Familia

La única manera de hacer amigos

John S.C. Abbott

Ninguna persona puede ser feliz sin tener amigos. El corazón está formado para el amor, y no puede ser feliz sin la oportunidad de dar y recibir afecto.

Pero no puedes recibir afecto a menos que también lo des tú. No puedes experimentar el amor de otros a menos que tú también los ames. El amor solamente se obtiene dando amor a cambio. De ahí la importancia de cultivar una disposición alegre y atenta, pues no puedes ser feliz sin ella.

Supongamos que algún día estás en la calle con tus amigos jugando a la pelota. Después de haber estado jugando algún tiempo, llega otro muchacho. A él no le puede escoger ninguno de los equipos, porque no hay ningún otro muchacho para que los equipos queden igualados.

–Henry–dices tú–, puedes ocupar mi lugar durante un rato y yo descansaré.

Te tumbas sobre la hierba mientras Henry, que está fresco y vigoroso, ocupa tu lugar y participa en el juego. Él sabe que tú lo hiciste para hacerle un favor, ¿y cómo evitará que tú le caigas bien por ello? El hecho es que ni hombre ni niño pueden cultivar tal espíritu de generosidad y bondad sin atraer afecto y estima.

Mira y comprueba quiénes de tus compañeros tienen más amigos, y descubrirás que son aquellos que tienen este noble espíritu: Quienes están dispuestos a negarse a sí mismos para poder hacer felices a sus compañeros. Esto no es algo peculiar solamente de la niñez, sino que es lo mismo en todos los períodos de la vida. Hay una sola manera de hacer amigos, y es siendo amigable con los demás.

Quizá algún niño que lea esto sea consciente de no caer bien a los demás y, sin embargo, desea tener el afecto de sus compañeros. Puedes preguntarme qué hacer, y yo te lo diré. Te daré una receta infalible. Haz todo lo que puedas por hacer felices a otros. Está dispuesto a sacrificar tu propia comodidad y provecho para poder fomentar la felicidad de otros. Esta es la manera de hacer amigos, y es la única manera.

Cuando estés jugando con tus hermanos y hermanas en tu casa, debes estar siempre preparado para darles más que su parte de privilegios. Manifiesta una disposición atenta, y ellos no podrán sino considerarte con afecto. En todas tus relaciones con otros, ya sea en tu casa o fuera, permite que esos sentimientos te influyan, y recibirás la rica recompensa de tener amigos leales.

El ejercicio mismo de esos sentimientos produce alegría. El hombre benevolente es un hombre alegre. Su familia es feliz, y su hogar es la morada del más puro gozo terrenal. Vale la pena cultivar esos sentimientos, porque traen con ellos su propia recompensa. La benevolencia es el espíritu del cielo. El egoísmo es el espíritu del diablo.

Pero las personas que tienen una ferviente disposición con frecuencia encuentran muy difícil negarse a sí mismas. Algún pequeño suceso los irrita, y hablan apresuradamente y con enojo. Si un compañero los ofende, harán cosas para causar dolor en lugar de alegría.

Debes tener tu temperamento bajo control si quieres ejercitar una disposición amigable. Un mal temperamento es una enfermedad que, si no se refrena, empeorará cada vez más.

No hay nada más común que un niño destruya su propia paz, y que continuamente haga infelices a sus hermanos y hermanas al consentir un espíritu malhumorado e irritable. Nada es más común para un niño que abrigar esta disposición hasta que se convierte en un hombre y, entonces, por su malhumor y su manía de criticar, destruye la felicidad de todos los que están cerca de él. Su hogar es el escenario de la discordia, y su familia es infeliz y desgraciada.

Una disposición afable hace feliz a quien la posee. Y si tú quieres tener esa disposición, debes aprender a controlarte a ti mismo. Si otros te hacen daño, entonces sigue la regla del Evangelio, y hazles bien a cambio. Si ellos te insultan, háblales con amabilidad. Es mucho mejor sufrir daño que infligir daño.

Si en la niñez te esfuerzas de esta manera por controlar tus pasiones, por ser siempre moderado, paciente y perdonador, desarmarás toda oposición y, en muchos casos, convertirás a los enemigos en amigos. Todos los que te rodean te querrán, y cuando tengas tu propio hogar, tu espíritu alegre y atento hará de él un hogar feliz.

No permitas que ninguna provocación haga surgir de ti una palabra con enojo o con desagrado. Si comienzas de esta manera, y perseveras, pronto obtendrás ese control sobre ti mismo que contribuirá en gran manera a tu felicidad. Tus amigos aumentarán en número, y estarás preparado para ser útil mucho más extensamente en el mundo.

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