No engañes a los niños
Mucha gente no es consciente de las malas consecuencias que resultan de esta práctica tan común. Un médico fue llamado una vez para que le sacara un diente a un niño.
El muchacho, viendo los formidables instrumentos del doctor y previendo el dolor que iba a sentir, se asustó extremadamente, y se negaba a abrir la boca. Después de muchos ruegos infructuosos, el médico dijo:
–Tal vez no haga falta sacarlo. Déjame frotarlo un poco con mi pañuelo y a lo mejor ya no habrá necesidad de hacer nada más; no te dolerá ni lo más mínimo.
El niño, confiando en su palabra, abrió la boca. Entonces el médico, escondiendo su instrumento bajo el pañuelo, se apoderó del diente y se lo arrancó. Los padres aplaudieron mucho la treta; pero el hombre había engañado al niño. Había abusado de su confianza; y le había producido una herida en su escala de valores morales que tardaría mucho en curarse.
¿Volverá a meter el pañuelo aquel médico en la boca del niño? ¿Volverá este a creer lo que el médico pueda decirle en ocasiones futuras? Y cuando se le diga que está mal decir cosas que no son verdad, ¿no estará fresco en su mente el recuerdo de la falsedad del doctor? Y, siendo consciente de que sus padres aprobaron el engaño, ¿no sentirá que está bien que él también engañe, si con ello consigue que se cumplan sus deseos?
Esta práctica va acompañada de las más desastrosas consecuencias. Inevitablemente enseña al niño a despreciar a sus padres. Después de haberlos sorprendido en una mentira, el niño ya no les creerá cuando digan la verdad. Destruye la inocencia de su conciencia; le enseña las artes del engaño. ¿Y qué ventajas se obtienen? Pues que, en un determinado caso, se ha conseguido lo que se pretendía.
Hay que recurrir a la fuerza cuando sea necesario, pero nunca al engaño. Si el niño no puede poner una confianza ciega en sus padres, con toda seguridad tampoco se podrá tener ninguna confianza en el niño. ¿Acaso es posible que una madre practique las artes del engaño y la falsedad y que, al mismo tiempo, su hija se forme un carácter franco y veraz? Debemos ser lo que deseamos que nuestros hijos sean. Ellos van a formar sus temperamentos fijándose en los nuestros.
Una vez una madre estaba tratando de convencer a su hijito de que se tomara cierta medicina. La medicina tenía un sabor muy desagradable y ella, para inducirle a tomársela, le dijo que no sabía mal. Él no la creyó. Sabía, por triste experiencia, que su palabra no era de fiar. Un caballero amigo de la familia que estaba presente tomó la cuchara y dijo:
–James, esto es una medicina y sabe muy mal. A mí no me gustaría tomármela, pero lo haría si fuera necesario. Tú tienes la suficiente valentía como para tragarte algo que no sabe bien, ¿verdad?
–Sí–dijo James, que parecía un poco menos enfurruñado–. Pero es que está muy mala.
–Lo sé–dijo el caballero–. Me imagino que nunca habrás probado nada peor.
El caballero entonces probó la medicina él mismo, y dijo:
–Realmente es muy desagradable. Pero ahora veamos si tienes la resolución suficiente como para tomártela, a pesar de lo mala que está.
El niño tomó la cuchara dudando.
–Realmente está bastante mala–dijo el caballero–, pero lo mejor es que te armes de todo tu valor y te la tragues de golpe, como un hombre.
James en realidad hizo un esfuerzo muy grande para un niño, y se tragó la dosis. ¿Y a quién respetará más este niño: a su madre que le engañó o al extraño que le habló con sinceridad? Y en adelante, ¿a quién estará más dispuesto a creer? Sin embargo, habría que puntualizar que, si el niño hubiera estado correctamente gobernado, enseguida se habría tomado lo que le ofrecía su madre, y sin rechistar.
Es cierto que cabe suponer la hipótesis, sin embargo, de que, después de todos los argumentos del caballero, el niño hubiera seguido negándose a cumplir con su deber. ¿Cuál habría sido entonces el camino a seguir? Recurrir a la fuerza, pero nunca al engaño.
No podemos engañar a nuestros hijos sin herirlos gravemente, y sin destruir nuestra propia influencia. Hablar de manera franca y directa es la única política segura en el gobierno familiar, así como en todos los demás ámbitos de la vida.
Es indudable que las solapadas artes y las astutas maniobras de los intrigantes, al final, les acarrearán su propia caída. Sé sincero y franco, y estarás a salvo. La única forma de asegurarse unos resultados beneficiosos es emplear unos métodos virtuosos y honorables.
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Gracias al Señor por encontrar estas hermosas directrices en este artículo, porque precisamente estoy hablando acerca de la familia en mi congregación. Que bueno es ir a las páginas del Internet y encontrar artículos como este. Considero que no hay desperdicio, que está excelente, los ejemplos muy bien ilustrados que arrojan una gran luz al tema de la sinceridad en la crianza de nuestros hijos. Le animo a que se coloquen más artículos como este más a menudo. De todo corazón, gracias.