aquel lugar no pudo estar allí ―quizá la misma
tormenta de nieve se lo impidió―, y finalmente un hombre delgado se levantó
para predicar. Su texto fue Isaías 45:22: “Mirad a mí, y sed salvos, todos
los términos de la tierra”. El hombre no tenía experiencia en la oratoria, y
tras diez minutos de vigorosa pero curiosa exposición, se iba quedando sin
fuerza. Al divisar al joven extraño, encontró un nuevo aspecto para su
mensaje: “Joven, parece usted muy miserable, y siempre será usted miserable
―miserable en la vida, y miserable en la muerte― si no obedece mi texto;
pero si usted obedece ahora, en este momento, será salvo. Joven, mire a
Jesucristo. ¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! ¡No debe hacer otra cosa sino mirar y
vivir!”. Aquellas palabras llegaron con poder divino al alma del joven
Spurgeon. Él, sin duda alguna, había oído muchos sermones buenos y
convincentes en su juventud, pero en ese momento la Palabra de Dios llegó
por el poder del Espíritu de Dios con una fuerza salvadora. Spurgeon miró y
vivió, y el gozo de la salvación inundó su corazón cuando confió en Cristo
para que lo librase del pecado, de la muerte y del infierno. Era el 6 de
enero de 1850. La excelencia y la preciosidad de Cristo influirían en todos
los subsiguientes trabajos de Charles Spurgeon.
No pasó mucho tiempo hasta que Satanás volviera a rugir a
Charles. El joven había imaginado ingenuamente que ahora estaría libre de
tales ataques, pero las dudas, los malos pensamientos y las blasfemias
volvieron a asaltarle. Aquella amarga experiencia fue breve, pues Cristo
ayudó a su joven cordero a batallar contra su pecaminoso corazón, pero
también enseñó a Charles que la vida cristiana era una batalla, y no un
camino de rosas. Era una batalla a la cual él se unió fervientemente como
guerrero cristiano.
Al haberse convertido, Charles fue admitido como miembro de una
iglesia congregacional en el mes de abril de aquel año. Sin embargo, para
entonces, parte de su pensamiento había madurado, y había sido convencido
por la Escritura de que los creyentes, y solamente los creyentes, debieran
ser bautizados. Por tanto, solicitó el bautismo a un ministro bautista
local, y el día 3 de mayo de 1850 caminó ocho millas (casi trece kilómetros)
hasta una aldea llamada Isleham, donde fue bautizado por Mr. Cantlow en el
río Lark (donde aún permanece una piedra para señalar el lugar). Recibió la
Comunión por primera vez el día 5 de mayo (no tomó la Cena del Señor hasta
haber sido bautizado), el mismo día en que comenzó su trabajo como maestro
de escuela dominical, demostrando con rapidez ser popular con los niños, y
también con muchos adultos.
En el verano de 1850 se trasladó a la ciudad universitaria de
Cambridge. En aquella ciudad continuó como maestro-alumno, y se unió a una
iglesia bautista. Al participar en la vida de la iglesia, y más avanzado en
su entendimiento, surgieron nuevas oportunidades de servicio; una en
particular se le confió sin cortesías. Un hombre llamado James Vinter era el
responsable de organizar a varios hombres para que predicasen en aldeas
circundantes, y un día llamó a Spurgeon para hablar con él. Vinter le
explicó que un joven iba a predicar en una aldea llamada Teversham, y ―como
el joven en cuestión no era muy requerido en muchos servicios― que
probablemente se alegraría mucho de tener alguna compañía. Spurgeon, por
consiguiente, se reunió con un muchacho cristiano más mayor, y juntos
partieron hacia Teversham un domingo en la tarde. La conversación entre
ellos pronto reveló que aquel otro joven esperaba que Charles predicase, y
no había nada que le persuadiese a cambiar de opinión. Con aquella nueva
responsabilidad sobre él, Charles decidió predicar su primer sermón sobre el
pasaje: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 Pedro 2:7),
y lo hizo para beneficio y placer de los pocos aldeanos que lo escucharon
reunidos en una casita de campo.
Sus labores de predicación aumentaron en número y efecto, hasta
que ―con diecisiete años de edad solamente― fue llamado a pastorear una
iglesia en la pecaminosa aldea de Waterbeach, no lejos de Cambridge. Su
entusiasta labor y su aguda perspectiva del pecado de los hombres y la
gracia de Dios significaron que, no después de mucho tiempo, Waterbeach
fuese transformada. Aunque existe evidencia de desarrollo y madurez en
aquellos primeros años, ¡no hay duda de que hay pocos predicadores que hayan
sido equipados por Dios tan plenamente y tan prontamente como lo fue
Spurgeon! Después de dos años en Waterbeach, y a la edad de diecinueve años
solamente, Spurgeon fue invitado a predicar en la capilla New Park Street
Chapel en Londres. La iglesia allí tenía un buen pedigrí: entre anteriores
ministros se incluían Benjamín Keach, John Gill y John Ripon, todos ellos
usados por Dios de manera diferente pero grande en su día. Pero un buen
pedigrí no era suficiente. Un historiador habla de las condiciones
espirituales predominantes en Inglaterra en aquella época: “El cristianismo
protestante era más o menos la religión nacional […]. La iglesia no carecía
de riqueza, ni de hombres, ni de dignidad, pero tristemente carecía de
unción y poder. Existía la tendencia general a olvidar la diferencia entre
el aprendizaje humano y la verdad revelada por el Espíritu de Dios. No había
escasez de elocuencia y de cultura en los púlpitos, pero sí una marcada
ausencia del tipo de predicación que quebrantase los corazones de los
hombres. Quizá la peor señal de todas fuese que pocos estaban despiertos a
esas cosas”.1 En ese contexto, Spurgeon llegó a Londres y comenzó a declarar
la Palabra de Dios.
La capilla en New Park Street tenía asientos para unas 1200
personas. La mañana en que Spurgeon predicó por primera vez había quizá
entre 100 y 200 personas presentes. Dios mostró su aprobación de tal manera
a la predicación de él a la congregación, que ellos ―emocionados por lo que
oyeron― llamaron a amigos y vecinos, de modo que en la noche la congregación
era mucho mayor. Spurgeon estuvo de acuerdo en regresar en otras fechas para
predicar, y unas cuantas semanas después la iglesia le había llamado para
que fuese su pastor. El joven predicador se ofreció a estar allí por tres
meses como periodo de prueba, y llamó a la iglesia a que orase con fervor y
sinceridad. No pasó mucho tiempo hasta que el edificio estuvo repleto de
entusiastas oidores mientras Spurgeon, orando él mismo fervientemente y
disfrutando igualmente con la gente y de ellos, predicaba la soberana gracia
de Dios en Cristo Jesús, y la iglesia lo instó a que recibiera el pastorado
a tiempo completo. Spurgeon aceptó con la condición de que esa ferviente e
insistente oración continuase.
Rápidamente, rápidamente, se difundió el evangelio, y llegaron
multitudes para oír a aquel predicador poco convencional y “nada erudito”.2
Aquel muchacho de campo, que había aprendido el vigoroso y completo
calvinismo evangélico ―¡como si el verdadero calvinismo fuese cualquier otra
cosa!― de sus padres y sus abuelos, de bibliotecas de autores puritanos, y
de un viejo cocinero, pronto vio convertirse a multitudes, y vio también
cómo se difundía su fama. Como Spurgeon con frecuencia comentaba, el
calvinismo era meramente un apodo para el evangelio de Jesucristo, ¡y cómo
tenía efecto ese evangelio cuando él predicaba! Su prodigiosa capacidad
intelectual, consagrada al servicio de su Salvador y en constante
dependencia de la gracia de Dios, lo capacitó para mantener un ministerio
constantemente fresco y vigoroso. El edificio en el cual la iglesia se
reunía pronto demostró haberse quedado demasiado pequeño para albergar a las
multitudes, y hacer ampliaciones al edificio y visitas temporales a otras
salas más grandes en las cuales él pudiera predicar no proporcionaron una
respuesta definitiva. El predicador mismo, siempre consciente de la carga
espiritual de su trabajo, pronto comenzó a sentir también los efectos
físicos y emocionales. Sin embargo, fue durante aquellos primeros años en
Londres cuando Spurgeon llegó a conocer, admirar y luego amar a una joven
señorita llamada Susana Thompson. Las demandas en su tiempo y su energía no
hicieron fácil el cortejo, pero el profundo amor que los dos compartían, y
la madurez espiritual cada vez mayor de Susana, condujeron felizmente a su
matrimonio el día 8 de enero de 1856.
Mientras tanto, los trabajos de Spurgeon, cada vez más variados
y bendecidos, lo pusieron bajo la mirada, y con frecuencia bajo el
conflicto, de modo natural con el mundo, pero también ―tristemente― con
otros cristianos profesantes. Su proclamación valiente y sin tapujos de las
doctrinas de la gracia se oponían tanto a los arminianos3 como a los
hiper-calvinistas.4 Su vigor espiritual y su santa franqueza a menudo
enfurecían a aquellos que no compartían su modo de entender la Palabra de
Dios. En 1855, en parte como respuesta a sus calumniadores, Spurgeon clavó
sus posturas aún con más firmeza al mástil con la publicación de nuevo de
The 1689 Baptist Confession of Faith [La confesión de fe bautista de 1689].
Aún más importante, él quería proporcionar a las personas a las que
predicaba una clara afirmación de la fe una vez dada a los santos. Spurgeon
se mantuvo firmemente en la corriente del cristianismo bíblico histórico,
tal como se manifestó entre sus antepasados bautistas particulares. Al
presentar el volumen a la iglesia, Spurgeon escribió: “Este antiguo volumen
es el más excelente epítome de las cosas más ciertamente creídas entre
nosotros. Por la mano preservadora del trino Jehová hemos sido mantenidos
fieles a los importantes puntos de nuestro glorioso evangelio, y nos
sentimos más resueltos perpetuamente a vivir por ellos. Este pequeño volumen
no se publica como una norma autoritativa, o código de fe, mediante el cual
han de estar encadenados, sino como una ayuda para ustedes en la
controversia, una confirmación en la fe, y un medio de edificación en
justicia. Aquí, los miembros más jóvenes de nuestra iglesia tendrán un
“cuerpo de divinidad” en una pequeña brújula, y por medio de las pruebas de
la Escritura estarán preparados para dar razón de la esperanza que hay en
ellos”. En el mismo año comenzó la publicación regular de un sermón semanal,
y pronto se reunieron en recopilaciones anuales, continuando a lo largo de
la vida de Spurgeon y ―agotando sermones no publicados― después de su
muerte, de modo que actualmente hay 63 de esos volúmenes de sermones en
existencia.
Hubo otros particulares asaltos y pruebas. Al negarle el uso de
Exeter Hall (donde él había predicado con frecuencia debido al
abarrotamiento en New Park Street), se comprometió a predicar en Surrey
Gardens Music Hall, donde hasta 10 000 personas bien podían reunirse para
escucharlo. El primer servicio debía celebrarse el día del Señor, 19 de
octubre de 1856, poco después de que los Spurgeon se hubieran mudado de casa
y se hubieran convertido en los felices padres de dos gemelos: Charles y
Thomas. Sin embargo, poco después de que comenzara el servicio, una serie de
voces a gritos previamente concertadas (afirmación de que había un incendio,
galerías que cayeron, y un colapso general del edificio) provocaron un
terrorífico pánico, y en la siguiente aglomeración de la gente hacia las
salidas murieron siete personas, y casi treinta fueron hospitalizadas,
algunas en estado grave. Spurgeon fue públicamente vilipendiado por muchos.
Los diáconos de la iglesia protegieron a su sensible pastor del trauma del
evento tanto como pudieron, pero el alma de él quedó rota por la tragedia, y
pasó cierto tiempo hasta que el Señor se agradó en restablecer su salud y
fortaleza usuales.
A pesar de aquel aterrador acontecimiento, Spurgeon finalmente
volvió a predicar a Surrey Gardens, normalmente las mañanas del Día del
Señor, y Dios misericordiosamente bendijo su ministerio. Multitudes hacían
creíbles profesiones de fe, la iglesia en New Park Street crecía tanto en
número como en la gracia y el conocimiento de Cristo, y varios creyentes y
otras iglesias disfrutaron un avivamiento de verdadera religión. Durante ese
periodo, se pusieron en marcha planes para la construcción de un edificio lo
bastante grande para albergar regularmente a una congregación del tipo que
acostumbraba a oír al Sr. Spurgeon. Por tanto, se construyó el Tabernáculo
Metropolitano, que podía albergar a unos 6000 oyentes (aunque no estaba
diseñado para tantos). Las labores para inaugurar el edificio estando libre
de deudas fueron prodigiosas. La primera reunión en el edificio aún sin
terminar tuvo lugar el 21 de agosto de 1860, y el primer servicio en domingo
fue el 31 de marzo de 1861, como parte de dos semanas de celebraciones de la
bondad y la misericordia de Dios. Se predicaron “los cinco puntos del
calvinismo” como parte de aquellos servicios de inauguración. En esos
primeros meses muchos testificaron de su fe bautizándose, y fueron añadidos
a la iglesia a medida que Dios continuó respaldando las labores de su
siervo. Las primeras palabras formales de Spurgeon en el nuevo edificio
fueron las siguientes: “Yo propondría que el tema del ministerio en esta
casa, mientras esta plataforma permanezca en pie, y mientras esta casa sea
frecuentada por adoradores, sea la persona de Jesucristo. Nunca me
avergüenzo de admitir que soy calvinista; no vacilo en tomar el nombre de
bautista; pero si me preguntan cuál es mi credo, respondo: ‘es Jesucristo’.
Mi venerado predecesor, el Dr. Gill, ha dejado un núcleo de teología
admirable y excelente en su manera; pero el núcleo de teología al cual yo me
uniría y me ataría para siempre, con la ayuda de Dios, no es su sistema, ni
cualquier otro tratado humano, sino Jesucristo, quien es la suma y la
sustancia del evangelio, quien es en sí mismo toda la teología, la
encarnación de cada verdad preciosa, la gloriosa encarnación personal del
camino, la verdad y la vida”.
Esos masivos esfuerzos no fueron la suma de las labores del Sr.
Spurgeon. Juntamente con su predicación y el pastoreo del rebaño se
desarrollaron otras empresas. Una de las más significativas fue el Pastor´s
College. Esta “escuela de los profetas” era muy querida por el corazón de
Spurgeon. Comenzó alrededor del año 1855, cuando un joven que se había
convertido bajo el ministerio de Spurgeon comenzó a pasar unas cuantas horas
con el Sr. Spurgeon cada semana con la perspectiva de prepararse para el
ministerio. En aquellos primeros años, varios jóvenes entregados y con celo
captaron su atención, y pronto ―formados por el Dios Trino y mediante el
cuidado basado en fuertes Rápidamente, rápidamente, se difundió el evangelio, y llegaron
principios y la instrucción de su siervo― salieron
a predicar el evangelio. Algunos de los sermones semanales de Spurgeon a los
estudiantes fueron publicados con el título Sermones a mis estudiantes, un
excelente libro de texto de teología pastoral. Además, en 1865 comenzó una
revista titulada The Sword and the Trowel: A Record of combat with sin and
labour for the Lord [La espada y la cuchara de albañil: un registro del
combate contra el pecado y la labor por el Señor]. Spurgeon publicó libros,
un volumen de lecturas diarias, un himnario utilizado por la iglesia en el
Tabernáculo, y comenzó a trabajar en un comentario masivo y profundo sobre
los Salmos titulado The Treasury of David [El tesoro de David]. Se dio
comienzo a una organización para la distribución de buenos libros, con
hombres de inquebrantable carácter y cálidos corazones que difundían el
evangelio con palabras y con páginas por todo el país. Había casas de
beneficencia para viudas; se construyó un orfanato para muchachos, y después
otro para muchachas. Las convicciones de Spurgeon lo movieron para trabajar
para el bien de los cuerpos de hombres, mujeres y niños, a la vez que no
perdía nunca de vista el perdurable valor de ganar sus almas. El Tabernáculo
Metropolitano era un constante hervidero de buena actividad, abierto todo el
día, todos los días. Después de 25 años en Londres, el secretario tenía una
lista de unas 66 instituciones que Spurgeon presidía, todas ellas mantenidas
por las fieles donaciones y el dispuesto trabajo del pueblo del Señor.
Durante este periodo de crecimiento sostenido y un masivo gasto
de esfuerzos, la salud de la Sra. Spurgeon empeoró drásticamente, dejándola
considerablemente inválida. Al mismo tiempo, la salud de Spurgeon comenzó a
resentirse; era propenso a la depresión, combinada con una grave gota,
enfermedad que también contribuyó hasta cierto grado a su depresión. Para
tener un poco de alivio, Spurgeon finalmente hizo un viaje por Europa en
compañía de su amigo y editor, Joseph Passmore, y descubrió un lugar llamado
Mentone en el sur de Francia al cual regresaría regularmente casi cada
invierno en un intento por dosificar sus fuerzas.
A medida que pasaron los años, y Spurgeon continuaba madurando
como predicador, la membresía del Tabernáculo sobrepasó las 5000 personas.
Cuando su salud se lo permitía, Spurgeon predicaba fielmente a la iglesia
que se reunía en el centro de Londres, al igual que se hacía cargo de
numerosas predicaciones y otras responsabilidades durante la semana. A pesar
de las muchas pruebas normales de la vida y el trabajo como cristiano en el
mundo, junto con las presiones profundamente atípicas que él afrontaba por
causa de sus peculiares dones y llamado, Spurgeon disfrutaba de la abundante
bendición del Señor y de la dulce comunión con muchos de los hijos de Dios.
Pero no deberíamos imaginar que Spurgeon era alguien genial
desde el púlpito. Como ya hemos visto, su doctrina y su práctica como
calvinista bautista le hizo muchos enemigos, y él aparecía sin temor
aferrándose a la verdad una vez dada a todos los santos. Eso significaba
que, en ocasiones, él debía entrar en combate, o bien para defender esa
verdad, o bien para atacar errores particulares. De hecho, una de sus
primeras composiciones ―mientras aún era adolescente y no se había
convertido― fue un extenso ensayo titulado Antichrist and her Brood; or
Popery Unmasked [El Anticristo y su simiente; o el papismo desenmascarado].
Sus primeras incursiones en Londres por la verdad fueron muy anteriores
incluso a La espada y la cuchara de albañil. Mientras Spurgeon seguía
predicando en New Park Street, se publicó un librito titulado The Rivulet
[El riachuelo], con la intención de ser un himnario para la adoración
cristiana. Spurgeon finalmente hizo pública su opinión, en la cual reconocía
la calidad poética de la obra, pero pronunció una andanada contra su
teología, que era deísta ―encontrando más de Dios en la naturaleza que en
cualquier otro lugar― y carecía de cualquier cosa que fuese distintivamente
cristiana. Al final de su reseña, el Sr. Spurgeon advertía: “Pronto
tendremos que manejar la verdad no con guantes de niño, sino con
guanteletes: los guanteletes de la valentía santa y la integridad. Sigan
adelante, guerreros de la Cruz, porque el Rey va delante de ustedes”.5
Cuatro años después, en 1860, un ministro llamado J. B. Brown
publicó The Divine Life in Man [La vida divina en el hombre]. Spurgeon fue
uno de los siete destacados predicadores bautistas que publicaron una carta
expresando su temor a que la obra contuviese “pernicioso error […]
subversivo del evangelio”, advirtiendo a los jóvenes ministros contra “ese
estilo de predicación que, bajo la pretenciosa afectación de ser
intelectual, se avergüenza de las antiguas y vulgares doctrinas de […] ese
esquema de dogmática verdad cristiana la cual se conoce popularmente bajo la
designación de ‘las doctrinas de la gracia’”. Spurgeon continuó defendiendo
la verdad desde el púlpito y por escrito.
En 1864 Spurgeon, una vez más, plantó cara a la defensa, esta
vez al predicar un sermón titulado “Regeneración bautismal”. Él advirtió a
sus editores de antemano que estaba dando un concienzudo paso que dañaría
las ventas. A pesar de su estima por los anglicanos evangélicos, que estaban
conteniendo la invasión del catolicismo romano en la Iglesia de Inglaterra,
él sentía que la práctica del bautismo de bebés contradecía efectivamente la
doctrina de la justificación por la fe, siendo entendida popularmente como
que realmente efectuaba la regeneración. Él acusó enérgicamente al clero
evangélico de infidelidad, pero sin tener malicia alguna contra ellos. A la
vez que reconocían que él hablaba con convicción, muchos de sus amigos se
distanciaron de él como resultado de aquellas palabras. Por cierto, las
ventas de sus sermones y de sus libros aumentaron.
Algunas de aquellas controversias fueron las primeras salidas en
la extensa batalla que finalmente le costaría a Spurgeon su vida misma.
Durante los años de 1860 Spurgeon habló con entusiasta anticipación de la
bendición que esperaba a los bautistas, pero precisamente en aquella época
un nuevo enfoque de la Biblia se estaba enseñando en muchos lugares, llamado
crítica elevada, o “la nueva teología”, como se conocía en la práctica. Esas
convicciones ―o la carencia de ellas, porque era esencialmente un
liberalismo teológico que tendía a socavar y finalmente negar las realidades
centrales de la verdad del evangelio y, por tanto, a fortalecer la fe y la
vida cristiana― se abrieron paso cada vez más hacia las iglesias, y pronto
estaban infectando a ministros en la Unión Bautista, una asociación de
iglesias del condado a la cual pertenecía el Tabernáculo Metropolitano (en
común con cientos de otras congregaciones). Spurgeon correspondió y se
reunió con oficiales de la Unión Bautista en cuanto al número de hombres que
habían adoptado esa heterodoxia, e instó a la adopción de una declaración de
fe fuertemente evangélica, estando condicionada la membresía a la Unión a la
aceptación de esa declaración. Esa sugerencia fue votada, mostrando el grado
hasta el cual el error ya se había infiltrado, y la ceguera de hombres de
buena intención que querían mantener una así denominada libertad de
conciencia que no requería ninguna otra cosa sino que el hombre aceptase el
bautismo por inmersión, permitiéndole efectivamente mantener otras creencias
según su capricho. La tensión se elevó, y la tormenta surgió en el año 1887.
Durante este año, Spurgeon publicó y aprobó incondicionalmente
dos artículos en La espada y la cuchara de albañil titulados “La cuesta
abajo”, escritos por Robert Shindler, un pastor bautista e íntimo asociado
de Spurgeon. La así denominada controversia de la cuesta abajo había
comenzado. En agosto de 1887 Spurgeon entró personalmente en las listas con
“Otras palabras en cuanto a la cuesta abajo”: “Ahora se convierte en una
seria cuestión hasta qué punto quienes permanecen por la fe una vez dada a
los santos deberían confraternizar con quienes se han desviado hacia otro
evangelio. El amor cristiano tiene sus demandas, y deben evitarse las
divisiones como graves males; ¿pero hasta qué punto tenemos justificación de
estar en confederación con quienes se están apartando de la verdad? Es una
pregunta difícil de responder para mantener el equilibrio de las
obligaciones”.
Esos artículos sacaron a la luz las falsedades doctrinales que
se estaban propagando, y la monotonía y falta de vida espiritual que
invariablemente seguía después. Se escribieron otros artículos: hubo una
“Respuesta a diversas críticas”, luego “El caso demostrado”, y después de
ese “Un fragmento sobre la controversia de la cuesta abajo”. Spurgeon
tristemente llegó a la conclusión de que no podía seguir en unión con ese
tipo de personas que estaban en error. En octubre de 1887 escribió: “No
puede esperarse de nosotros que estemos en ninguna Unión que englobe a
aquellos cuya enseñanza es, en puntos fundamentales, exactamente contraria a
lo que nosotros atesoramos […]. Nos parece que hay muchas cosas en las
cuales es posible ceder, pero hay otras en las que sería un acto de traición
fingir tener comunión”.6
Él presentó aquel mismo mes su renuncia a la Unión
Bautista por la apostasía que había en sus filas: “La comunión con el error
conocido y vital es participación en el pecado”.7 Tenía 53 años de edad. Él
dio ese paso de manera independiente, pero el Tabernáculo Metropolitano
siguió a su querido pastor. Él no hizo esfuerzo alguno por formar una nueva
asociación, sino que se quedó al margen y esperó el resultado, creyendo que
los artículos en la revista proporcionaban evidencia y razonamiento
suficientes para que hombres y mujeres llegaran a sus propias conclusiones
justas. En noviembre de 1887 Spurgeon declaró públicamente: “Nos retiramos
de inmediato y definitivamente de la Unión Bautista. Las iglesias bautistas
son cada una de ellas autónomas e independientes. La Unión Bautista es
solamente una asociación voluntaria de tales iglesias, y es un sencillo
asunto el que una iglesia o un individuo se retire de ella. La Unión, tal
como está al presente constituida, no tiene capacidad disciplinaria, porque
no tiene base doctrinal alguna, y no vemos razón para que cualquier forma de
creencia y de mala creencia no debiera estar comprendida en ella mientras
solamente la inmersión sea reconocida como bautismo. No hay caso alguno en
culpar a la Unión de albergar errores del tipo más extremo, porque, hasta
donde podemos ver, no tiene capacidad para ayudarse a sí misma, aunque
deseara hacerlo. Quienes originalmente la fundaron, lo hicieron “desordenada
y vacía”, y así debe seguir”.
Como respuesta a las sugerencias de que él estableciera una
nueva denominación, Spurgeon respondió: “No es necesario el recurso entre
iglesias que son, cada una de ellas, gobernadas por sí mismas y autónomas:
tales iglesias pueden encontrar sus propias afinidades sin dificultad, y
pueden mantener sus propias costas limpias de invasores. Ya que cada barca
está en condiciones de navegar por sí misma, que las sogas que entorpecen
sean cortadas, y que no se establezcan más líneas de comunicación hasta que
sepamos que estamos junto a un amigo que navega bajo la misma gloriosa
bandera. En el aislamiento de la independencia, templada por el amor del
Espíritu que nos une a todos los fieles en Cristo Jesús, creemos que quienes
aman el evangelio encontrarán en el presente su seguridad inmediata”.8 Oh,
que llegase el día en que, en una comunión mayor de la que ninguna secta
puede ofrecer, todos aquellos que son uno en Cristo ¡puedan ser capaces de
mezclarse en manifiesta unidad! Esto solamente puede producirse por medio de
una vida espiritual que crece, una mayor claridad sobre la única verdad
eterna, y un asimiento más cercano en todas las cosas a Aquel que es la
Cabeza: Cristo Jesús”.9
Spurgeon era atacado por todos los frentes. Al haber sido el
instrumento, bajo Dios, de tanta bendición para tantas personas dentro de
los bautistas y de otros círculos, ahora se encontraba, hasta cierto grado,
aislado. Cuando la Unión Bautista se reunió para celebrar su asamblea
nacional, tuvieron que tratar sus acusaciones de apostasía. La evidencia que
Spurgeon había recibido de la Unión misma en cuanto a la naturaleza y la
extensión del problema estuvo pensada por aquellos que la habían enviado
como un asunto “en confianza” y, por tanto, las acusaciones de Spurgeon
parecían no tener causa. En abril de 1888 la Unión Bautista se reunió en
conferencia. Se presentó una resolución como un intento de guardar las
apariencias: utilizaba lenguaje evangélico pero estaba redactado con todo
cuidado para evitar la hostilidad hacia la Nueva Teología. El propio hermano
de Spurgeon ―aparentemente ciego a lo que estaba en juego― secundó la
moción, bajo la idea errónea de que haría avanzar la causa evangélica.
Cuando se pasó a votar, solamente siete hombres votaron en contra de la
resolución; 2000 la apoyaron. Hay que admitir que algunos de quienes votaron
a favor de la moción parecían creer que estaban al lado de Spurgeon, pero el
voto fue pregonado como un desaire y un valiente rechazo de la postura del
gran predicador. La Unión Bautista continuó su declive; pronto se unió con
los bautistas generales (es decir, los arminianos), y rápidamente perdió su
peculiaridad y eficacia en el evangelio.
Durante todo aquello, la Sra. Spurgeon seguía teniendo graves
problemas de salud, y la presión del combate, junto con sus otras
preocupaciones y labores, erosionaron aún más la propia fortaleza de
Spurgeon. Entre los episodios más dolorosos para su corazón estuvo una
rebelión entre los hombres formados en el Pastor´s College, ofendidos por la
firme postura de Spurgeon contra la herejía. Él se vio obligado a disolver
la Conferencia regular y formar una nueva reunión.
Se demostró que Spurgeon tenía razón: el rápido resultado de
este fracaso a la hora de defender la fe dada una vez por siempre a los
santos fue de así denominados ministros del evangelio que no creían en la
Biblia como la Palabra de Dios inspirada e infalible, no creían que los
hombres eran pecadores, no creían en Jesús Dios-hombre y único mediador
entre Dios y los hombres, no creían en su sacrificio expiatorio, en las
operaciones del Espíritu de Dios, y no creían ni en el cielo ni en el
infierno. En pocas palabras, abandonaron la verdad que, bajo Dios, da vida a
los pecadores muertos en sus pecados. El resultado fue rápido y
desalentador: iglesias que morían de manera angustiosa, y Cristo y su
evangelio eran pisoteados.
Entristecido por ese asalto a su Salvador y a la verdad tal como
es en Jesús, la salud de Spurgeon empeoró con rapidez. Su sensible alma fue
profundamente marcada: él aborrecía el conflicto, pero luchó porque no
quería ver a Cristo deshonrado, y luchó hasta la muerte. Al hablar a alumnos
del College sobre el poder del predicador, subrayó: “recortar [el evangelio]
ahora, y degradar la doctrina ahora, afectará a niños aún no nacidos,
generación tras generación. Debe pensarse en la posteridad. Yo no miro tanto
lo que vaya a suceder en el presente, porque estas cosas se relacionan con
la eternidad. Por mi parte, estoy bastante dispuesto a que me coman los
perros durante los próximos cincuenta años; pero el futuro más distante me
reivindicará. Me he conducido honestamente delante del Dios viviente.
Hermanos míos, hagan ustedes lo mismo”.10
En julio de 1888 él estaba tan enfermo que no podía ni siquiera
escribir. No fue sino hasta el mes de diciembre cuando estuvo lo bastante
bien para emprender viaje a Mentone y pasar allí un periodo de recuperación.
Al final del año, aún batallando con la gota, tuvo una mala caída en
Mentone, y no regresó a Londres hasta febrero de 1889. Trató de trabajar
tanto como siempre aquel año, pero en el mes de noviembre tuvo que luchar de
nuevo contra el dolor, dirigiéndose a Mentone. Hacia la primavera de 1890
regresó otra vez a Londres, aún enfrentándose a asaltos por su postura en la
controversia de la cuesta abajo. Siguió otro invierno en Mentone, y a
principios de 1891 parecía haberse recuperado un poco; sin embargo, las
continuas demandas de la guerra espiritual demostraron ser demasiado. Él era
consciente de la batalla y de su costo. En marzo de 1891 un predicador del
College llamado E. H. Ellis partió para Australia. Spurgeon se despidió de
él con estas palabras: “Adiós, Ellis; nunca volverás a verme, pues esta
lucha me está matando”.11 Fue solamente un mes después cuando la enfermedad
final comenzó. Cuando llegó el verano, Spurgeon se vio obligado a retirarse
del púlpito de inmediato por lo que él denominó “fortísimo nerviosismo”.
Predicó durante varias semanas más, sin embargo, culminando con
un sermón el domingo, 7 de junio de 1891. Al día siguiente emprendió viaje
para volver a visitar Stambourne, escenario de felices recuerdos de la
niñez, pero regresó después de pocos días, y estuvo totalmente carente de
salud aproximadamente tres meses más desde entonces. En octubre se había
recuperado lo suficiente para intentar el viaje a Mentone, y partió el día
26 acompañado por primera vez de su querida esposa, Susana, cuyos propios
problemas de salud siempre habían evitado que fuese en otras ocasiones.
Spurgeon se recuperó un poco, pero el fin se acercaba. Su último acto de
servicio público a Cristo fue anunciar el himno que ponía fin a un tiempo de
adoración el 17 de enero de 1892: era la paráfrasis de Anne Ross Cousins de
las palabras de Samuel Rutherford:
Las arenas del tiempo están cediendo, rompe el amanecer del cielo […] Y, gloria, gloria mora en la tierra de Emmanuel.
Hacia el final del mes ya no era capaz de hablar. Al llegar el
día 28 su salud había degenerado hasta el punto de la completa
inconsciencia. El santo partió para estar con su Salvador la noche del
domingo, 31 de enero de 1892. Su batalla había terminado, y entró en el gozo
de su Señor.
El ataúd de madera de olivo de Spurgeon emprendió su lento viaje
de regreso a Londres, llegando el lunes, 8 de febrero. Varios miles de
personas dolientes llegaron para presentarle sus respetos. Fueron necesarias
cinco exequias por separado para diferentes clases de personas para acomodar
a todos los que deseaban asistir. Las exequias finales tuvieron lugar el
jueves, 11 de febrero, concluyendo con uno de los himnos favoritos del Sr.
Spurgeon:
¡Para siempre con el Señor! Amén, así sea.
Un viaje de ocho kilómetros al cementerio de Norwood siguió a la
emotiva bendición, con miles de personas alineadas en las calles y
reuniéndose para el entierro. El arzobispo Brown pronunció las palabras
finales de esperanza, dando a su querido amigo y hermano las “buenas noches”
en lugar de un “adiós”: “Campeón de Dios, tu batalla larga y noblemente
peleada, despreciativamente llamada “la última de los puritanos”. Si las
cualidades bosquejadas anteriormente ―la fe y la vida de un hombre cuya
existencia estuvo estrechamente ligada a, en y con Cristo, y Él crucificado―
son puritanismo, ¡entonces debería ser nuestra más sincera determinación que
estas palabras demostraran ser falsas! Spurgeon en una ocasión avivó a sus
colegas ministros de esta manera: “Hermanos, no ajustaremos nuestra Biblia a
la época; sino que antes de haber terminado, por la gracia de Dios,
ajustaremos la época a la Biblia”.12 Nuestra época es una en la cual muchos,
tanto dentro como fuera de la iglesia profesante de Jesucristo, están
inclinando todas sus capacidades para ajustar la Biblia a la época, para
hacer aceptable la fe una vez por siempre dada a los santos a las mentes
caídas y los corazones carnales de los impíos. Si seguimos a Cristo, también
nosotros debemos plantar la bandera de nuestro Salvador en la tierra de la
Escritura, y ―viviendo o muriendo― estar firmes y avanzar, tal como nos
capacita la gracia de Dios, la causa de Cristo. Si la lucha nos mata,
entonces morimos, habiendo vivido, honrando a Cristo según la gracia que
está en nosotros”. El testimonio de Spurgeon y su desafío aún nos siguen
llamando: “Me he conducido honestamente delante del Dios viviente. Hermanos
míos, hagan ustedes lo mismo”.
Jeremy Walker
- Iain Murray, The Forgotten Spurgeon, p. 21.
- Spurgeon nunca recibió ninguna formación ministerial formal, pero fue un ávido erudito toda su vida.
- En resumen, y en este contexto, quienes creen que un hombre puede contribuir a su propia salvación antes de su regeneración.
- En resumen, y en este contexto, quienes creen que la gracia soberana de Dios significa que nadie debería ser instado a poner su fe en Cristo.
- C. H. Spurgeon, Autobiografía, 2:268.
- La espada y la cuchara de albañil, octubre de 1887.
- La espada y la cuchara de albañil, noviembre de 1887.
- Observemos que el Sr. Spurgeon no está defendiendo un aislamiento completo, aunque sugiere que es la mejor medida temporal; notemos que sus posteriores comentarios muestran su deseo de una unidad cristiana más profunda y más amplia. Más bien, parece claro que ―aun en ausencia de vínculos formales de asociación― Spurgeon ve una cercana comunión entre iglesias independientes de la misma mentalidad como lo ideal (y, para este escritor, la norma bíblica).
- La espada y la cuchara de albañil, noviembre de 1887.
- C. H. Spurgeon, “The Preacher´s Power, and the Conditions of
Obtaining it” [El poder del predicador, y las condiciones para obtenerlo],
en An All-round Ministry, pp. 361-2.
- Autobiografía, 3:152.
- C. H. Spurgeon, “The Preacher´s Power, and the Conditions of
Obtaining it” [El poder del predicador, y las condiciones para obtenerlo],
en An All-round Ministry, pp. 318.
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