Familia

Las consecuencias de la ociosidad

John S. C. Abbott

Muchas personas jóvenes parecen pensar que no tiene muchas consecuencias el que ellos no aprovechen bien su tiempo en la juventud, porque podrán recuperarlo mediante la diligencia cuando sean más mayores. Creen que es deshonroso que los hombres y las mujeres sean ociosos, pero que no hay ningún daño en que las personas que son jóvenes empleen su tiempo de cualquier manera que quieran.

George Jones pensaba así. Tenía doce años de edad, y fue a una academia para prepararse para entrar en la Facultad. Su padre gastaba muchísimo dinero comprando libros y ropa para él, y pagando su enseñanza, pero George era perezoso.

El preceptor de la academia con frecuencia le decía que si no estudiaba con diligencia al ser joven, nunca tendría éxito; pero George no pensaba en otra cosa sino en el placer del presente. Con frecuencia iba a la escuela sin haberse preparado para su lección de la mañana; y cuando se le decía que recitara con su clase, él tartamudeaba y cometía tan graves errores que el resto de su clase no podía evitar reírse de él. Él era uno de los peores estudiantes en la escuela, porque era uno de los más ociosos.

Cuando llegaba el tiempo de recreo, y todos los muchachos salían corriendo de la academia hasta el patio, el ocioso George salía con un rostro mustio. En lugar de estudiar con diligencia cuando estaba en la escuela, era indolente y estaba medio dormido. Cuando llegaba el momento adecuado para los juegos, él no disfrutaba de ello.

…Así, él era infeliz en la escuela y fuera de la escuela. No hay nada que haga a las personas disfrutar tanto del juego como el mucho estudio. Cuando terminaba el tiempo de recreo, y el resto de los muchachos regresaban con frescura y vigor a sus estudios, se podía ver a George llegar hasta su asiento rezagado y con cara mustia.

Algunas veces se quedaba dormido en la escuela, otras veces empleaba su tiempo cazando moscas y encerrándolas en pequeños agujeros que hacía en su asiento; y otras veces, cuando el maestro estaba de espaldas a la clase, él lanzaba bolas de papel de un lado a otro del salón.

Cuando se le indicaba a la clase que recitara, George seguía rezagado, con un aspecto tan infeliz y avergonzado como si nos fueran a azotar. El resto de la clase comenzaba a recitar con prontitud, y todos parecían felices y contentos. Cuando le llegaba el turno de recitar a George, tardaba tanto y cometía tantos errores, que todos deseaban sinceramente que él no estuviera en la clase.

Al fin, George fue con su clase para pasar a la Facultad. Aunque hizo unos exámenes bastante malos, fue admitido junto con el resto, porque quienes lo examinaron pensaron que quizá fuera posible que la razón por la cual él no había respondido mejor a las preguntas se debiera a que estaba asustado. Entonces llegaron los malos momentos para George. En la Facultad no se muestra mucha misericordia a los malos estudiantes; y George había abandonado sus estudios durante tanto tiempo que entonces no podía seguir el ritmo de su clase, aunque lo intentara con fuerza.

Con muchas dificultades, él pudo seguir adelante en la academia, donde solamente dos o tres muchachos de su propia clase se reían de él; pero ahora tenía que entrar en un salón grande para recitar, lleno de estudiantes de todas las partes del país. En presencia de todas aquellas personas él debía levantarse y recitar ante el profesor.

¡Pobre muchacho! Pagó muy cara su ociosidad. Hubieras sentido lástima de él si pudieras haberlo visto temblar en su asiento, esperando cada instante que le dijeran que recitara. Y cuando le decían que lo hiciera, él se ponía en pie y hacía lo que la clase llamaba un tiempo muerto; es decir, que no recitaba nada en absoluto.

Algunas veces cometía unos errores tan absurdos que toda la clase se echaba a reír. Tales son los aplausos que obtienen los ociosos. Él era un infeliz, desde luego. Había sido perezoso durante tanto tiempo, que apenas sabía cómo aplicar su mente al estudio. Todos los buenos estudiantes lo evitaban; se sentían avergonzados de que les vieran en compañía de él. Él comenzó a desanimarse, y gradualmente llegó a ser un degenerado.

La dirección de la Facultad poco después se vio obligada a expulsarlo temporalmente. Él regresó después de unos meses, pero no mejoró; y se le aconsejó a su padre que lo sacara de la Facultad. Él la abandonó, despreciado por todos. Hace unos meses me encontré con él en Nueva York: un pobre vagabundo sin dinero ni amigos. Tal es la paga de la ociosidad. Espero que todos los lectores queden advertidos con esta historia, y “graben el progreso en las alas del tiempo”.

Esta historia de George Jones, que es una historia verdadera, muestra lo pecaminoso y ruinoso que es ser perezoso…Pero al haberte relatado una historia que muestra los tristes efectos de la indolencia, ahora te presentaré otra más agradable, que muestra las recompensas de la diligencia.

Las ventajas de la diligencia

Te relaté la historia de George Jones, un muchacho perezoso, y te mostré las consecuencias de su ociosidad. Ahora te relataré la historia de Charles Bullard, un compañero de clase de George.

Charles tenía aproximadamente la misma edad que George, y no poseía talentos naturales superiores. Además, dudo que fuera igual que él en cuanto a facultades mentales naturales. Pero Charles era un estudiante aplicado.

Cuando era bastante joven, siempre se ocupaba de ser diligente en la escuela. Algunas veces, cuando había alguna lección muy difícil, en lugar de salir a jugar en los tiempos de recreo, se quedaba dentro para estudiar.

Había decidido que su primer objetivo debería ser aprender bien su lección, y luego podría jugar con una conciencia tranquila. A él le encantaba jugar tanto como a cualquiera, y era uno de los mejores jugadores; casi nunca vi a nadie agarrar una pelota mejor de lo que él lo hacía. Cuando se jugaba cualquier partido, todos estaban contentos de tener a Charles en su equipo.

He dicho ya que Charles algunas veces se quedaba en la clase durante el recreo; sin embargo, eso sucedía con poca frecuencia, solamente cuando la lección era muy difícil. En general, él era de los primeros en salir al patio, y también estaba entre los primeros en entrar a la escuela cuando el recreo terminaba.

El mucho estudio le daba el disfrute del juego, y el juego también le daba el disfrute del mucho estudio; por tanto, él era feliz en la escuela y fuera de la escuela. El preceptor no podía evitar sentir simpatía por él, porque él siempre se aprendía bien sus lecciones y nunca causaba ningún problema.

Cuando iba a entrar en la Facultad, el preceptor le dio una buena recomendación. Pudo responder a todas las preguntas que le hicieron cuando le examinaron. Había estudiado tan bien cuando estaba en la academia, y estaba tan bien preparado para la Facultad, que le resultó muy fácil seguir el ritmo de su clase, y tenía mucho tiempo para leer libros interesantes.

Pero él siempre se aprendía bien su lección antes de hacer ninguna otra cosa, y la repasaba antes de tener que recitarla. Cuando se le decía que recitara, se levantaba con tranquilidad y felicidad, y muy raras veces cometía un error. La dirección de la Facultad tenía una buena opinión de él, y era respetado por todos los estudiantes.

En la Facultad había una sociedad compuesta por todos los mejores estudiantes, y Charles fue escogido como miembro de esa sociedad. La costumbre era escoger a uno de los miembros de la sociedad para dar un discurso en público cada año: Ese honor se le otorgó a Charles; y él había estudiado tan diligentemente, y había leído tanto, que dio un discurso que resultó muy interesante para todos los que lo escucharon.

Al final se graduó; es decir, finalizó su curso y recibió su licenciatura. Era sabido por todos que él era un buen alumno, y era respetado por todos. Su padre y su madre, sus hermanos y hermanas, asistieron a la ceremonia de graduación para oírlo hablar.

Todos se sintieron gratificados y amaron a Charles más que nunca. Se abrieron para él muchas situaciones de utilidad y beneficio, porque Charles era ya un hombre, inteligente y universalmente respetado. Ahora es un hombre útil y feliz; tiene un alegre hogar, y todos los que le conocen le estiman.

Tales son las recompensas de la diligencia. ¡Qué extraño es que cualquier persona esté dispuesta a vivir ociosamente cuando, sin duda alguna, eso le hará infeliz! El muchacho ocioso es, casi invariablemente, pobre y desgraciado; el muchacho diligente es universalmente feliz y próspero.

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